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Frente a la fuente "La monumental Venezuela" de Ernesto Maragall, en el Parque Los Caobos

EDDY MARCANO

Primer violín de la Sinfónica Simón Bolívar y Comisionado musical de la UNESCO, no se halla fuera de la capital, un lugar donde le fue difícil conseguir vivienda. Por Johan M. Ramírez Foto: Natalia Brand

"Si querías ser músico,
tenías que venirte a Caracas"

Nacido en Cabimas y criado en La Asunción, Eddy Marcano es, a los 43 años, primer violín de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, solista invitado de la Sinfónica de Panamá y concertino invitado de la Sinfónica Nacional de Bogotá; tiene dos discos en su haber, un respetable nombre como solista, una presencia regular en festivales internacionales de América y Europa, y es comisionado musical de la UNESCO para Latinoamérica. Por si fuera poco, fue nombrado Hijo Ilustre de la Isla de Margarita.

Pero tras una decena de logros, incluyendo la reciente presentación de su última producción, Venezuela en violín II, está seguro de que una temprana convicción fue la que lo condujo hacia la senda del éxito: "Si querías ser músico, tenías que venirte a Caracas".

Así lo hizo, e inolvidables le resultaron las jornadas en que descubrió el pulso vital de aquella Caracas de 1982. "El cambio era muy grande, los edificios, las avenidas; yo venía de La Asunción, donde a las siete de la noche ya uno estaba durmiendo, y era demasiado ingenuo ante una metrópolis tan avasallante", dice. Y al hablar sobre sus primeras visitas a los modernos teatros de la capital, cuenta que sentía estar frente a los grandes altares de la música, y, sorprendido, no podía creer que tocaran sin amplificación.

"Yo he vivido en casi toda Caracas: La Carlota, Los Palos Grandes, Parque Central, El Paraíso, Montalbán, Caricuao, El Valle, Coche... es que en ningún lado aguantaban mi violín"

Como artista sufrió otro shock decisivo, pues venía de interpretar piezas sencillas, y apenas se incorporó a la Juvenil de Caracas se halló tocando la Quinta de Tchaikovsky con unas notas y una velocidad que no lograba asimilar. Pero la disciplina fue fundamental, y a los dos años de estar aquí se hizo primer violín, y a los cuatro ya era el concertino de la orquesta (entiéndase, el de mayor jerarquía después del director).
"En ese momento veía cómo las piezas de mi rompecabezas se iban uniendo, y yo sabía que estaba donde debía estar", afirma.

A pesar de que le agradaba la capital, no le fue fácil acostumbrarse. Agotado, muchas veces se quedó dormido en los autobuses, y al despertar su parada había quedado unas diez cuadras atrás. Pero lo más duro, aunque ahora sea lo más anecdótico, fue conseguir una residencia estable.

"Yo he vivido en casi toda Caracas: La Carlota, Los Palos Grandes, Parque Central, El Paraíso, Montalbán, Caricuao, El Valle, Coche… es que en ningún lado aguantaban mi violín. 'Usted es muy tranquilo y buena gente, pero toca el violín a toda hora', me decían, y me pedían el desalojo. Es que estudiaba hasta las cuatro de la mañana; pero no por eso iba a dejar de practicar", recuerda.

Finalmente, la estrategia que le funcionó fue alquilar apartamentos junto con otros músicos, para que se aguantasen unos a otros. Gracias a esa determinación llegaron fechas importantes en su vida, como aquel martes 16 de febrero de 1988, cuando debutó con la Simón Bolívar en una repleta Sala Ríos Reyna y bajo la dirección del maestro José Antonio Abreu; o como aquel 7 de junio del 96 cuando por vez primera se presentó como solista en esta ciudad.

Hoy día, padre de dos niños y con una agenda colmada de compromisos internacionales, asegura, con la energía que lo caracteriza, que no podría imaginarse jamás en un sitio distinto a esta Caracas, sin su perenne estado de alerta, sin su locura constante ni la calidez de su gente. Tras cientos de viajes, una certeza: "Ahora quiero más a la ciudad. Para mí, ella es como una camisa hecha a la medida. Puedo probarme muchas, pero cuando me la pongo a ella, ahhh, ésa sí es la que me queda", suspira.

johan_ramirez3@hotmail.com

Asistente de fotografía: Anita Carli

 
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