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Bloody Mary
la biografía
no autorizada

La controversia y la intriga son apenas
dos de los ingredientes de este clásico
(y gustoso) coctel
. Al Martinez

Saborear un bloody Mary en el St. Regis
Hotel de Nueva York equivale a estar en presencia de un poder mayor. No de Dios, pero sí de Fernand “Pete” Petiot, quien, se dice, inventó lo que se convertiría en una de las bebidas favoritas para la resaca, el remedio por excelencia para el “ratón”.


Estoy sentado en el mismísimo salón, el King Cole Bar, donde Pete y el bloody Mary fueron presentados en Estados Unidos en la década de los años treinta. Aunque no es precisamente una catedral, es un salón de exquisito gusto laico en la comodidad de paredes de madera oscura y en el cual predomina un mural del propio Pete.

Según la ciencia de los bebedores, condensada en el libro de Christopher O’Hara
The Bloody Mary (con fotografías de William Nash tan gloriosas que provoca beberse las páginas), el bloody Mary lo inventó el barman Petiot en el Harry’s New York Bar en París. La receta básica lleva vodka, jugo de tomate, salsa Worcestershire, jugo de limón, sal y pimienta de cayena.

De acuerdo con la leyenda, Petiot bautizó el trago en honor de la reina Mary Tudor, la hija católica de Enrique VIII, quien, durante su reinado de cinco años, logró matar a un impresionante número de protestantes (bloody Mary significa, literalmente, “sangrienta Mary”). Incluso según los parámetros de la Inglaterra del siglo XVI, el asesinato de unos 300 “herejes” parece excesivo.

Algunos atribuyen el nombre a un bar en Chicago llamado Bucket of Blood (literalmente “cubeta de sangre”), mientras que otros creen que se basa en los lamentos de un visitante de Londres al Harry’s Bar, quien seguía bebiendo el trago de jugo de tomates de Petiot mientras despotricaba de su esposa, Mary. Usando uno de los adjetivos más populares de Inglaterra (bloody, un término que usan los ingleses para expresar ira o énfasis), el hombre declaró que su mujer era una bloody regañona. Así que Petiot, en un ataque de banalidad, bautizó al trago bloody Mary. Usted puede creer cualquier historia que quiera, pero la mayoría parece preferir la influencia de la sangrienta reina.

No obstante, para aquellos a quienes les gusta un buen susto, existe la leyenda de una mujer llamada Mary que resultó herida en un accidente que le desgarró el rostro tan terriblemente que sangró hasta morir. Se dice que su espíritu anda deambulando, y si usted se para ante un espejo y dice bloody Mary tres veces, aparecerá su desfigurado rostro. En tal caso, corra hacia la puerta o ella le hará pedazos. Sin duda, después de eso necesitará un trago.

Para continuar con una historia más verosímil, John Jacob Astor se enamoró del bloody Mary en Harry’s y se llevó a Petiot y su bebida al St. Regis, que era propiedad de la familia Astor. Los rumores sobre su existencia se propagaron y en un abrir y cerrar de ojos el bloody se convirtió en la libación estándar para la resaca de la mañana del día siguiente (de la fiesta) y, más tarde, en uno de los tragos favoritos de un invento moderno llamado brunch (contracción en inglés de desayuno y almuerzo), lo que lo llevó a convertirse en un momento en el tercer coctel de más popularidad en Estados Unidos.

Temerosos de que el nombre pudiera resultar ofensivo, sin embargo, los Astor lo rebautizaron
Red Snapper. Pero a ese nombre, discúlpenme,
le faltaba la chispa del original y terminó en el
baúl de las malas ideas, al lado del mango
Martini y el Pet Rock.

Hay tantas formas de preparar un bloody Mary
como de cocinar papas. Gavin Fitzgibbon,
barman del King Cole y una especie de
historiador del coctel, me aseguró que su bloody estaba confeccionado con la misma receta que
creó Petiot. “Nosotros no intentamos popularizarlo”, proclama en el estilo grandilocuente de un purista. Pero al contrario que en aquellos días en París, el
trago en el St. Regis cuesta 17 dólares y, aunque
es una bebida excelente, no vale tres veces el precio del taxi que me llevó a casa.

En la búsqueda del elusivo bloody Mary mejor preparado, lo probé en lugares tan disímiles como un ruidoso local para solteros llamado Gladstone’s en una playa de Los Angeles; en Bastide, lugar cuatro estrellas de Melrose Place; y el elegante Bull
& Bear, en el glorioso Waldorf Astoria de Nueva York. Por otra parte, degusté una media docena de versiones de bloody Mary a las que se debía agregar vodka o quizás, en raros casos, ginebra o tequila. Si bien la mayoría son tolerables, carecen del toque personal del trago hecho en casa o de las mezclas creadas en bares de mayor prestigio.

El secreto para preparar un magnífico bloody Mary, dice el gerente de Bull & Bear, Christophe Orlarei, radica en el equilibrio. Mientras nos sentamos en lo que es demasiado grandioso para ser considerado un simple bar, uno puede entender por qué The New York Time llamó a este señorial salón uno de los tres grandes lounges clásicos del mundo. Está conformado por una cámara enorme de cielo alto con decoración eduardiana, y su pieza central es un inmenso bar de caoba en forma de pentágono. Un candelabro de bronce brilla sobre una reluciente pirámide de vasos y botellas de licor. Encima de la pirámide están las figuras en bronce de un oso y un toro. El King Cole Bar, aunque reviste importancia histórica, palidece en comparación con este lugar para beber.

Aunque Fitzgibbon rechaza el uso de rábano picante en el bloody Mary porque lo convertiría en una salsa coctel, Orlarei lo considera parte del equilibrio que ha refinado a lo largo de los años como gerente de un bar en Nueva York y, anteriormente, en Londres. Sus ingredientes “secretos” son agregar licor de cerezas seco y vino rojo para dar color y textura. Es una gloriosa combinación, tan suave como el amanecer, sin el excesivo sabor picante de versiones de menor calidad ni la sensación de abrasamiento que hace de esta bebida, del resto agradable, un desafío.

Una segunda combinación que Orlarei está experimentando contiene cilantro, curry y wasabi. Me supo casi demasiado suave, carente de la sensación de plenitud de la primera mezcla. Estuvo de acuerdo en que necesitaba ser “condimentada” y dijo que trabajaría en la receta otra semana o más a fin de crear el equilibrio adecuado.

Casi tan personal como las recetas de bloody Mary son los aderezos. Los tallos de célery y las aceitunas son algunos de los más tradicionales, pero en su libro, O’Hara también menciona cáscaras de frutas cítricas, rebanadas de pimentón, cebollín, rábano, quimbombó, jojoticos bebés completos y una variedad de camarones, salmón, langosta, ostras y almejas particularmente adecuados, me parece, cuando el Bloody Mary es creado con clamato, una peculiar mezcla de jugo de tomate y caldo de almejas. Aunque un marinero de regreso tras una travesía marina, privado de su capacidad de percibir los sabores por causa de los incesantes vientos salados, pueda encontrar agradable el clamato bloody, los que prefieren que los tragos y las almejas se sirvan por separado se crisparán ante lo que considerarían un insulto a sus refinadas sensibilidades. Sin embargo, como los latinos solían decir, de gustibus non est disputandum, es decir, en términos menos clásicos, lo que repugna a unos deleita a otros.

O’Hara aclama el bloody al decir del mismo que es “un lugar común simple, aunque complejo y especial, familiar aunque exótico”. Estoy seguro de que a la reina inglesa que trató de emular con su reino la inquisición española le encantaría saber que sus excesos no fueron en vano. l

Fuente: Bon Appetit.
Traducción: José Peralta.
Fotos:
www.stock.xchng.com
El mejor

A la hora de preparar un bloody Mary, no existe una forma correcta ni una forma equivocada. Más complicado que un matrimonio largo y más exigente que un martini perfecto, un buen bloody requiere la misma clase de flexibilidad para que resulte. Si un intento fracasa, pruebe con un poco de rábano picante.

En Bastide, de Los Angeles, ofrecen la bebida en forma de granizado como un aperitivo, servido en un vaso alto. El alcohol se evapora como parte de su preparación, por lo que incluso la abuela y el pequeño de la casa pueden disfrutarlo. El chef Ludovic Lefebvre creó este manjar con una mezcla de hierbas y especies acondicionadas a fin de preparar el paladar para las suculentas entradas por venir. Créanme. Funciona.

Sin embargo, los que buscan alivio de una resaca atroz quieren vodka de verdad en su vaso. Beber con moderación es la mejor receta para la noche anterior, lo cual puede salvarnos el hígado, el estómago, el páncreas y el matrimonio, pero cuando la fiesta se prolonga hasta el amanecer y el alcohol corre como ríos, siempre podemos contar con esta bebida consoladora para el momento en que despunta el sol.


Su receta

Mi receta favorita para el bloody Mary surge de años de experimentación. Lo que he creado en mi laboratorio es lo siguiente:

Comience por poner música que estaría más que indicada para la ocasión de una resaca casi mortal. Una marcha fúnebre siempre es agradable. Luego, en un mezclador de coctel, coloque cuatro onzas de jugo de tomate, media cucharadita de salsa Worcestershire, un poquito de jugo de limón, dos gotas de salsa Tabasco, una pizca de pimienta (o al gusto), una pizca de sal (o al gusto), una y media onzas de vodka, una pizca de sal de apio y, para quienes gusten sentir algo fuerte en la cabeza, una pizca de rábano
picante. Bata y sirva en un vaso alto de vidrio, llenándolo hasta un tercio de
su capacidad y acompañando con hielo, adornado con aceitunas verdes
y... para adentro.

Si esto no funciona, encienda tres velas, tome una ducha fría, beba café caliente, acuéstese y quéjese. Y la próxima vez, trate de portarse bien.

 






 
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