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Nacido de nuevo

A pesar de las historias sospechosas no se hizo nada en cuanto a la desaparición de Russel Colvin hasta que Amos Boorn tuvo un sueño revelador. Max Haines

La familia Boorn no estaba demasiado complacida cuando Sally se casó con el bandido de Russel Colvin. Ya se imaginan, Sally era el único rayo de sol en las vidas de los Boorns, Vermont, donde la familia se había asentado hacía más de 175 años.
Los Boorn poseían una granja llena de rocas, lo que les proveía de las necesidades de la vida, pero no mucho más. Ahora veamos. Estaba Barney, el padre, los hijos Stephen y Jessie y por supuesto, la voluptuosa y hermosa Sally.

Sally se casó con Russel cuando tenía 17 años. De un solo golpe, Russel consiguió una novia y un empleo a tiempo completo en la granja de los Boorn. Según pasaba el tiempo se hizo obvio que Russel, un simplón, tenía una clara aversión hacia el trabajo manual.

Los dos hermanos Boorn estaban constantemente diciéndole que ayudara por la granja. A Russel le gustaba pescar. Algunas veces, cuando Stephen y Jessie se ponían directamente pesados, Russel se marchaba hacia las legendarias montañas verdes de Vermont. Una vez se quedó allí durante más de un año. Sin embargo Russel tomó tiempo libre de la pesca para hacer dos niños. Lewis, el mayor, a los 10 años mostró ya todas las características típicas heredadas de su padre en lo que respectaba a la granja.

Sally y Russel llevaban casados 18 años cuando Sally viajó a las montañas para visitar a unos amigos. Se marchó durante tres semanas. Cuando regresó, Russel no se encontraba por ningún lado. Preguntó a su hermano Stephen: “¿Dónde está Russel?”, “se ha ido al infierno”, respondió su hermano.

Russel nunca regresó. En vez de eso se esparcieron rumores por el campo de que había encontrado un final a manos de los hermanos Boorn. Stephen y Jessie habían discutido con Russel el día de su desaparición. Thomas Johnson le dijo a las autoridades que había observado a los hombres discutiendo en el campo donde habían estado trabajando. Lewis Colvin estaba en el campo con su padre y sus tíos. El también fue interrogado. Declaró que su padre había pegado a Stephen con un látigo. Entonces Stephen cogió una enorme rama y pegó a Russel, tirándole al piso. Lewis salió corriendo hacia la casa. Más tarde tío Stephen le amenazó con matarle si contaba lo que había visto. Cuando Lewis preguntó por su padre, Stephen le dio esta respuesta: “Se ha ido al infierno”, y añadió: “Donde las patatas no se congelarían”.
A pesar de las historias sospechosas no se hizo nada en cuanto a la desaparición de Russel Colvin. Los meses pasaron. El sombrero de Russel fue encontrado cerca de un sótano abandonado en el que a veces se almacenaban patatas.

Una noche el granero de los Boorn se prendió en fuego quemándose por completo. Amos Boorn, un tío de Stephen y Jessie que era dueño de la granja de al lado, tuvo un sueño. El viejo Amos era un ciudadano respetado y era considerado, de alguna manera, el hombre sabio de la zona. Cuando Amos hablaba la comunidad de agricultores escuchaba. Amos dijo que Russel vino a él en su sueño y le insistió para que se registrara cuidadosamente ese viejo sótano. Amos y un pequeño grupo de creyentes hicieron lo que Russel pidió. No encontraron el cuerpo de Russel, pero sí encontraron su cuchillo de caza y botones, que Sally juró que pertenecían al abrigo que llevaba puesto su marido. Cuando se encontró un dedo humano y su uña, cerca del sótano abandonado, Stephen y Jessie fueron detenidos y acusados del asesinato de Russel Colvin. Se creía que Russel había sido golpeado hasta la muerte y dejado en el sótano. Más tarde su cuerpo fue trasladado al granero de los Boorn y se quemó durante el incendio.

La justicia fue lenta. Stephen y Jessie pasaron meses en la cárcel mientras el clérigo local, Reverendo Lemuel Haynes, coaccionó y pidió a los muchachos que confesaran. Mientras el reverendo procedía con su coacción un prisionero amigo, Silas Merril, apareció con un cuento embarazoso. Juró que Jessie le había dicho que el verdadero asesino fue Stephen. Russel había muerto debido a un golpe en la cabeza que el mismo hijo de Russel había presenciado. Dieciocho meses después del asesinato el cadáver fue trasladado al granero de los Boorn, y le prendieron fuego. Cuando el fuego se apagó los hermanos reunieron unas cuantas partes grandes del cuerpo de Russel, que habían sobrevivido a las llamas, y las tiraron a un río cercano. Mientras Silas hablaba sin parar el Reverendo Haynes había hablado a Stephen Boorn para que procediera a hacer una declaración escrita. Stephen admitió haber pegado a Russel en la parte trasera de la cabeza y haber enterrado el cuerpo en el sótano. Stephen declaró que el granero se había incendiado accidentalmente. El suelo había desaparecido con las llamas, descubriendo lo que quedaba del cuerpo. Por eso se deshizo de las partes lanzándolas al río. Stephen dijo que había actuado solo, y aseguró de una vez por todas que su hermano pequeño Jessie no había tomado parte en el crimen.

En 1819, siete años después de la desaparición de Russel, Stephen y Jessie Boorn fueron juzgados por asesinato. Desde muchas millas a la redonda los granjeros fueron a Manchester, Vermont, para escuchar el caso de los dos hermanos. Las evidencias eran indiscutibles. Mientras esperaban sentencia, los hermanos recibían visitas periódicas de sus abogados. Uno de los muchachos sugirió que pusieran un anuncio buscando a Russel Colvin. Su abogado estaba sorprendido que sugiriera poner un anuncio por un hombre del que había sido acusado de matarle . Cuando ambos hermanos insistieron, el abogado consintió a sus deseos. Se puso un pequeño anuncio en el periódico de Manchester. Los periódicos de Nueva York tomaron el extraño anuncio como una novedad bastante humorística.

Un tal señor Tabor Chadwick leyó sobre el caso en el New York Post el 26 de noviembre de 1819. Reconoció a Russel Colvin como el hombre que trabajaba con su cuñado en su granja de Dover, Nueva Jersey. Chadwick escribió al periódico. Al tiempo Russel Colvin fue llevado de vuelta a Manchester, Vermont. No cabía duda de su identidad.

Con grilletes en los pies, Stephen fue llamado a la cárcel para encarar al hombre que él había confesado haber matado. Russel miró a los grilletes y preguntó: “¿A qué se debe eso?”. Stephen respondió: “Porque dicen que te asesiné”. Russel respondió a su vez: “Nunca me hiciste daño, Jessie me pegó, pero no me hizo nada”.

Russel no quería saber nada de su mujer Sally. En su ausencia ella había quedado embarazada dando a luz a un varoncito. Russel inmediatamente regresó a Nueva Jersey, donde murió unos pocos años después.

A Stephen y Jessie Boorn se les concedió un nuevo juicio. Su inocencia fue establecida, basada en el hecho de que el fiscal había fallado en establecer que el asesinato se había producido. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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