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  Nostalgia del chichero
Rosa Elena Pérez

 

Ya superado el primer quinquenio de este incipiente siglo XXI, podemos afirmar que la del chichero criollo ha pasado a ser prácticamente una de esas manifestaciones que pertenece a la tradición perdida de la retreta, del fatigado tranvía, de las calles empedradas, de las casas con grandes ventanas de rejas salientes y del transparente río Guaire que alguna vez tuvo la ciudad de Santiago de León de Caracas. Ahora vemos límpidos y aerodinámicos puestos de venta de chicha ubicados en los centros comerciales, y no humildes carros de latón apostados en las esquinas de una ciudad que aún dejaba espacio para el sosiego y el encuentro humano. No es que sea malagradecida por la renovación que se ha operado en tan entrañable figura, pero es que el recuerdo del señor que con orgullo dejaba colar del cucharón abollado al vaso, el carato blanco y espeso, aún provoca en mí una ternura añeja que ha estado a punto de extinguirse, si no fuera por la existencia heroica del chichero de nuestra ciudad universitaria, quien cuenta con 55 años ofreciendo a los viandantes tanto chicha como ajonjolí, elaborados por él mismo en un negocio que ha sido heredado de padres a hijos en la familia Escalona.

Entonces añoro esa cualidad poco homogénea de nuestra chicha caraqueña que a ratos se apelotonaba en grumos que sorprendían al paladar, así como el sonido que producía el hielo al ser golpeado uno contra otro dentro del recipiente de aluminio, o aquella tapa de bordes irregulares que jamás encajaba del todo sobre el tope de la olla. Incluso echo de menos esas leyendas citadinas que involucraban a nuestros chicheros de El Silencio en aventuras de robos en los que ellos eran cómplices, ya que supuestamente escondían hurtadas prendas de oro en el fondo de sus enormes toneles. Aquiles Nazoa, por cierto, dejó testimonio de la desaparición de este personaje criollo en un poema titulado “El ocaso de los chicheros”, donde dice:

He aquí una noticia que presumo
habrá de entristecer en grado sumo
hasta a los caraqueños más austeros:
¡muy pronto de Caracas como el humo
tendrán que evaporarse los chicheros!
Pues de un tiempo a esta parte se las tiene
dedicada la higiene,
y aunque nadie jamás bajó al sepulcro
por culpa de un chichero poco pulcro,
sin tomar eso en cuenta ordena el SAS
que coja cada cual sus cachachás.

Agazapados en un lugar recóndito de nuestra infancia se encuentran no sólo los chicheros, sino también los vendedores ambulantes de churros, la cantarina presencia de los amoladores, la mirada vivaz de los limpiabotas, el cálido servicio de las costureras que remendaban nuestras perchas, los sabios consejos dados por los barberos; y, por allá, sepultados en las cuentos de nuestros abuelos, se hallan los pulperos, leñadores y aguadores que abastecían de insumos básicos a nuestros habitantes de la época de la colonia. Se van esfumando personajes de una geografía humana que poco a poco se reinventa en esa gloria que han dado en llamar franquicias y cadenas comerciales de alimentos o cuanto artículo exista, y ahora aparecen con nombres impactantes en algunos casos, glamorosos, en otros, y con una imagen y eficiencia demoledoras, pero que ni por equivocación se asemejan a aquella cálida y sencilla galería de oficios pequeños e imprescindibles para los pobladores de una ciudad que era menos cosmopolita pero, sí, mucho más dulce.

Percibo el fenómeno del franquiciado y la excesiva comercialización como una invasión que corroe poco a poco nuestra frágil memoria y, a cambio, nos impone un remake desabrido, impoluto y cool de nuestra realidad. Pero no nos desanimemos, que aún nos quedan Marvin Escalona y su sobrina ofreciéndonos la espumosa bebida los días de semana en la UCV, entre un bululú de gente que no cambia el sabor de nuestra indígena chicha por otra de gusto industrializado, pues aquélla les trae remembranzas de una ciudad trajeada de neblina y acompañada por los acordes de una serenata entonada en la madrugada, para alguna dama de peineta y romantón. l

rosa_elena_perez@hotmail.com

 

 
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