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Sube la temperatura

Una serie de creencias rodea la fiebre, síntoma que aparece con regularidad en la infancia. Dos especialistas despejan algunas dudas sobre este padecimiento que suele convertirse en el dolor de cabeza de los padres. Idalia De León

¿Es cierto que un niño con fiebre debe bañarse con agua templada hasta que ceda la temperatura? ¿Si no le baja la fiebre le dará meningitis? ¿Existe evidencia científica de que frotar la espalda del chico con alcohol o crema fría contribuye a eliminar el quebranto? Estas interrogantes casi siempre asaltan a los padres de un niño con fiebre, sobre todo cuando escuchan a la tía (que crió seis muchachos) recomendar —tajantemente— que lo mejor es ponerle una bolsa con hielo en la cabeza “no vaya a ser que convulsione”.

Al tema de la fiebre, tan antiguo como la historia del hombre, lo rodean una serie de mitos y creencias que comúnmente se originan en la experiencia de cada persona. Cada experimento, cada nueva conseja  se riega como pólvora, y se convierte con el tiempo en una leyenda urbana asumida como verdad científica a pesar de los avances de la Medicina y de las recomendaciones de los especialistas. Porque en efecto, frente a la diversidad de posibilidades que ofrece la “sabiduría popular” en relación con el tema de la fiebre, en la palabra de los pediatras existe consenso sobre cómo se debe tratar este síntoma que tiene la loable función de indicar que algo no anda bien en el organismo.

Hace calor
La fiebre es la manera como el organismo se defiende de alguna infección. Es el caldo donde se cocinan los virus y por eso su presencia debería ser asumida como una voz de alerta ante algún problema y no como motivo de angustia. Si los niños menores de cinco años son más proclives a presentar fiebre se debe a que la parte del cerebro responsable de controlar la temperatura del cuerpo no está bien desarrollada.

Comúnmente, los padres o las personas responsables del cuidado del niño pueden identificar, en primera instancia, que la temperatura del pequeño se ha alterado cuando le tocan la frente con la palma de la mano. El paso siguiente es utilizar un termómetro, el cual servirá para comprobar lo que el tacto indicó empíricamente. En Medicina se asume que un niño tiene fiebre cuando la temperatura corporal aumenta por encima de 38,5 °C, pues se considera normal cuando oscila entre 36,2° y 38° C, según explica el pediatra Tony Manrique en su libro Entendiendo a tu bebé (Editorial Planeta). Partiendo de esta premisa, los padres no deberían preocuparse si el termómetro marca 38° y, en consecuencia, no deberían aplicar ningún tratamiento para disminuir la temperatura de su hijo.

El estado de quebranto suele venir acompañado de otras manifestaciones como decaimiento, dolor de cabeza o escalofríos. En caso de ausencia de síntomas, los especialistas suelen esperar de dos a tres días hasta que el niño presente los signos antes mencionados u otros (como vómito, diarrea, mocos, pérdida de apetito) para proceder a levantar un diagnóstico y recetar el tratamiento respectivo.

“Generalmente el médico puede identificar con facilidad el tipo de infección que presenta el chico. Si se trata de niños menores de dos años, o en caso de fiebres prolongadas o recurrentes, el pediatra  indicará exámenes como hematología completa, análisis de orina y de heces, coprocultivo, urocultivo, radiografía de tórax, e incluso punción lumbar, si fuese necesario. Las infecciones pueden ser ocasionadas por bacterias, hongos o virus, y como la mayoría de las veces son autolimitadas, es decir, el propio organismo del niño las elimina, no siempre se requiere el uso de antibióticos”, explica el pediatra José Levy.

Por su parte, a juicio del doctor Manrique, lo más importante es que los padres, para saber si la fiebre puede traer complicaciones, detecten si el niño luce enfermo, decaído, con alguna erupción, sin apetito, triste o si se comporta de forma inusual. Si se trata de un bebé menor de seis meses, la visita al pediatra debe ser automática, debido a que los bebés son presa fácil de infecciones bacterianas en la sangre (por  neumococo, estreptococo, hemofilus, etcétera),  las cual pueden diseminarse a otros órganos produciendo enfermedades como meningitis u osteomielitis.  De lo que se trata es de proteger al niño —cuyo sistema inmunológico todavía está inmaduro— de cualquier complicación severa, investigando oportunamente el origen de la fiebre e iniciando un tratamiento. Si el pequeño, por el contrario, tiene fiebre y sin embargo se muestra activo y de buen humor, no hay razón para preocuparse, pues la probabilidad de que se trate de algo grave es bajo. Probablemente, el niño transita por un cuadro viral y superará rápidamente el proceso infeccioso por el cual está pasando.

¿Por qué bajarla?
La principal razón por la que se debe bajar la fiebre es para garantizar el bienestar del niño, pues el aumento de temperatura siempre produce malestar. La posibilidad de que convulsione y sus temidas consecuencias no deberían tener mayor peso del que le otorga la mayoría de la gente. “Algunos niños menores de cinco años pueden experimentar convulsiones, las cuales, generalmente, son bastante benignas y no suelen dejar secuelas y, probablemente, tienen una mayor relación con las elevaciones bruscas de la temperatura que con la magnitud de la fiebre. Las temperaturas extremadamente elevadas, capaces de causar daño al cerebro del niño, son alcanzadas muy excepcionalmente y en general están asociadas con algún defecto del control de la temperatura del cuerpo. Estas patologías son poco frecuentes y se manifestarían con otros síntomas y signos”, explica Levy.

En algunas ocasiones —refiere el especialista— puede ser difícil para el médico diferenciar una convulsión por fiebre de las causadas por otros motivos. Cuando esto sucede, se requieren pruebas como la punción lumbar para analizar el líquido cefalorraquídeo o un electroencefalograma para estudiar la actividad eléctrica del cerebro del niño.

En todo caso, lo más recomendable ante la presencia de una convulsión es consultar con el especialista. Específicamente, visitar un pediatra es imperativo si el bebé es menor de seis meses, si la temperatura se mantiene por encima de 40 C° después de transcurridas 3 a 4 horas de estar aplicando las medidas físicas para bajar la fiebre; y cuando el niño presenta dificultad respiratoria. l

ideleon@eluniversal.com

TRES MITOS SOBRE LA FIEBRE

1.La fiebre se debe a la dentición.
Falso. La dentición no causa fiebre. Debe existir otra explicación como insolación o una infección viral o bacteriana.

2. La fiebre causa meningitis.
Falso. Es todo lo contrario, la meningitis como cualquier infección ocasiona  fiebre, entre otros
síntomas.

3. Poner pañitos fríos en la frente baja la fiebre.
Falso. No tiene valor para controlar la fiebre. Las medidas físicas son: desvestir al niño, abanicar y friccionar con agua tibia.

QUE HACER EN CASO DE FIEBRE

Ya se trate de una u otra razón la que esté originando el cuadro febril, los especialistas suelen recomendar antipiréticos de acuerdo con la edad y el peso del niño. Adicionalmente, se puede seguir una serie de recomendaciones para contribuir a que la temperatura disminuya.

Seguidamente, algunas medidas a tomar en caso de fiebre, según el pediatra José Levy:

Quítele la ropa. De esta forma radiará calor hacia el aire, el cual está más frío. Si tiene más de 39 °C, deje al niño en ropa interior o con el pañal.

Fricciónelo con agua tibia. Utilizando una esponja o paño fino, friccione la piel de todo el cuerpo con movimientos circulares, ejerciendo suficiente presión para que la piel se ponga roja. El objetivo es que aumente la circulación superficial, disipando calor hacia el aire ambiental.

Ofrézcale líquidos con frecuencia. Si es un bebé déle de beber agua, leche o jugos (si los ha tomado antes) cada media hora mientras esté despierto. No importa que tome pocas cantidades cada vez, si ese es su deseo. A los mayorcitos también se les puede dar helados, merengadas, gelatina, sopas, compotas, té clarito, infusión de manzanilla. Es importante que tomen mucho líquido para reemplazar el exceso que pierden por la transpiración. Si no quiere líquidos, ofrézcale con mayor frecuencia aquel que está aceptando mejor. Prepárele cubitos de hielo con jugos de su preferencia.

Abaníquelo. Este viejo sistema de las abuelas ha demostrado ser muy eficiente para disipar el calor. Si no tiene un abanico use una revista o algo similar. Cuando se canse del acto de abanicar, altérnese con cualquier otra persona disponible. También puede poner un ventilador en una esquina, de tal forma que ventile al niño en forma indirecta.

Si el niño tiene diarrea, suminístrele una de las soluciones para la rehidratación oral disponibles en el mercado, alternándola con agua.

Cómo tomar la temperatura
Existen diversos métodos para tomar la temperatura, así como varios tipos de termómetros. En opinión del pediatra Tony Manrique todos los termómetros que existen en el mercado (de mercurio y digitales) son efectivos, aunque a su juicio el de mercurio es mejor, sobre todo para tomar temperaturas rectales a niños de uno a cuatro meses. Tomar la temperatura en la axila no brinda resultados confiables, así que si se trata de niños más grandecitos (de cinco años o más) lo mejor es tomarla por vía oral.

Para tomar la temperatura rectal
Sacuda bien el termómetro para bajar el mercurio hasta la línea de lectura mínima. Lubrique la punta (la zona abultada) con vaselina o aceite.

Acueste al bebé sobre sus piernas, bocabajo. Los mayorcitos pueden acostarse de lado en la cama con las piernas dobladas.

Introduzca con mucho cuidado, unos 2 cm del termómetro, en el recto.

Sostenga el termómetro entre sus dedos índice y medio, y asegúrelo bien para que pueda agarrar las nalguitas con el resto de la mano. Si el niño es muy combativo, presiónele bien las caderas contra sus piernas valiéndose de la otra mano. Mantenga firme el termómetro para evitar que se escape y dañe el recto. Deje el termómetro de dos a tres minutos.

Retire el termómetro y lea la temperatura en el punto donde se detiene la rayita plateada. Fíjese en los decimales, asegúrese de que entiende bien la diferencia entre una lectura de 40,1 °C (40 y una rayita) y 41 °C. Es importante saber que la temperatura rectal es un grado mayor que la oral; hasta 38-38,2 °C rectal puede ser normal, sobre todo si el niño no luce enfermo.

Importante: Nunca deje al niño solo con el termómetro puesto, cualquiera que sea su edad. Si hay otra persona disponible, pídale ayuda para sostenerlo.

Para tomar la temperatura oral
El niño debe tener suficiente madurez, independientemente de su edad, para tomarle la temperatura por esta vía. De lo contrario podría ser peligroso para el chico en caso de que lo muerda o lo rompa.
Limpie bien el termómetro. Sacúdalo para bajar la línea del mercurio.
Coloque el extremo de mercurio debajo de la lengua, un poquito hacia uno de los lados.
Pídale que cierre los labios. Asegúrese de que no lo tenga entre los dientes, y deje que el niño sostenga el extremo libre con sus dedos si él quiere.
Manténgalo al menos por tres minutos. Si tiene la nariz muy tapada y debe abrir la boca para respirar, la lectura será inadecuada, en ese caso tómele la temperatura axilar o rectal por cinco minutos.
Lea La temperatura y anótela.

Coordenadas:
Médico pediatra José Levy.
Telf.: 0416-623.7467

Médico pediatra
Tony Manrique.
Telf.: 0414-321.3328

Centro Médico Docente la Trinidad: 949.6262/6363

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