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Caballeros
hasta la muerte

Este hombre hizo de todo por proteger la buena reputación de su amante. Incluso, llegó a matar. Max Haines

Hay algo en la justicia francesa que es sumamente civilizado. El juez encargado del caso de Michel Gelfand es una prueba viviente de que algunos acusados tienen toda la suerte del mundo.
Me es muy difícil simpatizar con alguien que ha tomado una vida humana. En el caso de Michel Gelfand, el abogado acusador, el abogado de la defensa, el juez, e incluso la víctima, querían al acusado.

Veamos lo que usted piensa.
Michel nació en Latvia en 1902. Veintidós años más tarde, emigró a París. Tan pronto se había adaptado a las numerosas y sórdidas actividades de la vida nocturna de la capital francesa, heredó una pequeña fortuna. Durante cinco años, nuestro héroe vivió la vida de un playboy. La vida consistía en dar vueltas por un club nocturno tras otro. El vino, las mujeres y las canciones, con énfasis en los dos primeros, eran la orden del día.

Esos cincos largos años no significaron nada para el rápido derrochador de Gelfand. Terminó en una clínica para tuberculosos con un toque de la temerosa enfermedad  afectando  sus pulmones. Eventualmente se le dio de alta con las estrictas instrucciones de que tendría que vivir en el campo y que tendría que llevar una vida tranquila durante varios meses. Gelfand tomó el consejo médico al pie de la letra y se registró en el Hotel des Aravis en la zona de Megeve.

Mientras estaba allá, Michel hizo el amor repetidas veces con madame Coirbay. Hubo muchas ocasiones, porque madame Coirbay era propietaria del hotel. En poco tiempo, Michael invirtió varios francos en el establecimiento, y se convirtió en el socio de su amante. La Segunda Guerra Mundial llegó y pasó. Cuando terminó, la atractiva pareja vendió el hotel y se trasladó a París, donde compraron una tienda. La existencia fue monótona durante los siguientes dos años. Entonces, una noche, madame Coirbay sufrió un ataque al corazón en los Campos Elíseos y murió en los brazos de Michel.
La muerte de madame Coirbay destrozó a Gelfand. El desdichado hombre se volvió a entregar a la bebida y al sexo. Podía pasar por tres mujeres y consumir tres botellas en un buen día y, vale la pena aclarar, eran pocos los días malos.

Una noche, durante una fiesta, conoció a una mujer joven bajo el encantador nombre de Edith Tabbouriech.

Naturalmente, Michel se la llevó a la cama esa misma noche. Había una cosa diferente en Edith. A la mañana siguiente, en vez de deshacerse de ella, se enamoró perdidamente. Para entonces, Michel tenía unos cuarenta y pico de años. Edith era una jovencita de 32 años, y no era tonta. A la chica le gustaban los hombres con dinero y había estado casada y divorciada a la edad de 19. Inmediatamente después de que la armada alemana se retirara de Francia, Edith era una de esas damas que había sido descubierta colaborando con el enemigo. De hecho, las colaboraciones de Edith habían consistido exclusivamente en favores sexuales. Por estas indiscreciones, las mujeres del pueblo donde residía Edith la llevaron a la mitad del mercado público y le cortaron el cabello.

Pero no nos entretengamos con detalles de mal gusto. Más tarde, Edith se trasladó a París, donde una serie de hombres ricos la mantuvieron en hoteles a cambio de favores sexuales. Entonces, Edith conoció a Michel. La relación tomó un tono emocional peligroso. Michel amaba a Edith, pero ella lo aceptaba y rechazaba sin ningún compromiso. Cuando se cansaba de Michel, desaparecía y se hacía amante de otro hombre. Michel se tragaba su orgullo y siempre la perdonaba cuando ella volvía. En las contadas ocasiones en que Michel salía de París en viaje de negocios, siempre regresaba lleno de regalos para su amante.

Ahora bien, los franceses son conocidos por sus complicados líos amorosos. Parecen especializarse en triángulos. Michel conoció a otra mujer. Más tarde, declaró que su relación era puramente platónica. Su nuevo affaire era una dama casada y con hijos. La pareja solía encontrarse cada tarde para tomar el té. El amor de Michel hacia esta respetable señora creció, y, como consecuencia, se volvió muy frío con Edith. Todavía compartían la cama, pero el corazón de Michel ahora pertenecía a otra.

Además, nuestro protagonista estaba sufriendo un cambio de personalidad. Su nuevo romance, aunque no era sexual, le estaba transformando otra vez en una persona decente y responsable. Ahora, cuando Edith se apartaba durante una semana o más, a Michel ya no le importaba. Edith empezó a darse cuenta de que algo estaba estropeándose. Furiosa, lo confrontó con la información de que ella no sólo sabía de la existencia de la otra mujer, sino que si Michel no dejaba de verla, ella iría en busca del marido de su amante y le contaría la historia.

Un día, mientras registraba los bolsillos del pantalón de Michel, Edith descubrió una carta de la otra mujer. No era una tórrida misiva, pero sí una tierna declaración de amor. Edith juró que a menos que Michel le diera una gran cantidad de dinero, ella se aseguraría de que la carta llegara a las manos del marido de su amante.

Michel tuvo que vender la tienda de lanas para pagarle el dinero y se quedó prácticamente sin nada. Más tarde, Edith volvió a pedir un nuevo monto que el desdichado hombre no podía pagar. Se las arregló para entretenerla con una promesa de que tendría el dinero a la noche siguiente.

Un día después, el domingo 26 de agosto de 1951, Michel Gelfand había decidido suicidarse para proteger a su amiga de ser expuesta. Retornó a su habitación del hotel y escribió su testamento. Edith llegó a la habitación en busca del dinero prometido.

Michel le dijo: “Me voy a disparar”. Tras oír esto, Edith se echó a reír. No se sabe qué pasó en ese momento por la cabeza de Gelfand, lo cierto es que este tomó su pistola y le disparó a la mujer tres veces en el corazón. Ella murió instantáneamente. Después, Michel llamó a la policía, y, calmadamente, apuntó la pistola a su pecho y disparó el gatillo. Momentos más tarde fue encontrado por la policía y fue trasladado rápidamente, inconsciente, al hospital. La bala no había penetrado su corazón, y lentamente se recuperó.
Tan pronto fue capaz de hablar dijo: “He cometido un asesinato para salvar la reputación de una mujer, nunca revelaré su identidad”.

Tras meses de interrogatorios, Michel Gelfand ofreció dar su vida si las autoridades lo querían ejecutar, pero repetidamente se negó a comprometer a su amiga, quien en la prensa se había dado a conocer como Madame X.

Cada detalle de la historia de Gelfand, desde que nació hasta el día en que disparó a su amante fue comprobado. Al principio, la policía dudaba de su historia, pero tras entrevistar a sus amigos y conocidos, y registrando sus posesiones, su historia fue corroborada. El acusado no había dicho a la policía nada más que la auténtica verdad.
Finalmente se encontró una fotografía en la habitación de Michel de la misteriosa Madame X. El magistrado examinador mostró la fotografía a Gelfand. El hombre le suplicó que no la expusieran.

En un gesto típicamente francés, se hizo un pacto de caballeros entre el juez y los abogados del acusado y del demandante. La identidad de Madame X no se revelaría.
El hombre que secretamente era admirado por todos fue sentenciado a dos años en prisión, equivalentes a los dos años que estuvo bajo custodia en espera del juicio. Salió de la corte como hombre libre.

Quince años más tarde, Michel Gelfand sufrió un ataque al corazón y murió en París en la acera de los Campos Elíseos. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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