ESPACIO PUBLICITARIO
 |  
 |  
Notas
Síguenos desde:

Golpes de la cobardía

por MARÍA ISOLIETT IGLESIAS  |  imagen: JUAN CARLOS FIGUERA | VIERNES 25 DE MAYO DE 2018

Bárbara perdió la virginidad poco antes de los 18 años. Estaba enamorada de Rubén, por eso, se atrevió a dar ese importante paso. Aquel hombre era todo lo que ella había soñado. Tuvo miedo, pero se atrevió. Su crianza había estado enmarcada por un hogar lleno de principios católicos ortodoxos, pero a ella no le importó. Rubén era todo lo que había imaginado para construir una vida... un hogar.

Sin embargo, esa primera vez fue brusca, dolorosa, traumática... Bárbara supuso que era normal. Rubén no tuvo la paciencia suficiente y fue violento. A ella le sobraba la inexperiencia.

Las amigas de Bárbara comenzaron a alejarse y ella dejó que así ocurriera, pues a Rubén no le gustaban. No eran una buena influencia, decía. Por eso, Bárbara no tuvo oídos que escucharan su sufrimiento de aquella primera vez. No tuvo palabras que la aconsejaran. Tampoco contención que le permitiera llenarse de valentía en aquella Caracas de los años 80 y mucho menos escudo para enfrentar el horror que podía significar para su conservadora familia,  la noticia de llegar al altar sin ser virgen.

Una vez consumado ese acto amor, el trato de Rubén tomó un giro. Aquel príncipe de palabras dulces y trato amable, comenzó a transformarse. Y ella, frágil, menuda, de ojos vivos y sonrisa fácil, comenzó a apagarse y se llenó de temor. La vez siguiente fue igual de brusca y así sucesivamente.

Bárbara no se atrevía a exigir respeto... a enfrentarlo... a defenderse.

Rubén era fornido y mucho más alto que ella. De cabellos rizados y negrísimos. Ojos aceituna y chispeantes. Sonrisa amplia. Extrovertido. Amable. De verbo nutrido... y al mismo tiempo, el más cruel de los hombres.  

– Pareces una cualquiera vestida así, hazme el favor y te cambias de ropa.

A Bárbara le retumbaron aquellas palabras. Se quedó paralizada por unos segundos que sintió convertidos en horas.

– "Una cualquiera" y sorda. ¡Que te vayas a cambiar!

Bárbara corrió por las escaleras de mármol y obedeció. No entendía muy bien el reclamo. Lucía un vestido marrón holgado que gracias a un cinturón, pronunciaba su cintura. Un cierre le cubría el pecho y la falda solo dejaban descubiertas las rodillas y las pantorrillas. Sus zapatos eran de tacón aguja y cerrados. Punta roma y de color beige, igual que aquel hermoso cinturón que hacía juego, además, con la cartera tipo sobre que lucía en sus manos. Unos discretos zarcillos de oro la adornaban y su rubia cabellera estaba ordenada en un estricto y modesto moño que, con esmero, ella misma había elaborado.

Pero ella obedeció y se cambió a un taller de pantalón todo negro. Así se fueron al coctel de la oficina de Rubén.

El camino de ida y vuelta fue un infierno. Para el regreso Bárbara estaba enardecida, molesta, asqueada y por primera vez –y quizás por última en muchos años– Bárbara intentó defenderse con un hilo de voz que fue interrumpido con un manotazo.

Las agresiones se hicieron más frecuentes y el volumen aumentando. El miedo, en consecuencia, siguió germinando y no hubo más remedio que aceptar la boda unos meses después.

La luna de miel tuvo sus bemoles. Unos días de paraíso, otros de infierno cruel.

Bárbara quedó embarazada y ya no hubo permiso de salir. Rubén la mantenía aislada, sin internet, sin televisión y con el menor contacto familiar posible.

En las reuniones familiares nadie imaginaba por lo que Bárbara pasaba. Ya los insultos llegaron acompañados de puñetazos y esos, a su vez, aderezados con algún objeto contundente que hiciera todo más doloroso. Ese primer embarazo, y los dos siguientes, no fueron impedimento para que Rubén la agrediera.

El primer hijo de Bárbara nació con un problema en sus piernas. Uno de los batazos fue directo a aquel vientre que procreaba vida y malogró al bebé. Hubo remedio.

Los siguientes fueron prematuros.

Los niños empezaron a crecer y a presenciar. Muy a pesar de los esfuerzos de Bárbara por aguantar estoicamente sin gritos, sus hijos se dieron cuenta.

Durante unos 15 años y víctima de golpes a puño cerrado, con batazos y martillos que fracturaron sus pies, Bárbara no gritó. Solo lloró y se orinó encima. Rubén la dejaba encerrada en un closet donde ella permanecía horas mientras los dolores amainaban y lograba recuperar fuerzas para presentarse delante de sus niños.

Una mañana, Bárbara llegó de dejar a sus tres hijos en el colegio. Todo parecía ir mejorando. Dos meses sin agresiones. ¿Habrá cambiado?, pensaba ella con esperanza. Pero de un templón se borró aquel halo de alivio. Rubén, escondido en el garaje, esperó a que Bárbara llegara y la cogió de la cola de caballo. Así la bajó la bajó del carro y la arrastró escaleras arriba.

En la segunda planta empezó la golpiza.

– Eres una cualquiera, admite que tienes un amante.

– ¿Pero qué amante, Rubén?

Bárbara no entendía. Lo insultos subieron de tono, la agresión de nivel. Bárbara sangraba y de a ratos se desmayaba. Fueron varias horas de horror.

Adolorida, desconcertada y sin fuerzas, ella logró encerrarse en el baño para tomar un respiro. Rubén estaba fuera de sí y luego de un rato logró tirar la puerta. La sacó a golpes y Bárbara no supo más de sí.

Cuando despertó, ya estaba en una clínica. Su hijo mayor, que había llegado en plena faena, la defendió. Se enfrentó a su padre y lo amenazó. Rubén, avergonzado, se fue y el adolescente, como pudo, socorrió a su madre.

A Bárbara la tuvieron que operar varias veces. Perdió un riñón y su columna quedó destrozada, sin contar con la reconstrucción facial.

– Mami, si tú no lo denuncias, lo haré yo.

Aquellas palabras, que su hijo de 17 años le susurró al oído, le dieron el impulso a Bárbara para investigar y dar el primer paso. Había una ley que la protegía, fiscales dispuestos a apoyarla y organizaciones nacionales e internacionales que podían respaldarla. Ella se atrevió.

Pero Rubén debía desquitarse y lo hizo.

Cuando Bárbara ya pudo caminar apoyada en un bastón, Rubén la llamó para hablar. La voz en el teléfono era de un hombre taciturno, cambiado, amable... aquel que la enamoró. Ella accedió y propuso un café caraqueño. Rubén le dijo que mejor conversaban en el estacionamiento de un centro comercial, dentro de su camioneta, para que fuera todo más privado. Ella accedió.

A las 7:30 de la mañana de un miércoles se encontraron. Bárbara, apoyada en su bastón, se bajó de su auto y se montó en la camioneta de Rubén. Él estaba en el puesto del piloto y atrás, dos hombres más.

La mirada de Rubén no era la de un hombre arrepentido, sino la de uno envenenado. Volvió a tomarla por el cabello y a exigirle que admitiera que ella tenía un amante. Había una grabadora activada.

– ¡Tú te volviste loco! Yo no tengo ningún amante.

– Claro que sí. ¡Admítelo, perra!

Bárbara se negó.

– O admites o te vas a arrepentir.

Bárbara se volvió a negar.

Rubén vio a sus dos acompañantes y les hizo una seña. Uno de ellos, tomó a Bárbara y de un jalón la pasó a la parte de atrás de la camioneta. Los asientos estaban tumbados. La acostaron y a la fuera le arrancaron el pantalón y la ropa interior. Los tres la violaron y luego la bajaron.

Cuando por fin llegó el juicio, esta nueva agresión no figuró en el proceso. Bárbara sentía vergüenza. Tampoco hizo falta contarla, había sido todo tan dantesco, que la juez falló a su favor.

Rubén apeló y fue el mismísimo Tribunal Supremo de Justica, años después, el que falló a favor de Bárbara. La sentencia tiene carácter vinculante. Bárbara sentó un precedente en Venezuela y su sufrimiento no fue en vano.

Participa (envíanos tu comentario).

 

VÍA RÁPIDA A:  
ESPACIO PUBLICITARIO

AHORA EN ESTAMPAS

Fútbol y Televisión

Una de las ventajas de tener los años que tengo (...)

ENTRETENIMIENTO Carlos Cruz: Un cargamento de seriedad

Traslada encima una masculinidad que, para un (...)


 

BELLEZA Y MODA Siempre labios rojos

Inspiración y origen El rojo es el rey de la (...)

CUERPO Y MENTE El entrenador personal de la era digital

Levantarse por la mañana con una botella de agua (...)


 

HOGAR Y ESTILO Prácticas literas

Las literas son uno de los muebles favoritos para (...)



ESPACIO PUBLICITARIO
BLOGS
Ser Espiritual, TERESA LEÓN

Recupera tu energía

En esos momentos en que estás sometido a una avalancha de textos, videos y (...)

Punto Paladar, ADRIANA GIBBS

El paisaje del Penedés en tres copas

520 años tiene Bodegas Raventos i Blanc, bodega de tradición familiar en la (...)

Pare y respire

He visto en varias esquinas la señal de transito conocida por todos que dice: (...)




 
Cerrar
Abrir