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Cómo no me pidieron matrimonio

En clave de comedia, la escritora y periodista Maruja Dagnino, autora del libro Los alimentos del deseo, seleccionado por los Gourmand Awards para representar a Venezuela en las categorías de escritura culinaria e historia de la gastronomía, se confiesa una romántica camuflada de pragmática

por MARUJA DAGNINO  |  imagen: CORTESÍA | DOMINGO 18 DE FEBRERO DE 2018
Yo era feliz hasta que vi Sense and Sensibility, película basada en la novela de Jane Austen que leí al menos dos veces en mi adolescencia tardía, pero que no significó nada para mí hasta que vi en la pantalla grande a Emma Thompson sufrir por el amor de Hugh Grant, quien estaba comprometido con una señorita desde que era casi un muchacho "tonto".

En medio de un cruce de informaciones Elinor Dashwood, así se llama el personaje de Emma, se entera que Edward Ferrars (Hugh) contrajo matrimonio con su prometida, a pesar de que su madre lo desheredó cuando supo de su compromiso. Y aunque la noticia le quitaba toda esperanza, Elinor admiraba su verticalidad e impoluta disposición a cumplir su juramento.

Mientras todos están concentrados en el compromiso de su hermana menor, Elinor sufre en silencio la pérdida irremediable del objeto de su amor.

Un día en el que todas las mujeres de la casa están volcadas sobre el tambor de bordar, escuchan a la menor de todas gritar desde la copa de un árbol: "Edward, Edward". Entonces supieron que el extraño enamorado de Elinor se aproximaba a la pequeña casa de campo de la venida a menos familia Dashwood.

Todas se levantan de sus asientos, planchan con las manos sus delantales de costura y alisan sus cabellos, y cuando Edward entra a la habitación ya todo está en perfecto orden, pero nadie es capaz de notar el pequeño y hecho pedazos corazón de Elinor hasta que ella le pregunta cómo está su esposa y él le explica que está de viaje con su hermano, con quien se casó luego de que a él lo desheredaron. Elinor comprende que Edward nunca contrajo nupcias y comienza a llorar de la nada. "¿Entonces usted no se casó?", pregunta la sollozante doncella, y Edward, con una sonrisa nerviosa, le responde que vino a decirle que su corazón "es y será siempre suyo".

A sus 80 años mi padre dijo que el matrimonio es tan bueno que él se había casado tres veces, y hasta el último día durmió con mi madre. Pues yo me he casado en dos oportunidades. Y aunque enamoradiza, o tal vez por eso, el amor para mí siempre vino envuelto en un empaque con fecha de caducidad.

Como buena niña de mamá y papá, educada en un colegio de religiosas, por contraste mi primer amor fue un poeta que, como el tren supersónico Hyperloop, viajaba a 310 kilómetros por hora. La vida a su lado era ese tren, pero descarrilado.

Por supuesto que nunca hubo petición de matrimonio, no lo habría aceptado, pues mi temeridad no llegaba a tanto. Pero luego fui yo quien le pidió que nos casáramos. Sin adornos. Es que llegué a pensar que con él pasaría el resto de la vida.

Luego de unos cuantos años compartiendo techo con mi segundo esposo, me casé para obtener la nacionalidad italiana ya que por la vía de mi familia se había convertido en un imposible, por esos absurdos asuntos burocráticos.

Lo que yo no sabía es que mi guapo esposito italiano venía poniendo sus manos en otra masa, y la cittadinanza y el matrimonio se perdieron en el vertedero de las pesadillas en poco menos de un año.

Viéndolo en perspectiva y volviendo a esa conmovedora escena de Elinor y Edward, ahora entiendo por qué ninguna de mis relaciones ha funcionado: nunca he creído en ellas, o acaso una mujer necesita que el hombre le entregue un anillo.

Además comprendí que soy una romántica sin redención, que no por nada me he pasado la vida leyendo cartas de amor, ensayos filosóficos sobre las más sublimes expresiones del erotismo, novelas y novelones. Y también entendí que esa escena de Elinor y Edward siempre me hará llorar, como inexplicablemente lloro en cada boda, como si fuese un personaje salido de una comedia británica; que todavía espero mi anillo, y que más vale besar pocos príncipes que muchos sapos.

La cocina como afrodisíaco

Editado por la fundación venezolana ArtesanoGroup, "Los alimentos del deseo" es un delicioso y particular recorrido por una erótica culinaria que echa mano de historias, ingredientes y procedimientos en los que tacto, olfato, gusto, vista y hasta oído participan de una alquimia que eleva a la cocina al placer de la cultura y el refinamiento. Maruja Dagnino reseña, con grandes dosis de erudición, sensualidad y humor, alimentos vinculados caprichosamente al tema amoroso y erótico.

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