Los Monagas tenían predilección por la música
En la finca familiar los esclavos y sus hijos eran muy diestros en el uso de tambores y flautas de bambú, instrumentos con los cuales recordaban a sus antepasados africanos

EVARISTO MARÍN

08/11/2018 09:00 am



Es más parte de la anécdota histórica que de la crónica musical que se pretende, ver al general José Gregorio Monagas detener su cabalgadura en la calle Juncal, frente a la casa de los Bolet Peraza y extasiarse con las notas de un piano. 

En su vida civil, de próspero ganadero y vecino de nuestra Barcelona, antes de su paso transitorio por la Presidencia y de su célebre decreto de la abolición de la esclavitud, al final de su mandato, en 1854, Monagas se confesaba regocijado por aquellos conciertos vespertinos de María del Pilar Peraza, frente a la Plaza Mayor, convertida a partir de 1897 en la Plaza Boyacá, en homenaje al héroe epónimo José Antonio Anzoátegui. 

Se cuenta que en no pocas oportunidades Monagas entregaba su caballo a uno de sus sirvientes y se sentaba compartir una humeante taza de café con el médico Ramón Bolet Poleo y su familia. 


Los Monagas y los Bolet Peraza habitaron en la ahora calle Juncal, en Barcelona. Pintura de Jorge Noriega

Esos nexos de amistad y vecindad se agrandarían cuando uno de los Bolet Peraza, Nicanor, escritor y también militar, contrajo matrimonio con María Perfecta, una de las hijas de Monagas. Entre los años 40 y 50 del siglo XIX, la casa de los Bolet era en Barcelona un sitio habitual de tertulias literarias y veladas musicales. 

La revista El Oasis, en la cual Nicanor hizo sus primeras crónicas y su hermano Ramón ilustró, con formidable gusto artístico, estampas dibujadas de la Barcelona de la época, es todavía recordada como la primera publicación ilustrada impresa en nuestro país. Cómo eran la iglesia, el mercado, la plaza mayor o el primer puente de madera sobre el río Neverí, se conoce a través de los dibujos litográficos, finamente trazados a plumilla, por Ramón Bolet Peraza. 

La revista, fundada en un taller de tipografía instalado por Bolet Poleo y sus hijos, también insertaba en cada aparición pentagramas de valses y otras composiciones de músicos regionales. 


Nicanor Bolet Peraza en un dibujo a plumilla de su hermano Ramón (1888) 

Se cuenta que ver a Nicanor imitar el modo de caminar, gesticular y de hablar de ciertos personajes connotados de su época de Barcelona, era un espectáculo divertidísimo. Es más, algunas de sus experiencias literarias y musicales en esa ciudad quedaron para la posteridad en las crónicas costumbristas que lo hicieron famoso como escritor. De sus mofas no se salvaron sus familiares y mucho menos sus maestros. Obviamente, tampoco el general Guzmán Blanco, quien en su segunda presidencia, conocida como el septenio, en 1888 lo obligó a salir del país, para exiliarse en Nueva York. Los chistes de Bolet encolerizaban y sacaban de quicio al “Ilustre Americano”.

Es poco lo que se sabe de los gustos musicales de los grandes jefes de la Independencia, pero es obvio que para los generales Monagas –José Tadeo y José Gregorio, avecindados en Barcelona después de la Guerra Magna– el cuatro y la guitarra les eran muy familiares desde su niñez en Aragua de Barcelona. Nunca fue extraño ver a José Tadeo, cuatro en manos, joropeando e improvisando coplas llaneras en sus veladas familiares y también en la jubilosa celebración de muchas de las victorias patriotas. 


Gran parte de la historia de Venezuela quedó grabada en los dibujos de Ramón Bolet Peraza. Litografía a color de la Casa de Gobierno de Caracas (1870)

Se recuerda que el cuatro y la guitarra, la mandolina, el tambor y también el piano fueron instrumentos musicales muy habituales en las casas de la gente pudiente, desde los mismos comienzos de lo que se tiene como el periodo colonial. Eso explica el florecimiento que tuvo la música en Cumaná, La Asunción y Barcelona, desde esa muy antigua época. Según el historiador y cronista, Juvenal León, la única época de prosperidad de Barcelona en el siglo XIX fue la del mandato de los Monagas.

En la finca familiar de los Monagas, en Aragua de Barcelona, los esclavos y sus hijos eran muy diestros en el uso de tambores y flautas de bambú, instrumentos con los cuales recordaban las costumbres de sus antepasados africanos en veladas musicales.

En su libro La tierra de Bolívar, el viajero inglés James Mudie Spence, quien cultivó mucha amistad con Nicanor y Ramón Bolet Peraza, y fue acompañado por el primero de ellos en una excursión hasta las minas de carbón de Naricual, en 1872, describe que los Monagas en el estado Barcelona “ejercen gran influencia y poseen inmensas porciones de tierra”.