La furtiva rumba flamenca de Don Santos
Por más de medio siglo, “La Glaciere” llenó de sabor el paladar de los cumaneses. Muchos atribuían un gran poder tonificante a su burbujeante exquisitez

EVARISTO MARÍN

04/10/2020 05:00 am



Evaristo Marín


En la época del exilio de Andrés Eloy Blanco, cuando “el temor a la Seguridad Nacional de Pedro Estrada había bajado el delito a su mínima expresión”, a Cumaná se le identificaba mucho por el grato sabor de su famosa kolita sifón “La Glaciere”. Eso fue así por más de medio siglo. Muchos la tomaban hasta sin refrigerar, y es que atribuían a su burbujeante exquisitez un gran poder tonificante para la digestión. Cierto o no, nadie se ocupó nunca de averiguarlo.

Cuando esa kolita, tan colosal como el cuatro cumanés, comenzó a embotellarse, la inspectoría del trabajo era ejercida en Cumaná por Ramón Sosa quien “por su amor a la cañandonga dejó los estudios de medicina en casi más de la mitad”, según el decir de Chuíto Oliveros, lejano familiar del ex gobernador Carmelo Ríos. Esa es la razón por la cual, en la Primogénita del Continente, a Sosa muchos le dijeran “Dr. Sosa” y otros tantos también tuvieran como muy acertados sus diagnósticos facultativos. Eso sí, más que por sus consejos médicos, el Dr. Sosa se hizo notorio en Cumaná por sus grandes borracheras. “Estás tragando más aguardiente que el Dr. Sosa”, era común que dijeran a quienes caían en el vicio de empinar el codo.


Santos Emilio Berrizbeitia fue el embotellador de la famosa gaseosa de origen francés

Los Berrizbeitia han sido por años gente de trabajo y de afán industrial. De sus iniciativas son las primeras enlatadoras sardineras, el primer molino de trigo y como ya escribimos, aquella famosa kolita de origen francés, que solo se tomaba en Cumaná y Barquisimeto, ciudad esta última donde era embotellada por la familia Arbeláez y conocida como “la kolita Martel”. 

“La Glaciere” de Cumaná era embotellada con agua del Manzanares –en una casa de amplios corredores, desde la cual se expandía su exquisito olor por el Parque Ayacucho y sus alrededores– gracias a la patente adquirida en Lyon y de la cual Santos Emilio Berrizbeitia se exteriorizaba muy orgulloso “porque su sabor nos encanta a todos en Cumaná”.

A Santos Emilio todavía algunos viejos lugareños lo recuerdan como un empresario de noble carácter y sobrias costumbres. Un santo varón, que no era tal, según el decir de Luis Gerardo González. Este muy deslenguado periodista, cumanés de origen y porlamarense de costumbre, alude a una anécdota, contada por Juan José Acuña, legendario fundador del periódico Renacimiento, para decirnos que Don Santos casi se arrodillaba en su fervor católico cuando se persignaba frente a las iglesias de San Francisco y Santa Inés, pero como otros muchos cumaneses era todo un alarde de desvergonzada picardía. 


La kolita sifón “La Glaciere” fue tan famosa como el cuatro cumanés, que ya es mucho decir

Pues bien, se cuenta que Don Santos acaparó para sí todo el talonario de cien números con el cual una bailadora de flamenco, tan escultural como Lola Flores, rifaba “una inolvidable noche con ella”, antes de cerrar sus estelares actuaciones en el Cine Ayacucho. Luis Gerardo cuenta que el muy astuto Don Santos pagó Bs. 5 mil –toda una fortuna, cuando teníamos dólares a 3,30– y eso le dio derecho a compartir una romántica velada con la artista, en el “Astoria”, hotel donde era habitual como gran jugador de dominó. 

Lo cierto es que después de compartir unos brandys con tan bella dama, las ínfulas varoniles de Don Santos se vieron muy comprometidas ante los voluptuosos remolinos y jadeos de aquella veterana del “cantejondo” y apenas pudo darle “una vuelta al ruedo”. Su furtiva noche flamenca no llegó ni a la medianoche. A las once ya estaba en su casa, roncando a pierna suelta en su cama matrimonial. Con aquel episodio, Acuña –su compadre y amigo– y Luis Gerardo González, han hecho reír en grande a los cumaneses. 

En el ámbito laboral, Santos Emilio siempre fue conocido como muy exigente. Cierta vez vio a un hombre que se tambaleaba en lo alto de un andamio, pintando una de las altas paredes de su embotelladora. Lo hizo bajar “en el acto”, lo insultó y le advirtió que de ocurrir eso otra vez, sería despedido por falta. “Si sigues así, acabarás con tu hígado”, le gritó furiosamente. 

Clemente Pablos, un agudo cronista cumanés, recuerda la anécdota porque el trabajador, tambaleante de la borrachera, se atrevió a desafiar la justificada reprimenda del dueño de la kolita “La Glaciere” diciéndole, en alusión a las peas diarias del inspector del trabajo: “¿Para qué sirve el hígado, Don Santos? El Dr. Sosa dice que el hígado no sirve para nada...”

Fotos Luis Gerardo González Bruzual. Archivo Evaristo Marín