Cocinar juntos: ¿Pesadilla o diversión?
Compartir estas actividades de forma armoniosa favorece la intimidad emocional. Algunos estudios concluyen que mejora la sexualidad porque la mujer admira al hombre que se involucra en la cocina

ATENEA ANCA

01/12/2019 05:00 am



Existen parejas que al cocinar juntos se compenetran como si se tratase de un baile: no deben indicarle al otro lo que viene, todo fluye, van al mismo ritmo, y al final, se quedan con la sensación de satisfacción.

En otros casos, el cocinar juntos es sinónimo de iniciar la batalla: “¡no le pongas más sal”, “no me digas qué hacer”, “lo haces mal”, “no te atravieses”, “apúrate porque eres demasiado lento”, “deja de ensuciar tanto”, etc. Evidentemente, estas parejas se quedan con un muy mal sabor de boca. Pero ¿qué les pasa que no pueden relajarse y disfrutar del momento? y sobre todo, ¿qué pueden hacer los lectores que se identifican con este grupo?

Generalmente, la consecuencia de caer en el segundo ejemplo es no volver a cocinar juntos; incluso algunos optan por no cocinarle de nuevo al otro. Pero es importante recordar que nos alimentamos al menos 3 veces al día y si comemos comida casera, ésta será mucho más sana y económica que si decidimos comer en la calle. Entonces, ¡es momento de hacer que funcione! ¿Lo intentarían de nuevo?

Las parejas que logran cocinar de forma amena alejan el empoderamiento en la cocina, de manera que ninguno tendrá el poder absoluto sino que pondrá sus habilidades al servicio del equipo para engranar y lograr el objetivo deseado. Por ejemplo, si uno es bueno sazonando y el otro picando, es obvio quién debe hacer qué. O como cuando uno es bueno con lo salado y el otro con lo dulce…

En el caso de que uno sepa mucho de cocina y el otro no sepa nada, el rol del experto debe ser ayudar a su pareja a encontrar su habilidad desde la confianza y la empatía y apoyar al otro para que se haga diestro. Motivar será esencial para pulir la habilidad y que el resultado mejore. Por ejemplo, le enseñará a picar cebolla y en lugar de decirle: “esto te quedó muy grande”, podrá decirle “estos trozos quedaron del tamaño perfecto, ¡sigue así!”

Entiendan que no se trata de ser versados en todo sino en ser bueno en algo y sumarlo al equipo. Si a alguno de los dos le cuesta mucho aprender a cocinar o no se siente nada motivado, podrá lavar los platos y ser asistente de quien cocina. La idea es que ambos se esfuercen y sientan la equidad.

Practicar este tipo de actividades favorece la intimidad emocional y la percepción de justicia. Incluso, hay estudios que concluyen que mejora la sexualidad porque la mujer admira a un hombre que es capaz de involucrarse con la cocina y la admiración es vital para el deseo.

Otro punto importante es que estén abiertos a un posible comentario evaluador de lo que hacen y cuiden sus palabras para no herirse. Por ejemplo, no genera el mismo impacto decir “te quedó asqueroso, bótalo” que “no me termina de gustar, podemos volver a intentarlo”.

Finalmente, les sugiero que involucren a los niños en estas actividades gastronómicas porque, además de llenarlos de experiencias valiosas para su futuro hogar, se les enseña la responsabilidad y el trabajo en equipo.
Si encuentran demasiadas dificultades en algo que debería ser más simple y ameno, tal vez sea momento de considerar una terapia de pareja para evaluar y encontrar las trabas, pero sobre todo las soluciones.