- Otra de ratones

- El monitor se pasea por la música

- Daniela no
se arrepiente


MODA

- Se llama Pixie

CRONICA

- Secta

- Erich Wildpret
¨Para mí hacer
teatro tiene sentido¨


- La crisis climática

- El alma baila
en la danza
del vientre


- ¡A correr! una
moda que llegó
para quedarse


BELLEZA
- En sinergia
con la naturaleza
SALUD
- VPH sin temor
al diagnóstico
PSICOLOGIA
- Lo haré
mañana
NUTRICION
- Pescado, bendito seas
MODA
- Los príncipes
de la casa
COCINA
- Platos principales
con manzana
MASCOTAS
- Animales fotogénicos
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
revista Estampas
 
  Secta
Mirtha Rivero

Gunther está empeñado en decir que Camila, Glorieta, Victoria, Larissa, Lissette, Amelia y yo conformamos una especie de camarilla impenetrable. Una suerte de congregación estricta

e inflexible que a cada tanto se reúne para ponerse al día, ventilar asuntos —públicos y privados—, inventar padecimientos, reforzar conductas. Una cofradía de miembros contados que (piensa él) apegándose a ritos, normas, pautas de comportamiento y relaciones, se reúne en cenáculo para enjuiciar y condenar. Una hermandad reservada. Enigmática.

No puede concebir cómo, a pesar de los años, las distancias, las diferencias de edades, caracteres e historias, un grupo de mujeres insiste en contactarse y congregarse con frecuencia para descargar o para celebrar. Mucho menos puede descifrar el complejo mecanismo que se dispara ante el menor síntoma de alarma o el más mínimo indicio de que un río se sale de cauce. Bien sea porque una se quedó sin trabajo, otra decidió tirar la toalla, aquella se está separando, ésta no soporta a su jefe y la otra anda que se tira de los pelos porque se va a casar y a dos semanas de la fiesta todavía no ha comprado el vestido para la boda.

Mi amigo —hombre al fin— aún no ha logrado penetrar ese grupo autónomo e independiente de amigas incondicionales que él desde su tribuna ha llegado a calificar como secta. Sí, señor: secta. Aunque el término suene chocante, y enseguida convoque sensaciones desagradables y patéticas como las que emergieron con el suicidio colectivo en Jonestown, Guyana, a finales de los setenta; o la tragedia en Waco, Estados Unidos, a principios de la década pasada; o —en el más leve de los casos— los recientes líos del ex arzobispo Emmanuel Milingo y una fiel seguidora del norcoreano reverendo Moon. Aún por encima de todo eso, para Gunther, mis seis amigas y yo somos una secta. Una hermandad abstrusa que no admite hombres, o por lo menos no los acepta en sus reuniones que para él tienen carácter misterioso, a juzgar por los múltiples llamados que hace al celular de Camila los días de junta, intentando averiguar por dónde van los tiros.

Gunther no nos entiende, a pesar de que él mismo tiene su círculo íntimo, su circuito de amigos que frecuenta desde hace más de veinticinco años, y fuera del cual todos los demás son —somos— un poco menos importantes. ¿Será que el grupo suyo —formado íntegramente por hombres— es más intelectual, más erudito y, también, menos emotivo y pasional? ¿Será esa la diferencia y ese su handicap?

Si lo duda, basta con que lea los recientes hallazgos hechos por científicos de la Universidad de California, en Los Angeles (UCLA), que identifican la existencia de sustancias químicas en el cerebro que ayudan a crear y mantener lazos estrechos de amistad entre las hembras. No así entre los varones.

Según los investigadores de UCLA —en su mayoría hombres, por cierto—, en situaciones de angustia el organismo libera una hormona llamada oxitocina, “que en las mujeres promueve la necesidad de proteger a sus hijos y de agruparse con otras mujeres”. Cuando eso sucede (cuando las mujeres se reúnen), se produce —como acción en cadena— una cantidad aún mayor de oxitocina que actúa entonces “reduciendo el estrés más agudo y provocando un efecto calmante” que fortalece la identidad y contribuye a llevar una vida plena. Esa benéfica reacción —de acuerdo con la investigación— no se presenta en los individuos de sexo masculino porque la testosterona neutraliza los efectos de la oxitocina, lo contrario a lo que hacen los estrógenos femeninos.

El estudio “también observó cómo las mujeres superan un momento crítico como la muerte del cónyuge, y percibió que las mujeres que confían en sus amigas reaccionan sin enfermedades graves y se recuperan en un lapso de tiempo menor que aquellas que no tienen en quién confiar”.

Como si fuera poco, la investigación estadounidense revela que “los lazos emocionales existentes entre las que son amigas leales contribuyen a una reducción de riesgos de enfermedades ligadas a la presión arterial y el colesterol”, por lo que se cree que esa pueda ser una de las razones de que las mujeres —por lo general— vivan más que los hombres.

Después de tal argumentación científica, espero que Gunther —tan amigo de las últimas tendencias y descubrimientos— pueda atisbar algo de luz sobre el fundamento y la fibra de esa agrupación que él llama secta. Ojalá pueda entender el porqué de los fuertes lazos que nos unen en torno a la que, desde hoy, bautizamos como la Cofradía de la Oxitocina. Porque —ya lo aceptamos— Camila, Glorieta, Victoria, Larissa, Lissette, Amelia y yo conformamos una secta, y como toda secta que se precie promovemos con fanatismo valores que se encuentran en crisis en la sociedad.
Los valores que fomentamos, recreamos y enarbolamos son los de la amistad y la solidaridad. Sin medida, sin ecuanimidad, distancia ni corrección actitud política. l

 


 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso