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Millonario asesino

Bathelt se casó con el dinero, pero arruinó
su estilo de vida por una disputa con un amigo

Con sus veintitantos años, John Bathelt era un hombre muy bien parecido de 1,82 metros de altura que para mucha gente en South Hadley, Massachusetts, debía ser una estrella de cine. John hizo lo que más se le acercaba a eso: contrajo nupcias con una estrella del celuloide.

En junio de 1936, John conoció, cortejó y se
casó con Margo Lindewal, hija de un químico
sueco que había muerto y le había dejado la jugosa suma de un millón de dólares. En los momentos en que no trabajaba sobre las tablas, Margo se especializaba en borracheras y esposos, justo en ese orden. Se había gastado cerca de la mitad de su fortuna y había tenido dos esposos para el momento en que se casó con John.

La pareja se mudó a un suntuoso apartamento en la ciudad de Nueva York. John, quien tenía fama de ser un bueno para nada allá en su pueblo del campo, no cambió mucho sus costumbres ahora que se había “unido” al dinero. Constantemente apostaba en carreras de caballos, como acostumbrada durante sus días de soltería. Su mejor amigo,  Charlie Morris, de 45 años, era todo un personaje del hipódromo. Andaba en un Jeep azul cielo acompañado de Norbert, su doberman pinscher,
que se sentaba orgullosamente en el asiento trasero. John solía estar adelante,
junto a Charlie.

Cuando Charlie desapareció, nadie se preocupó mucho. Todos creían que había tomado sus cosas y se había largado en busca de mejores aires. Por su parte, era imposible que John se apartara de su comida segura, Margo.

Así estaban las cosas cuando, un año más tarde, dos jovencitas, Shirley Maxwell
y Betty Goodwin, quienes inocentemente asistían a un picnic de la escuela dominical de South Hadley, pensaron en ir a nadar en el río Connecticut. Las chicas se estaban divirtiendo de lo lindo hasta que divisaron un objeto que flotaba en el agua. Más tarde se comprobaría que se trataba de los restos de un ser humano envuelto en una mortaja gris.

Algunos adultos trajeron el sombrío hallazgo a la ribera. La policía local pidió ayuda a la policía estatal de Massachussets. Este cuerpo, a su vez, requirió la asistencia de un médico forense. Se estimó que la víctima había muerto un año atrás; quedaba muy poca carne fresca en los huesos. El pie izquierdo tenía un zapato de hombre, mientras que una correa rodeaba el cuerpo. La mortaja fue sometida a análisis. Había sido fabricada en la vecina población de Holyoke. Unos tres metros de alambre de cobre se usó para envolver el cadáver en la tela. Curiosamente, había pedazos de cemento desmoronado adheridos a la mortaja y el zapato.

Los detectives interrogaron a los labradores que habitaban en cabañas a lo largo del río. Nadie había visto ni escuchado nada inusual. Una de las cabañas estaba cerrada. Los oficiales rompieron la cerradura y de inmediato comprendieron que habían encontrado la escena del crimen.

Debajo de los tablones del piso encontraron una tumba improvisada. Alguien había tratado de cubrir el cuerpo con cemento, pero no hizo un buen trabajo. El cemento había sido mezclado en proporciones inadecuadas y no se solidificó bien. Tendía a desmoronarse. Una persona había enterrado el cuerpo, pero la pésima labor con el cemento debe haber obsesionado al autor o autora del homicidio.  Un año después,
lo que quedaba del cadáver había sido arrojado al río. En la tumba, la policía encontró algunos huesos humanos y un zapato derecho, el cual coincidía perfectamente con
el que se había hallado en el cadáver. También descubrió lo que quedaba de una bala calibre 45.

Toda la evidencia física se llevó al laboratorio forense del estado. La hebilla de metal de la correa que se halló en el cuerpo estaba corroída. Los técnicos lograron distinguir las letras C. M. en ella.

Entretanto, la policía no tuvo problemas para ubicar al propietario de la cabaña, Francis Heywood, un respetado ciudadano de la comunidad, quien les informó a los oficiales que le había permitido al hijo de un amigo usar la cabaña durante los dos últimos años, a cambio de que la mantuviera en buen estado. El objeto de este generoso gesto era John Bathelt.

Los detectives escudriñaron el pasado de Bathelt. Se enteraron de su matrimonio con Margo y su mudanza a Nueva York. Y, algo mucho más importante, descubrieron que un año antes John había llevado el jeep de Charlie Morris a un autolavado en Holyoke. Un empleado del local notó que había sangre en la tapicería y un hueco
de bala en el asiento trasero.

La policía averiguó que John había vendido el auto por 600 dólares alrededor de la fecha en que Charlie aparentemente se había marchado de la región. Sabemos que no había ido muy lejos. Evidentemente, John no pensaba en desperdiciar ninguna de las pertenencias de Charlie. ¿Recuerdan a Norbert, el doberman pinscher? John vendió el perro por 500 dólares.

Incluso consiguió un fallo en ausencia contra Charlie por una deuda. Charlie nunca se presentó en la corte. No podía. Estaba cubierto de cemento y reposaba plácidamente debajo del piso de la cabaña de Francis Heywood. El tribunal dictaminó que la cuenta bancaria de Charlie, con 765 dólares en su haber, pasara a manos de John. Los detectives lo detuvieron en su lujoso apartamento. En ese momento, Margo se encontraba indispuesta debido a que se había fracturado una pierna en un reciente accidente de tránsito. No era un buen día para John: su esposa tenía un yeso y a él lo acusaban de asesinato. Irónicamente, era 27 de junio de 1938, su segundo aniversario de boda.

Algo hay que reconocerle a Margo. Se mantuvo al lado de John en este momento
de apuro. Ella contrató al abogado Vincent Impelliteri, quien luego se convertiría
en alcalde de Nueva York. Impelliteri consideró el abrumador caso contra su cliente
y sugirió que se declarara culpable. John estuvo de acuerdo. Admitió que había cometido el asesinato. Le había disparado a Charlie en una disputa por dinero.
En algún momento se dio cuenta de que Heywood descubriría la tumba debajo
de la cabaña si alguna vez decidía vivir en ella de nuevo. Fue por ello que arrojó
el cuerpo al río. Pensó que se hundiría.

Barthelt fue sentenciado a cadena perpetua. Margo se entregó a la bebida y murió
en marzo de 1939; ella dejó a su esposo un ingreso de 15 dólares al mes “por toda
su vida o mientras permanezca en prisión, sea cual fuere el período más corto”.
John finalmente fue liberado bajo palabra. Sólo podemos suponer que echó
de menos esos 15 dólares. l

Traducción: José Peralta. Ilustraciones: David Márquez

davidmarquez@cantv.net

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