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  La crisis de los 50
Mirtha Rivero

 

Llegar a la mediana edad —o tomar conciencia de que se está llegando— supone un momento traumático. Un punto de quiebre. Una etapa álgida que, en el caso particular de las mujeres, puede empezar mucho antes de sentir los primeros vaporones de la menopausia.

El evento en cuestión —la crisis— puede ser resultado de un proceso paulatino, suma de pequeños e —en apariencia— inconexos e insignificantes hechos, y desencadenarse de un día para otro, cuando se cae en cuenta de que los hechos insignificantes en realidad no lo son. Al contrario, son reveladores de una situación irreversible: la vejez está al lado.

Según la norteamericana Cathy Hamilton, autora de Nosotras y nuestros síndromes (Amat Editorial, Barcelona, 2001), en algún momento, entre los cuarenta y los cincuenta años, cualquier exponente del sexo femenino —para hablar solamente de nuestras congéneres— puede enfrentar el momento definitorio al:
l Descubrir su primera cana
l Asistir a la boda del hijo de su compañera de universidad
l Sacarse, con pinzas, el primer pelo de la barbilla
l Comprarse los primeros zapatos cómodos
l Darse cuenta de que tiene “exactamente” el mismo aspecto que en la foto de la cédula.

Otros síntomas —pienso yo— que dan fe de la proximidad del “mal” serían: bolsas debajo de los ojos, cansancio al amanecer, presbicia (necesito lentes hasta para ponerme colorete en los cachetes), falta de atención (pero si yo siempre pongo las llaves aquí), pérdida de elasticidad en el cuerpo (es que yo antes podía hacer eso), patas de gallo que ya no se disimulan con base, pelusa encima del labio superior (no, no es un bigote), lunares que se multiplican (tampoco son verrugas, fíjate, fíjate bien) y darse por enterada de la imagen ridícula que devuelve el espejo cuando se usa minifalda o una blusa que deja el ombligo al aire.

Así como los hombres, en circunstancias parecidas, usan bisoñé, compran motos de alta cilindrada, se inscriben en gimnasios para sacarse abdominales o corren detrás de cuanta muchachita se le atraviesa, las mujeres pueden también reaccionar de manera brusca ante la evidencia de que se acabó la juventud. Por eso, para esconder los estropicios, cualquier recurso vale. Maquillaje, dietas, cirugías, tatuajes, peeling, electrólisis, colágeno, spinning, ropa de diseñador, carros de doble tracción. Lo que sea para disimular… hasta pretender que todo es mentira, que nada pasa: si yo me siento igualita, soy la misma de siempre.

En mi caso particular, no me había dado por enterada de la magnitud del drama. Soy la mayor de una camada de cuatro hermanas y entre mis amigas más cercanas si no soy la más vieja, estoy ahí, ahí. Pero a pesar de las carnes flácidas, los brazos cortos (a juro debo usar lentes para leer) y los codos superarrugados (en los codos y en las rodillas es donde se nota el almanaque) había sabido sobrellevar con dignidad mi nuevo estado.

Así había sido hasta hace poco, cuando me detuve a reclamarle a un hombre que se me atravesó con su carro en el tráfico. Como respuesta a mi protesta, el tipo —de unos 35 años y con pinta de profesional— me gritó: “¡Premenopáusica!”.

Me quedé varada en el sitio. Fue un verdadero shock. Era la más palpable prueba de que había llegado a la línea divisoria. Imposible escabullirme. Hasta un perfecto idiota en medio de la calle lo sabía. Ya era evidente. Ese día, y varios más, anduve como arrastrando una cobija. Mi hermana Lucía, apenas un año menor, fue quien me zarandeó: “¡Niña! si es lo mejor que nos puede pasar después de cargar tantos años con un tormento. Además, no todo el mundo puede llegar a esta edad. Fíjate en Lady Di: la pobre no alcanzó a saber lo que era eso. No sé si es que ya estoy chiflada, pero yo hasta me alegro”.

Santas palabras. l

 
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