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¨Esa mujer será mi muerte¨

Tyrrell Tilford sabía que su esposa tenía un no se qué
algo traicionero

Max Haines

El hombre de 35 años, oriundo de Woodstock, una población en la provincia canadiense de Ontario, tenía la sensación de que su esposa Elizabeth, quien se había casado en tres oportunidades, tenía un romance con alguien
más joven.

Tyrrell creía que Elizabeth, madre de nueve niños, no dudaría en hacer cualquier cosa para librarse de él.

Tales sospechas no ayudan a mantener la armonía en un matrimonio. Cuando enfermó en el otoño de 1935, Tyrrell estaba totalmente convencido de que su mujer estaba detrás de su malestar. “Esa mujer será mi muerte”, le dijo a amigos y familiares.

Tyrrell resultó ser un excelente pronosticador de acontecimientos futuros. Cuando llamaron al doctor J.B. Poole, quien sustituía temporalmente al médico de cabecera
de la familia Tilford, para que asistiera al paciente, era demasiado tarde.

Como suelen decir en Terranova, estaba más muerto que un cadáver. Causalidad o no, era el Día de los inocentes (que en los países anglosajones se celebra en abril). El doctor Poole consultó con el doctor Hugh Lindsay. Este último firmó el certificado de defunción, en el cual indicó que Tyrrell había expirado a consecuencia de una “miocarditis agravada por ictericia catarral” y gripe.

Tyrrell fue enterrado. Elizabeth lloró. Los familiares presentaron sus últimos respectos a un lado de la tumba. Después, hubo una pequeña reunión íntima en la casa de los Tilford. Se sirvieron exquisitos emparedados y un delicioso té. Alguien comentó: “Quizás haya sido lo mejor”. Tyrrell había estado sufriendo durante meses.

Durante todo el mes de mayo, horribles rumores se propagaron por todo Woodstock.

Los padres de Tyrrell estaban convencidos de que su hijo había sido víctima de un juego sucio. El propio Tyrrell tenía un fuerte presentimiento de que le había llegado
la hora. Era curiosa la forma en que hablaba mal de Elizabeth cuando se acercaba
su fin.

Por qué, preguntó un familiar, Tyrrell había sugerido que si algo le ocurría, se aseguraran de que analizaran el contenido de su estómago. Un ciudadano consciente llamó a la policía de la provincia de Ontario e informó a los oficiales de los rumores. Asignaron al inspector E.D. Hammond para que investigara la muerte. Poco más de un mes después del entierro de Tyrrell, su cuerpo fue exhumado. El doctor Max Crawford realizó la autopsia.

Lo ya presentido ocurrió: se encontraron rastros de arsénico en el estómago del difunto Tyrrell. Pasó otro mes mientras el inspector Hammond iba de un lado a otro recogiendo evidencia. Le parecía que la encantadora Elizabeth quizás había apresurado la partida de su esposo.

En su búsqueda Hammond descubrió que Elizabeth había comprado 56 gramos de arsénico el 20 de marzo, apenas 11 días antes de la muerte de Tyrrell. El boticario de Woodstock, Harrison Keith, dijo que Elizabeth había pedido el arsénico por teléfono. En ese momento, la mujer había dicho: “La casa está llena de ratas”.

A fin de contrarrestar esta información demoledora, Isabel Tilford, hija de Elizabeth de un matrimonio anterior, declaró a Hammond que había sido ella quien llamó al farmaceuta y quien recibió el arsénico cuando fue entregado en la residencia de los Tilford. Isabel incluso dijo que fue el propio Tyrrell quien le había recomendado que comprara el arsénico para que se libraran de las ratas.

¿Qué tenía que decir Elizabeth sobre el revuelo que estaba ocurriendo a su alrededor? “No tengo nada que declarar, salvo que mi esposo murió por causas naturales”, fue lo único que dijo.

La madre de Tyrrell le dijo a Hammond que había escuchado a su hijo decirle a su padre: “Papá, cuando
me vaya, quiero que mandes a analizar mi estómago. Entonces descubrirán con qué me están envenenando”.

La progenitora de Tyrrell, quien resultó ser una fuente invaluable de información, recordaba muy bien el día
en que falleció su hijo. Después de todo, la muerte había ocurrido un Día de los inocentes. En esa fecha escuchó
a Tyrrell decirle a la encantadora Elizabeth: “Sabes que me estás envenenado con arsénico y no estaré aquí mucho tiempo. Entonces podrás estar con ese otro hombre”.

Ya era demasiado. Elizabeth fue detenida y acusada del cruel asesinato de su esposo.

Sólo por la posibilidad de que Elizabeth, quien se había casado en varias ocasiones, tuviera el hábito de envenenar a sus esposos, el cadáver del hombre que fuera su esposo antes que Tyrrell fue exhumado. No se encontraron rastros de arsénico en el cuerpo de William Walker.

Las autoridades abandonaron este curso de acción y se concentraron en la acusación.

La evidencia circunstancial de que Elizabeth había envenenado a su esposo era abrumadora. A su juicio, que comenzó el 25 de septiembre de 1935, asistieron todos los que fueron lo bastante afortunados para conseguir un puesto en la sala de la corte. El jurado deliberó sólo durante seis horas antes de presentar un veredicto de culpabilidad.

“¡Oh, Dios mío!”, gritó Elizabeth. “No es justo. ¡Me tendieron una trampa! ¡Fue una trampa! ¡Tenga Dios piedad del alma de los Tilford!”.

Elizabeth fue sentenciada a muerte. Hubo protestas para que se salvara la vida de la mujer sentenciada, pero su apelación fue rechazada.

Una hora antes de su ejecución, Elizabeth sufrió un colapso en su celda. Sin embargo, se las arregló para recuperarse mientras se acercaban sus últimos minutos de vida, y justo después de medianoche, en la madrugada del 17 de diciembre de 1935, fue conducida al patio de la cárcel de Woodstock. Mientras caían unos pocos copos de nieve, caminó al cadalso sin que nadie la ayudara y la ahorcaron.

Elizabeth Tilford fue la octava mujer en ser ahorcada en Canadá desde que se constituyó la Confederación. l

 

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez

david.marquez@cantv.net

 
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