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  • CLAUDIA HERNÁNDEZ

14/09/2018 12:00 am

A las doce del medio día del siete de septiembre muchos devotos de la Virgen del Valle esperan frente a la Basílica para conocer y ver de cerca como luce su patrona, después de que le han cambiado su vestido para sus fiestas.

La imagen está ataviada con un traje de ensueño, como el de una novia ,de raso blanco con encajes blancos. En la falda tiene dibujados a todo color la sagrada familia, el niño Jesús al frente y a María y José a los lados . Su cabello color cobrizo, peinado con bucles caen cual cascada sobre sus hombros. Su cabeza ha sido cubierta con una delicada mantilla española de fino encaje bordada con unas diminutas lentejuelas tornasoladas que producen destellos de luz. Su tierna mirada de niña compasiva observa desde lo alto a los feligreses que la visitan para pagar favores recibidos o simplemente para conversar con ella.

Inmersa en una cálida conversación vemos a Cecilia Mata, su camarera, orándole muy cerquita de ella, como si estuviera susurrándole al oído sus peticiones. Desde hace casi 30 años, Cecilia colabora en los cuidados de la imagen y en vestirla. Una labor que comenzó poco antes de que su mamá, quien también tenía la misma responsabilidad, falleciera. En 1989 las autoridades eclesiásticas la nombraron oficialmente como la camarera de la Virgen del Valle. 



Sus tareas consisten en mantener la imagen, cuidar de su ropa y de sus pelucas, dar las indicaciones sobre sus trajes y por su puesto con mucho cuidado y amor vestirla, “es la única imagen de la iglesia que no le toco su rostro, a diferencia de otras, siempre está limpia”.

A la Virgen le cambian el traje cuatro veces al año, el primero de septiembre para su bajada del camerin, el siete de septiembre para su cumpleaños, el día de la octavita y el ocho de diciembre para subirla a su posada.

Cecilita, de 87 años, se llena de orgullo, de felicidad y su voz de amor cuando explica como es el proceso para cambiarle el traje, “mis sobrinas, quienes me colaboran, y yo nos ponemos en oración, en las manos del señor, que me de discernimiento. Invoco al Espíritu Santo para que me ayude y me guie en esta tarea de gran responsabilidad porque su imagen es delicada. Debo tener mucho cuidado con sus manos que son demasiado frágiles, parecen alas de mariposa”.

La Virgen del Valle tiene más de setenta trajes, muchos de los cuales permanecen en el museo diocesano, a un lado de la iglesia.

 A la hora de conversar con la santísima madre de Jesús y orarle le pide por su intercepción ante su hijo amado, en especial por la salud de su hermano y para que las personas sigan el camino de María, “pido para que el hombre deje de ser materialista, egoísta porque estamos viviendo una época de deshumanización, en que le dan mas importancia a las cosas y no al ser humano. La vida de María fue un ejemplo de humildad y obediencia”. 



Entre aplausos, cánticos y vivas, a las nueve en punto de la mañana del ocho de septiembre mas de doce mil feligreses le dieron un caluroso recibimiento a la Virgen del Valle, al abrirse las puertas de la Basílica para dar inicio a la misa solemne en su honor. Las notas musicales del tema “¿Quien es esta que avanza como la aurora?”, interpretado por un grupo de músicos y cantantes margariteños, acompañó a la imagen hasta la explanada, convirtiendo la celebración en una emotiva expresión de fe.

El representante de El Vaticano aconsejó a los venezolanos a ver al país con los ojos de María, quien mira a cada ciudadano como una sola familia. “La Virgen María es madre y la primera preocupación de una madre es qué la propia familia viva en paz, este unidad y se ame”.



La animación musical de la misa estuvo a cargo de la banda y del orfeón del estado Nueva Esparta conjuntamente con un ensamble de reconocidos solistas como Lucién Sanabria, Jennifer Moya, Rocky Viscuña, Inés Rojas y Yamileth Faría, que interpretaron temas de diferentes géneros y fueron dirigidos por Luis Lares. Los trajes de la Virgen del Valle que vistió para las celebraciones del primero y del ocho de septiembre fueron un obsequio del señor Pedro Jiménez y de su esposa Lorena y fueron diseñados por Jose Gregorio Valencia. Ambos vestidos fueron confeccionados con raso blanco, encajes de hijo de oro y pedrería, con diseños alegóricos a la sagrada familia y a la natividad del niño Jesús. Los arreglos florales del trono de la Virgen y de la carroza fueron realizados por José Rodríguez, quien elaboró una decoración delicada con rosas y lirios blancos con toques de color lila, logrados gracias a la flor nacional, la orquídea.























 

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