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Kerala y sus saris de colores

por ADRIANA HERRERA  |  imagen: ADRIANA HERRERA | DOMINGO 27 DE MAYO DE 2018
Hacía calor, pero no se movió del sol mientras sostenía las fibras del coco. Usaba un sari rosa y lila, el típico vestido indio.  Me hizo señas para que me acercara y el cuerpo entero le sonrió, mientras medía sus manos con las mías. Sin dejar de mirarme, hizo un movimiento rápido con los dedos y de esos hilos marrones delgados fue apareciendo una pulsera que se aseguró quedara sujeta a mi muñeca. Le agradecí y nos seguimos con la mirada. Ella me invitó a pasar a su casa, justo en el momento que yo fotografiaba el gesto y al mismo tiempo que hija y nietas aparecían con timidez del otro lado del patio, para sonreír también. Luego, se sentó en el suelo, buscó más fibras y comenzó a tejer. Así me hice de un brazalete de coco improvisado en las orillas de Kumarakom, en Kerala, al sur de India, poco antes del atardecer. Había navegado cerca de dos horas por los Backwaters, que son canales del río en los que se hace vida, rodeados de palmeras.

¿Por qué el agua es caliente? Le pregunto a quien tengo sentada a mi lado, sin saber su nombre, mientras almorzamos con unos 38 grados bajo sombra. Viste un sari rosa intenso y le brilla la mirada. "Es nuestra costumbre, es más sano. Ayuda a la digestión y con el picante". No dejo de sudar. Frente a mí tengo una hoja de banana llena de colores: hay mango picante, alcachofas, arroz, camarones con curry, pescado, pan, bananas y varios ingredientes más. "Eat, ma'am, eat. It's our food. Please, eat". Y yo como todo, usando la mano derecha, sin cubiertos, porque ella misma me explica que la mano izquierda es considerada impura. Es un arte comer con las manos, se aprecian mejor los sabores, pero no lo hago con su misma rapidez y me sonríe pensando que ya no quiero más y se ofende, pero le digo que sí y vuelve a sonreír agradecida. El agua es caliente y no, no ayuda con el picante.

Es casi mediodía y es, por mucho, uno de los días más calurosos en Calicut, una de las ciudades de Kerala. La humedad roza el 80% y el sudor se pega en el cuerpo, sin remedio. Camino por Mittaayi Therivu, una de las calles peatonales más concurridas porque está llena de tiendas, alejados de los turistas. Así que todo es muy barato, mucho más barato de lo que ya es India. Busco una falda, o dos. Pero la cámara al cuello me delata. No soy de allí, aunque mis facciones son conversación constante con quienes saludo: "tu cara parece india, tu color también". Sonrío y agradezco el piropo, cada vez. Dos mujeres me miran y se tapan la cara. Les pregunto si les puedo tomar una foto y se ríen, pero la mirada es efectiva a la cámara. Es fija, curiosa, profunda. Hay timidez, pero hay mucha más curiosidad. Ellas mismas me hacen pasar, me miden el cuerpo, colocan diez, quince, veinte faldas sobre el mostrador y no me decido por ninguna. Quiero los colores de sus vestidos y ninguna combinación atina. Una de ellas me dice que me puede dar el que usa, pero lo tengo que lavar. Le digo que no y sonreímos, agradecidas.

En Munnar no hace calor. El clima de montaña es un alivio. Llegar hasta allí es sortear un camino de curvas lleno de neblina y reconforta. De repente, ese sendero se abre y se extienden las plantaciones de té. Un paisaje que veo por primera vez en mi vida. Hay té, mucho té, muchas hojas y mujeres de colores cortando sus hojitas y llenando sacos y más sacos. Menos mal no hace calor, aunque el sol a veces pesa en los hombres. Cada mujer, allí en medio de las hojas de té, recoge poco más de cien kilos diarios que se van directo a la fábrica. Por eso, reciben entre 8 y 10$ al día. Qué cansancio, pienso. Se les ve en la mirada, y sonríen. "¿Quieres saber cómo se cortan?", me pregunta. "Solo las de arriba. Cuando ya hemos cortado todas las de arriba, hay que irse a otro lado de la montaña para dejar que estas crezcan". Muchas de ellas han hecho ese trabajo toda su vida.

"Te quedaría bien un sari, tus facciones son indias", me dice y sonrío, otra vez. En Kochi, una de las ciudades más grandes de Kerala, me hago de un sari de colores, de todos los colores de mi viaje por India. No sé cómo usarlo y le pido que me enseñe a vestirme. Lo hace, me da vueltas, me ajusta en la cintura, se aleja, me mira, le sostengo la tela por un lado, ella la dobla por otro. Me viste y yo la miro como quien mira un ritual. No aprendo a vestirme sola, pero le digo que igual lo quiero, que ya veré cómo hago. Mi sari mide cerca de ocho metros y ella lo guarda en una bolsa, como si de una hoja de papel se tratara. El sari, me dice, tiene más de tres mil años de antigüedad y le complace que quiera usarlo. Namaskaran, nos decimos al despedirnos para no vernos más.

Un día antes de terminar mi viaje por India, en una noche calurosa de Kochi, uso el sari de colores. "Te entiendo, no es fácil, pero para mí es un placer vestirte", me dice mientras ajusta el sari rebelde a mi cintura. Me enseña tres maneras de ponerlo y no aprendo ninguna en ese instante, pero nos reímos. Le digo que me deje el estilo con el que pueda caminar mejor. Y eso hace. Ella usa un jean y una camisa blanca. Su sari verde y dorado reposa en la silla, porque tiene calor. ¿Lo usas siempre?, le pregunto. "Cada vez que puedo, pero me da calor. Es muy nuestro. Nos hace ver hermosas, nos hace contar nuestra historia sin necesidad de pronunciar palabra".

Nota:

El sur de India, tan diferente del norte con sus templos ostentosos, es un abrazo caluroso, una travesía inesperada. Kerala, que significa "tierra del coco" (Kera: coco, Ala: tierra) se convirtió en esa puerta de entrada amable para comenzar a recorrer este país. Es el estado más alfabetizado de India (cerca del 90%) y se diferencia del resto del país por sus paisajes naturales. A Kerala le llaman "la tierra de Dios". www.keralatourism.org

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