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El mar que lleva a Chuao

por ADRIANA HERRERA  |  imagen: ADRIANA HERRERA | DOMINGO 2 DE JULIO DE 2017
No hay camino por tierra. Para llegar a Chuao hay que tomar una lancha en Puerto Colombia -ese pueblo al que le decimos Choroní por pura costumbre- y danzar por ese mar oscuro y profundo por casi media hora. No hay camino por tierra, aunque Pedro, un pescador de por ahí, me contó cómo a veces hace la travesía por la montaña solo por el afán de explorar y eso le toma, junto a otros pescadores, unas ocho o nueve horas por un sendero que no es apto para turistas. Es difícil, dice, pero las vistas son inigualables y se sabe que es así por cómo lo cuenta.

Eso pasa con la costa central de Venezuela: que la montaña, con todo y sus ríos, se va uniendo con el mar y entonces, la palabra "exótico" comienza a tomar sentido. En el mapa del estado Aragua es imposible no señalar a Choroní, Cepe, Puerto Escondido, Chuao, Tuja; esas playas que van decorando las faldas de la montaña, que cambian del azul oscuro al verde, al azul claro, que se desbordan en corales y que tienen olas bravas, porque ese mar central tiene carácter y esas olas se vuelven estruendo.

Y no solo es la playa, el paisaje idílico, el escape. También son los pueblos, la gente que le da personalidad a la localidad entera. Es cierto, no hay camino por tierra para llegar a Chuao y ese momento de navegación hasta el pueblo que cuenta orgulloso que ahí se cultiva el mejor cacao del mundo, se hace viendo la montaña siempre a la derecha y dejándose llevar. Hay que sentir cómo las olas chocan con las piedras, cómo la lancha cae con golpes suaves, cómo el motor tartamudea. A veces, si hay suerte, se ven delfines y tortugas y entonces, todos voltean, el lanchero casi siempre se detiene y señala, busca, encuentra. Luego sigue.

Después de pasar Valle Seco, Puerto Escondido y Cepe, Chuao aparece a lo lejos con sus casas de colores. La playa es larga, las olas son grandes, las casitas y restaurantes de la orilla le hacen pensar a cualquier citadino que no hay mejor lugar para vivir que ese. Y quizá tenga razón porque al bajar de esa lancha y pisar Chuao, solo hay desconexión, naturaleza y un pueblo rebosante en cultura y colores.

Es posible que Chuao cause desconcierto, porque de buenas a primeras no se sabe si es mejor quedarse de una vez ahí en la playa, donde están las palmeras, las otras lanchas, el río llegando al mar, las cuevas, la pescadería, los locales variopintos, el sonido del tambor, o subir al pueblo y volver a bajar, para repetir esa rutina sin miramientos. Así que esperar el camión o el autobús para hacer ese camino, se vuelve un acto de contemplación, un sentarse a esperar mirando hacia allá.

Arriba, ya en el pueblo, todo cambia: huele a cacao, la gente abre las puertas de las casas, colocan sus sillas al frente y ven a otros pasar; huele a pescado frito, a tostones, a empanadas; se escucha alguna salsa, se baila en la plaza, se va a la iglesia que es al mismo tiempo fe y guardiana del patio de secado del cacao. Chuao es otra cosa y eso lo saben bien quienes han llegado a su orilla, después de sortear tanto mar.

¿Qué deben saber?
-La lancha a Chuao se toma en Puerto Colombia y allí tienen punto de venta y un cuadro con precios fijos.
-No hay señal de operadoras telefónicas en el pueblo.
-Sí hay opciones de hospedaje y también se puede acampar en la playa.
-En el pueblo, hay un mural que cuenta las tradiciones de Chuao. Revisen las fechas y vayan a alguna de esas celebraciones como los Diablos Danzantes, San Juan o la fiesta de los pescadores.
-Es buena idea andar descalzos por ahí.
-Y es un pecado no comprar helados de cacao y coco. Dan felicidad


Relacionado con: viajes, chuao, turismo en venezuela

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