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Educadoras para la convivencia y la ciudadanía

Trina Bajo y Luisa Pernalete trabajan desde hace cuarenta años para transformar escuelas, familias y comunidades formando ciudadanos militantes y practicantes de la convivencia y de la paz

por DIAJANIDA HERNÁNDEZ  |  imagen: FOTOS: CARLOS VARGAS | DOMINGO 7 DE MAYO DE 2017
Mujeres comprometidas, entregadas a su tarea, a una vocación que las llamó desde muy jóvenes. Son educadoras populares, que trabajan por la formación ciudadana, de convivencia y de paz. Viven al servicio de sus estudiantes, de los padres, de las comunidades y de sus colegas. Son Luisa Pernalete y Trina Bajo, miembros de Fe y Alegría, la familia que hicieron suya.

Pernalete es coordinadora del Área de Convivencia y Ciudadanía del Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín; Bajo es coordinadora de Pastoral Social Comunitaria en el Colegio Fe y Alegría María Inmaculada, del Barrio Unión de Petare. Ambas trabajan a diario desde hace cuatro décadas para transformar las escuelas, las familias y las comunidades a través de la educación, pero una que forma ciudadanos, que enseña a convivir, a apostar por la paz, a respetar y a cumplir deberes y derechos. La labor de estas luchadoras sociales ha sido reconocida con el Premio de Derechos Humanos que concede la Embajada de Canadá y el Centro para la Paz y los Derechos Humanos de la Universidad Central de Venezuela.

En la conversación, tanto Pernalete como Bajo, asoman un carácter que mezcla la dulzura con la firmeza, hablan en un tono moderado pero con absoluta pasión. Explican, citan, sacan anécdotas, dan ejemplos, recurren a estadísticas. Tienen ese aire de sabiduría, intuición y lucidez que da la experiencia y una sensibilidad innata que se cultivó en el tiempo.

Son mujeres dispuestas, aún después de tantos años de trabajo, a seguir emprendiendo y que han desarrollado la capacidad de adaptación y de cambio que pareciera ser necesaria para alguien que se dedique a la enseñanza. "Hay que ir innovando, inventando, creando para abordar los problemas escolares, familiares. Los educadores populares tienen que ser creativos si quieren transformar e incidir en sus comunidades", argumenta Bajo. Ambas señalan un mismo punto al momento de hablar de la difícil empresa de formar a niños y a jóvenes en el presente: ya no se puede educar ni entender la educación como antes, eso implica que hay que pensar de forma distinta la familia y la escuela.

El lugar de la imagen, las tecnologías o el acoso escolar (bullying), ya determinan la enseñanza de hoy. Pero a eso hay que agregarle las condiciones del caso de Venezuela. Somos el país sin conflicto bélico con más muertos anuales. Tenemos 120.000 embarazos adolescentes, la segunda tasa más alta de Latinoamérica. Una inflación de tres dígitos, escasez de alimentos y de medicinas. Incertidumbre y distintos tipos de violencia. Ni los padres ni los maestros fueron preparados para esto. "Nos encontramos sin herramientas para la violencia", dice Pernalete, "que la violencia se haya hecho cotidiana y recurrente no quiere decir que sea normal. Hay un manejo inadecuado de la emociones por parte de los padres y de los maestros. Hay que trabajar la educación emocional en la escuela y en la casa, y a eso se le sigue dando poca importancia. Hay que aprender a educar para la convivencia y la resolución de conflictos en paz".

En consecuencia, el paradigma de la enseñanza tiene distintos objetivos, Bajo lo explica: "entendemos la educación como algo más complejo que lleva implícito varios procesos, uno de ellos es enseñar-aprender, pero también está el proceso de construcción de convivencia y ciudadanía, y el proceso de emprendimiento y de productividad, pensar en los educadores como gestores de la educación en su propia aula, con un sentido de equidad y desarrollando sus competencias espirituales".

El modelo implica formar a la familia. Educadores, alumnos y padres deben aprender a escuchar, a no gritar, a disculparse, a elogiar y agradecer. Aprender a pensar antes de hablar. Desarrollar el pensamiento causal (todo tiene un porqué). Preguntar qué pasó en vez de qué hiciste. Desarrollar el pensamiento alternativo, que se refiere a que todos los problemas tienen más de una solución. "Eso tenemos que aprenderlo los papás y los maestros", señala Pernalete, "y eso se aprende, a cualquier edad". Esa educación emocional, que es un lado de la educación para la convivencia, implica comprender su naturaleza. "La felicidad no puede ser ausencia de problemas, así como la paz no es ausencia de conflictos. Yo puedo tener un conflicto, el tema es cómo lo resuelvo. La paz, la convivencia pacífica, es poder resolver los problemas por las vías pacíficas. Pero eso hay que aprenderlo, porque tenemos muchos elementos en el entorno que conspiran contra eso."

@diajanida 

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