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Hollywood al paso de los musicales

Para muchos, inclusive para algunos expertos, el género fílmico dedicado a las melodías y la danza habría muerto al no encontrar nuevos espectadores. Sin embargo, con las 14 nominaciones obtenidas por La La Land para los premios Oscar, cabe hacer una reflexión sobre cómo la categoría sigue poniendo al mundo a bailar, siempre llegando a obtener importantes galardones.

por VERÓNICA PÉREZ PEÑA  |  DOMINGO 16 DE ABRIL DE 2017
El sonido cambió al cine de manera radical. Cuando, en 1927, se estrenó El cantante de jazz, el mundo quedó extasiado ante la posibilidad de poder finalmente escuchar a los actores en escena, lo que abrió la puerta a nuevos géneros, colocando a la música en el centro de atención de una película.

Se quiera aceptarlo o no, todos los cinéfilos han disfrutado de, al menos, un musical hecho para la pantalla grande. ¿Cómo no sucumbir a la emoción cuando Mickey Mouse, en modo aprendiz de mago, hace bailar escobas al ritmo de Leopold Stokowski en el clásico de 1940, Fantasía? ¿Quién no reconoce la escena más emblemática del género musical en la que Gene Kelly canta y baila bajo la lluvia? ¿Cómo no admirar la sonoridad de Anne Hathaway o de Hugh Jackman en la versión más reciente de Los Miserables?

Desde The Broadway Melody (1929), primer musical ganador del Oscar, hasta hoy, con la consentida La La Land (2016), muchas películas dedicadas al canto y al baile se han colado en el gusto del público, consiguiendo mantener al género sutilmente vivo, muy a pesar de la resistencia manifiesta de quienes declaran, sin tapujos, que no gustan de las melodías en el cine, pues en la realidad, ninguna persona comenzaría a cantar en medio de la calle para denotar su euforia o su tristeza.

El básico DO, RE, MI
Un musical es un filme en el que las canciones son usualmente interpretadas por los personajes centrales. Estas melodías, generalmente, forman parte de la narrativa de la película. Debido a ello, los temas son centrales al contener en sí los mismos plots o puntos dramáticos que dirigen el curso de la historia.

Frecuentemente, los números musicales van acompañados por grandes puestas en escena, con una fuerte influencia teatral (no hay que olvidar que este tipo de cine nació en las tablas) por lo que en los clásicos de los musicales los intérpretes miran directo a cámara con el objetivo de involucrar a la audiencia.

Se estima que para 1930, después del éxito cosechado por The Broadway Melody, se llegaron a estrenar más de un centenar de películas musicales. Sin embargo, la saturación del mercado hizo que para el año siguiente solo se produjeran 14 cintas de esta clase, lo que cambió (hacia la baja) el volumen de producciones musicales en la pantalla grande.

Los dueños de los estudios evidenciaron durante los años treinta que la depresión económica generaba rechazo a estas grandes producciones por lo que disminuyeron en frecuencia y aumentaron en calidad. Fue la época en la que la pareja conformada por Fred Astaire y Ginger Rodgers alcanzó su plenitud con el baile y el canto en largometrajes como Top Hat (1935) y Shall We Dance (1937), entre varias cintas. Igualmente, artistas considerados como "serios" mostraron que podían participar en musicales y darles el toque actoral necesario, como ocurriera en Yankee Doodle Dandy (1942), musical merecedor del premio Oscar a Mejor Actor para James Cagney, quien destacara previamente por encarnar personajes muy dramáticos.

La historia de los musicales estaba a punto de cambiar con la llegada de varios personajes a Hollywood. El primero de ellos fue Busby Berkeley, quien logró nuevos movimientos de cámara que permitían al espectador "ingresar", por ejemplo, bajo las piernas de un grupo de bailarinas, o mirar especies de caleidoscopios que se generaban gracias a los movimientos de los actores. Todo esto causó fascinación. A este hombre se sumaron Arthur Freed y su unidad de trabajo, quienes comenzaron haciendo El mago de Oz (1939) y alcanzaron la cumbre con Meet me in St. Louis en 1944. El equipo de Freed buscó elevar la experiencia polifónica del público y obtuvo buenos resultados con la enorme orquestación de las canciones en sus películas.

Durante los cincuenta hubo un repunte en número de musicales. Algunos muy románticos y otros que apelaban a la comicidad. Durante esta década fueron rodados filmes que hasta hoy siguen siendo una marca en cuanto a la categoría: Un americano en París (1951), Cantando bajo la lluvia (1952) y Los caballeros las prefieren rubias (1953). Fue la era en la que una gran cantidad de estrellas como Judy Garland, Gene Kelly, Marylin Monroe o Mickey Rooney, alcanzaron el clímax de la fama.

Los sesenta, cuando el mundo vivía una revolución en todos los aspectos, los musicales de artistas (como The Beatles), las adaptaciones (como My Fair Lady, 1964, y Oliver!, 1968) y la comedia (Funny Girl, 1968) tuvieron gran éxito, tanto en la taquilla como en los galardones más importantes. Igualmente, los musicales protagonizados por Julie Andrews (Mary Poppins, 1964, y La novicia rebelde, 1965) deleitaron (y deleitan) a niños y adultos. Pero la película que despuntó en esta década (y que sigue siendo el musical más premiado) es West Side Story (1961), que recibió diez premios de la Academia. La cinta narra, al estilo de Romeo y Julieta, el enfrentamiento entre dos bandas de orígenes étnicos distintos, y un amor floreciente.

Un nuevo giro
Para los años setenta y ochenta el musical evolucionó con un solo nombre: Bob Fosse. El actor, director, bailarín y coreógrafo es considerado como el padre moderno del género. Gracias a sus conocimientos y su visión, logró darle un vuelco a los musicales haciéndolos más realistas y explorando las grandes posibilidades cinematográficas de las melodías. En su carrera sobresalen los musicales Cabaret (1972) y All That Jazz (1979). Ambas cintas cuentan con múltiples premios. Además, Fosse fue el creador de la pieza Chicago, que Rob Marshall llevara a la gran pantalla, en 2002, recibiendo también el Oscar.

"Desde un punto de vista teórico, el cine de Bob Fosse tiene tanto características del cine clásico como otras que lo inscriben en la escritura moderna", explica la investigadora argentina Ana Alva sobre el maestro del baile. Para los entendidos en el tema, el estilo de Fosse brindó nuevas alternativas. Él ejerció influencia en creadores teatrales como Andrew Lloyd Weber (El fantasma de la ópera, Cats) y Tim Rice (Jesucristo Superestrella). Igualmente, florecieron musicales fílmicos realmente rompedores como Willy Wonka y la fábrica de chocolate (1971), The Rocky Horror Picture Show (1975), The Blues Brothers (1980), Vaselina (1978), Footloose (1984), A Chorus Line (1985), Aladino (1992), El rey león (1994), Evita (1996) y Pesadilla antes de Navidad (1993), hasta los modernos Todo el mundo dice que te amo (1996) de Woody Allen o el celebrado filme Bailando en la oscuridad (2000).

Las décadas más recientes no han sido ajenas a los musicales nominados a las mejores cintas. Moulin Rouge (2001), Dreamgirls (2006), Encantada (2007), Sweeney Todd (2007), La princesa y el sapo (2009), Frozen (2013), Into The Woods (2014), Moana (2016) y Sing (2016) son algunos de los ejemplos que demuestran que un musical puede ser exitoso aunque aún pocos realizadores se comprometan con esta clase de largometrajes, que conllevan un muy arduo trabajo.

El fenómeno La La Land
El tercer largometraje de Damien Chazelle -nominado al premio de la Academia en 2014 por Whiplash- ha sido un éxito rotundo. La La Land es uno de los pocos musicales de reciente data (a excepción de los de Disney) que ha sido escrito exclusivamente para cine, en lugar de ser adaptado de alguna pieza de Broadway. Según expertos, esto habría ayudado a remozar el género, creando un musical con una problemática actual, inmerso en el contexto que viven los aspirantes a músicos y actores reconocidos con el toque justo de nostalgia de los años dorados de las colinas hollywoodenses. El resultado, aseguran, es que La La Land puede filtrarse al gusto de aquellos que se manifiestan contra los musicales. Con una sencilla historia de amor, pues, el director (de 32 años) se alzó con 14 nominaciones a los premios Oscar y ya cuenta con siete Globos de Oro.

Scott Tobias, crítico de la revista GQ (publicación dedicada a lectores masculinos) escribió sobre este filme: "El romance-comedia de La La Land es perfectamente aceptable. Los diálogos de Chazelle son efervescentes y hay gran ambiente entre (Ryan) Gosling y (Emma) Stone, cuya química podría curar una pandemia global. La La Land evoca el pasado; el único obstáculo que enfrentan Mia y Sebastian es contemporáneo: ambos tienen grandes sueños y podrían estar en el camino del otro. Sacrificar la felicidad en el altar de la ambición personal no es un tema común en los musicales clásicos de Hollywood, lo que le da a Chazelle la oportunidad de actualizar el género con un conflicto que muchas parejas con mentalidad de carrera entenderán".

Pese a todo esto que hace de La La Land una apuesta ganadora, los puristas de los musicales se han manifestado contra la película de Chazelle. Para algunos, las voces o los bailes de los protagonistas no se compararían con grandes como Fred Astaire y Ginger Rodgers. Otros argumentan que la historia es muy sencilla y poco "realista" para lo que los votantes de la Academia acostumbran a elegir. Por otro lado, un grupo importante apoya a Moonlight, filme que toca la dura vida de un hombre afroamericano y homosexual, que busca superar sus traumas.

Podría esperarse que la actriz Emma Stone y la canción principal de la película (City of Stars), además de las categorías de sonido y música sean para La La Land, gracias a que el hechizo de los musicales sobrevive a la vorágine del drama. Años atrás, el director David Lynch mencionó que gustaba de las "películas que le brindaban un espacio para soñar". Esto es lo que, quizá, ocurre con los musicales: sin importar que quien protagonice sea una princesa congelada, un grupo de rebeldes o un par de enamorados, existe un encanto en estas producciones, con una nostalgia inmune a la aniquilación.


Relacionado con: cine, Premios Oscar, musical

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