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  • MARÍA ISOLIETT IGLESIAS

24/06/2018 06:00 am

Un sofoco invadió su pecho. Lo apretó tan fuerte que, de una vez, el aire dejó de nutrir aquel voluminoso y sudoroso cuerpo. Un silbido agudo y angustioso se desprendió inmediatamente desde lo más profundo de su boca. Intentaba tomar aire y lo hacía con el mayor de los ímpetus, pero no había remedio… la bocanada era impenetrable.

Ese ahogo repentino desconcertó a Rodrigo y la desesperación aceleró el ahogo. Mientras soltaba el vaso de whisky en las rocas que aún sostenía, intentó ponerse de pie, pero su cuerpo, ahora tembloroso e indomable, cayó al piso. El golpe fue seco, 98 kilos de redondeces se desparramaban en aquel suelo de mármol frente a Maribel, su mujer de 34 años, de curvas prominentes y magras. Rodrigo era 20 años mayor y con una muy nutrida fortuna que ella no quería seguir compartiendo.

Ante aquella profusión de temblores y ahogos, Maribel se mantuvo tranquila. Sentada frente aquel amasijo de grasas que se iba distorsionando mientras perdía la vida.

Entre convulsiones, ahogos y desesperación, Rodrigo empezó a perder la imagen de Maribel. Sus ojos se llenaban de lágrimas. Era incontrolable. Él no quería llorar, pero tampoco podía dejar de hacerlo.

– ¿Qué me hiciste, desgraciada?

– Nada que no te merecieras, baboso.

Rodrigo quería seguir insultándola, pero no había fuerzas para luchar contra aquellos espasmos, temblores, ahogos y lágrimas… Rodrigo se apagó de a poco y Maribel disfrutó viéndolo morir.

Al cerciorarse de que todo estaba consumado, la mujer de rubia cabellera larga intentó eliminar todo vestigio del veneno que había usado para asesinar a su marido y comenzó a pedir auxilio.

Con la ayuda de algunos vecinos intentó llegar hasta una reconocida clínica, pero claro que ya no había nada qué hacer. Maribel lo tenía todo planeado, sabía que quienes harían la autopsia, certificarían una muerte natural.

Los hijos de Rodrigo llegaron pronto al funeral, todos estaban repartidos por el mundo y a ninguno le parecía que aquello fuera algo súbito. Todos sabían que Maribel algo había tenido que ver.

Después de la repartición de la fortuna, Maribel, escudándose en el dolor que le causaba su viudez, decidió viajar. Sus hijastros aprovecharon y también con contactos, pidieron una exhumación del cuerpo, pues ninguno estuvo de acuerdo en la cremación. Maribel, confiada, accedió a la petición de todos y no apuró ningún trámite para desaparecer la evidencia más importante de su homicidio, el cuerpo de su marido.

Cuando comenzaron de nuevo con la necropsia, el cuerpo, en un suspiro involuntario, soltó aquel hálito a almendra rancia y tostada. Los patólogos se miraron y todos asintieron: aquel hombre había sido envenenado con cianuro. La suposición fue luego certificada por todos los análisis que hicieron a cada parte del cuerpo de Rodrigo.

Con las evidencias en las manos, los hijos de Rodrigo contactaron a los mejores investigadores de la policía criminal venezolana y autorizaron un registro minucioso en el apartamento donde todo había ocurrido. Los expertos en criminalística analizaron cada centímetro de aquellos 220 metros cuadrados del penhouse. Desarmaron tuberías, tomaron muestras y analizaron… Y allí, en una minúscula evidencia detectaron restos de cianuro.

Ante aquella cantidad de pruebas en contra de Maribel, ninguno de los deudos de Rodrigo dudó en formalizar la denuncia. Como Maribel estaba de viaje, desplegaron una solicitud por Interpor y junto con las autoridades del país donde ella vacacionaba, lograron determinar la fecha de regreso.

Al pisar suelo venezolano, la mujer fue detenida en el aeropuerto. Hoy paga condena y es señalada de ser una de las tantas viudas negras venezolanas que nunca han logrado un crimen perfecto.    

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