Grandes historias de amor

Las vueltas del destino o el Virus del VIH no han sido impedimento para que dos parejas materializaran su romance. Héctor y Olga, junto a Edgar y Raiza, cuentan cómo una palabra de cuatro letras les da fuerza para superar cualquier obstáculo

por ORNELLA MÁRQUEZ  |  DOMINGO 10 DE FEBRERO DE 2013
La queja de muchos hombres y mujeres en  la actualidad es que ya no se ven y menos se viven los amores de antes: esa manera de amar que unió a los abuelos o hizo que papá y mamá decidieran llegar al altar.

Ahora las historias de amor parecen más relatos de traición, celos, dolor y desengaño. El dar el todo por el otro, sin esperar nada a cambio; el galanteo, el cortejo, los detalles y luchar contra cualquier obstáculo por la persona que produce ese particular brillo en su mirada, parecen reservadas a libros y a escenas de Hollywood.

Sin embargo, las historia del maestro del ciclismo Héctor Alvarado con su esposa Olga Purroy, y los luchadores contra el VIH Edgar Arias y Raiza Farnataro, le prueban hasta al más incrédulo que los grandes amores no solo se escriben para la gran pantalla, sino que también son parte de la realidad.

La catedral de don Héctor
Por ahí en el año 1942, el barquisimetano Héctor Alvarado era la joven promesa en ascenso del ciclismo venezolano. Mientras que Olga Purroy era una moza de 13 años aunque su estatura y cuerpo denotaban más edad aficionada al deporte del pedal que no se perdía ninguna competencia de esta disciplina en Caracas.

Su figura despertó el interés de otros ciclistas de la época como Julio César León o Jesús Delgado, pero fue el guaro el que se quedó con la caraqueña: "Había muchos deportistas bellos, como Julio César (Delgado) que era un catire precioso, pero Héctor fue quien me prendó, me gustó su forma de ser, sus atenciones", cuenta Olga, hoy de 84 años.

Así inició esta historia, él con 21 y ella de apenas 13 años. Sin embargo, el deporte que los unió los separó en 1944. Héctor era uno de los mejores ciclistas de Venezuela y viajaba por el país o al exterior a competir. Su centro en ese entonces era su carrera, el distanciamiento fue inminente y en 1945 se terminó el idilio.

En 1947, el hoy leyenda viviente del ciclismo nacional que da nombre al velódromo de Barquisimeto, viaja a los Juegos Bolivarianos en Perú. Allí conoce a la nadadora peruana Eva Espantoso, se enamoraron y se casaron un año después. Meses antes, Olga había contraído nupcias con un joven caraqueño, Juan de la Cruz Hernández.

Felices cada uno en su matrimonio, solo la amistad y el recuerdo del primer amor pasaban por sus mentes cuando se veían desde lejos en las carreras de ciclismo.

El 24 de enero de 1971, dos días antes de que Héctor cumpliera los 50 años, Eva estaba en Mérida en una convención de la empresa donde trabajaba y tomó un avión con destino a Caracas para reencontrarse con su esposo antes del aniversario. Nunca llegó, el avión se estrelló y Héctor quedó viudo con cinco hijos.

"Yo le fui a dar el pésame y recuerdo que habían muchas ‘capillas' a su alrededor que decían: ‘Héctor se quedó solo', ‘Héctor esto, Héctor aquello'. Lo cierto es que yo terminé siendo su ‘catedral'. Claro, yo no fui de cacería como las otras, fui porque sentía su dolor", dice Olga, quien años antes había quedado viuda con cuatro hijos al perder a su pareja en un accidente de tránsito. 

"Por eso es que está a mi lado. Es una mujer que se da su posición y muy trabajadora", dice don Héctor sobre Olga, su primer amor con quien se casó por el civil el 6 de noviembre de 1974 en Caracas.

"Él me dijo que para casarnos teníamos que venirnos a Barquisimeto a dirigir el velódromo que había sido inaugurado (en 1971) pero tenía tres años abandonado. Mi respuesta fue: ¡Vamos!", dice Olga, quien el 6 de noviembre de 1994 subió al altar con Héctor en la iglesia San Francisco en Barquisimeto para sellar su amor ante los ojos de Dios, tras este cumplir la promesa "de contraer nupcias eclesiásticas cuando cumpliéramos 20 años de casados".

¿Cuál es el secreto para mantenerse enamorados tras casi 40 años de matrimonio?
Héctor: "El respeto, la comprensión, la comunicación y la consideración. Hay que mezclar esas cuatro cosas, comunicarse y no acumular sentimientos".

Olga: "El respeto. No me quejo de Héctor, valoro mucho lo considerado que es. Y el trabajo que hacemos nos ha compenetrado aún más. Definitivamente, el ciclismo y sus pistas nos unió".

El amor como cura
Raiza Farnataro era la hija de los dueños del edificio donde vivía Edgar Arias junto a un amigo, y también la encargada de cobrarles la renta. En ese intercambio de palabras que hacían cada mes, Edgar quedó flechado y en un cumpleaños de Raiza le confesó su interés. Sin embargo, ella gustaba del compañero de apartamento de Edgar, noticia que en el momento provocó que él ahogara sus penas en el licor, aunque luego decidió insistir y conquistarla.

Tras meses de flores, peluches y demás obsequios, Raiza sucumbió al galanteo de Edgar; a los dos meses de noviazgo se comprometieron y a los seis se casaron. Todo parecía ir color rosa, hasta que apareció el primer obstáculo cuando decidieron dar el siguiente paso: tener un bebé.

"Padezco de amenorrea primaria, es decir, que tengo mis órganos de reproducción como una niña de ocho años y eso me impide quedar embarazada. Además, tengo mal funcionamiento de la silla turca y eso me causa problemas hormonales", explica Raiza, quien le da la opción del divorcio a su esposo cuando se entera de su imposibilidad de tener hijos.

Edgar no lo aceptó e hizo las averiguaciones para adoptar. A los dos meses llegó a sus vidas un bebé de menos de un mes a quien adoptaron como su hijo con el nombre de Edgar Alexander. Todo pareció tomar su cauce, hasta 2003: "Me enfermé, comencé a vomitar, a tener fiebre, se me cayó el cabello, las uñas de las manos y pies, me dio candidiasis, una bacteria pulmonar, Hepatitis A y B. Llegué a rebajar 30 kilos en un mes", cuenta Raiza.

Sus hermanas la llevaron al médico. Cáncer en etapa terminal y tuberculosis fueron algunas de las sospechas, hasta que su hijo Edgar Alexander, quien ya tenía 16 años, pidió que le hicieran el examen de VIH, tras leer en Internet que los síntomas del virus coincidían con los que tenía su madre. El resultado fue positivo y su familia comenzó a señalar a Edgar como el culpable. Entonces Raiza fue alejada de su esposo.

"Me enteré porque una cuñada me dijo: ‘Raiza tiene Sida, ella se va a morir y tú también'. Lo único en lo que pensé fue en nuestro hijo, que se quedaría solo. Estaba confundido y me sentía culpable. De joven llevé una vida desordenada y promiscua, pero desde que estaba con ella había dejado eso atrás", cuenta él.

Estaba equivocado. Tras enterarse, se hizo el examen de VIH; también fue positivo, pero su carga viral demostró que el virus apenas estaba iniciando en su organismo, mientras que en el de ella tenía más tiempo.

"Aparentemente soy la portadora y fui quien lo contagié. La mayoría de las personas se infectan a través de relaciones sexuales, pero mi única pareja había sido él. Sin embargo fui una persona muy enferma por la amenorrea primaria y también me hicieron muchos exámenes y transfusiones", dice Raiza con la sospecha de que allí estaría la causa de todo.

Tras un año en recuperación, Raiza decide intentarlo de nuevo con su esposo y luchar ambos contra el virus y su familia. Aún no saben quién infectó a quién y cómo uno de ellos se contagió. Y es eso lo que menos importa. Para ellos el VIH ha sido una bendición, una condición que los obligó a ver la vida en positivo, que los ha convertido en guías de personas en la misma situación, pero sobre todo que ha fortalecido su amor.

¿Cómo les cambió el VIH?
Raiza: "Hay más amor, unión y compatibilidad. Un constante feedback de ‘mi amor, te quiero, te amo, no puedo estar sin ti'. Nosotros nos acordamos de que tenemos VIH cuando nos toca tomarnos el medicamento. De resto, tenemos una vida tranquila y sana, ayudando a otras personas. Esta enfermedad es 50% el medicamento y 50% el estado anímico".

Edgar: "Esto no es fácil, pero nos enseñó a ponernos en el zapato del otro. No preguntamos por qué, sino para qué. Y el para qué es representar y ayudar a parejas heterosexuales que tienen VIH. Por eso tenemos la organización Conciencia por la Vida y la oficina está en nuestra casa. Allí atendemos a todo aquel que necesite nuestra ayuda".

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