La cosecha multicolor

Los Zaragozas

Ritos indígenas, fe católica, manifestaciones folclóricas... todo tiene cabida en la fiesta sanareña celebrada cada 28 de diciembre, cuando propios y visitantes sucumben ante la "locura hermosa" de los Zaragozas

por MARLON GÓMEZ  |  DOMINGO 23 DE DICIEMBRE DE 2012
Aunque Sebastián tiene dos años responde con mucha seguridad que Los Zaragozas se celebran el 28 de diciembre. De hecho ya hizo tres máscaras que muestra a todo aquel que visite su casa. Si alguien enciende la radio, le pide a su mamá el chaparro para bailar, porque cree que esa vara de colores se utiliza con cualquier género musical.

Al igual que él, los niños de Sanare, el poblado también conocido como El Jardín de Lara, crecen con la influencia de una tradición que, aunque se desconoce su origen, ha existido por siglos. Y cómo no sucumbir ante la alegría de esta manifestación folclórica, si cada 28 de diciembre los lugareños se despiertan más temprano de lo habitual. Ese día, cerca de las 4 de la madrugada, una muchedumbre disfrazada, integrada en su mayoría por hombres (solo participan tres mujeres), van hasta la casa de Bernabé Alvarado, quien funge como capitán mayor desde hace poco más de 50 años. Allí los Zaragozas, como le llaman a estos disfrazados, cantan la Salve, rezan el Rosario y algunos versos. Al terminar salen guiados por el capitán menor, Severino Alvarado, quien porta un cuadro de los Santos Inocentes que recrea la matanza del Rey Herodes. Camino a la iglesia Santa Ana, donde se congregan para escuchar la misa de las 8 de la mañana, despiertan a los vecinos a punta de música, voces y con cascabeles que forman parte de sus coloridos atuendos.  "Es un día de dicha para el pueblo", dice el cultor Juan Ramón Escalona.

Las identidades escondidas detrás de las casi 800 máscaras, el bullicio, los turistas, el baile... Todo eso transmite la emoción que hace que niños como Sebastián queden atrapados por una tradición que no se debilita con el tiempo.

Este pequeño tiene una ventaja, es nieto de Celestino Brito, quien hace 43 años comenzó la tarea de formar grupos de niños Zaragoza. Su hija Miriam es quien mantiene esa labor y cada año lleva hasta la plazoleta, situada frente a la iglesia, a unos 150 chiquillos.

"El empeño en sembrar en los niños el amor por nuestra cultura es para que sean ellos quienes garanticen que se mantengan, y que se mantengan con su esencia. Si se forman bien no permitirán que nadie distorsione la tradición. En todo este tiempo la mayoría se ha unido a los grupos de adultos cuando cumplen 14 años", afirma Miriam, quien constantemente dicta talleres de elaboración de máscaras en las escuelas y comunidades.

Si bien su trabajo es conocido, Juan Ramón Escalona cree que "hay en el hogar de cada Zaragoza una escuela informal", porque de generación en generación se va cosechando el apego al grito "¡Ay, Zaragoza!".

Agradecimientos:
Juan Ramón y Juan José Escalona, investigadores populares.
Rosario Arévalo, cultora.
Honorio Dam, investigador.
Miriam Brito, cultora.

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