Tras las huellas del Gabo

Los rastros, reales y mágicos, del Premio Nobel de Literatura 1982 permanecen vigentes en las letras y en la geografía de la costa Caribe colombiana. Descubrirlos es un encuentro con la influencia de un hombre que sí tiene quien le escriba

por MARLON GÓMEZ  |  imagen: MARLON GÓMEZ | DOMINGO 9 DE DICIEMBRE DE 2012
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo... El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo". Así inicia la más emblemática de las obras de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad (1967), y parece la cita más apropiada para narrar un paseo por la costa Caribe de Colombia.

Además de maravillar con la magia de los ritos Wayúu, encantar la mirada con los coloridos carnavales de Barranquilla y deslumbrar con el paraíso que se encierra dentro y fuera de la Ciudad Amurallada de Cartagena, este recorrido ofrece un valor agregado: aunque vive en México, la respiración del célebre escritor nacido en Aracataca (Magdalena) se siente en distintos rincones de las ciudades costeñas.

Son los pasajes de sus novelas los que van hilando la emoción de tocar, ver y oír sus rastros. Precisamente las memorias de Aureliano Buendía llevan a un lugar donde el hielo se esconde en un cajón para sorprender a sus visitantes: La Cueva.

"Lo que produce guayabo no es el trago, sino con quien se beba", es una de las frases de "El Gabo" grabada en el lugar. El antiguo bar de Barranquilla, que fue refugio de cazadores e intelectuales, es un restaurante que ofrece exquisitos platos, producto del sincretismo entre la gastronomía propia y las recetas internacionales.

Su mayor atractivo es el valor histórico, hoy convertido en galería con fotografías y objetos que datan de mediados del siglo XX. Eduardo Vila, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Alejandro Obregón y el mismo Gabriel García Márquez, fueron algunos de sus visitantes más frecuentes.

Desde el bloque de hielo que invita a pedir un deseo, hasta la huella de elefante en la entrada, revelan la influencia de este grupo de contertulios para la historia literaria, artística, política y en general bohemia del país.

Huellas citadinas
Gabriel García Marquez se mudó a Barranquilla en 1950, cuando desistió de la idea de convertirse en abogado. Allí consiguió trabajo como columnista y reportero en el periódico El Heraldo.

No es de extrañar que el Museo del Caribe, ubicado en esa ciudad, le dedique un área. La Sala García Márquez recrea su oficina editorial. Libros, máquinas de escribir, fotografías, recortes de periódicos y frases de sus novelas forman parte de la atracción.

También se puede visitar la iglesia del Perpetuo Socorro, donde el Nobel y su esposa, Mercedes Barcha, recibieron la bendición a su amor el 21 de marzo de 1958. Ella, su novia de siempre, es también conocida como su musa.

Leyendas costeñas
"La Riohacha idílica que llevaba desde niño en el corazón, con sus calles de salitre que bajaban hacia un mar de lodo, no eran más que ensueños prestados por mis abuelos", Vivir para contarla (2002).

Riohacha es la capital del departamento colombiano de La Guajira, donde biógrafos aseguran que El Gabo inició varios episodios de su literatura, como haber conocido a la candida Eréndira (La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela, 1978).

Pero el realismo mágico trasciende el papel cuando se visita esta ciudad. La vida del escritor no escapa a las leyendas urbanas, que tienen su génesis en la historia de sus padres. Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez se enamoraron profundamente, pero el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía (abuelo materno), se empeñó en contrariar ese amor. Envió a Luisa lejos del telegrafista, hasta Riohacha, a donde su amado la persiguió.

Una casa amarilla abandonada muy cerca del bulevar La Marina es la protagonista de una de las leyendas del pueblo. Se dice que aquí se residenciaron sus padres cuando al fin vencieron los obstáculos para hacer valer su amor, el mismo amor que años más tarde inspiraría El amor en los tiempos de cólera (1985).

La gloria y el ocaso
"Tenemos la independencia, General, ahora díganos qué hacemos con ella". El General en su Laberinto (1989).

Cuando un venezolano llega a la Quinta de San Pedro Alejandrino, construida en Santa Marta, se percibe una conexión sobrenatural. La sensación de respeto y solemnidad que inspira el lugar donde falleció Simón Bolívar el 17 de diciembre de 1830 es una invitación a valorar, difundir y amar nuestros orígenes. 
La hacienda museo conserva algunos de sus objetos y destaca momentos de la vida de El Libertador que sirvieron al Gabo para describir el entorno de su novela, una obra que tras dos años de investigación no presenta un relato histórico exacto, sino un hermoso relato lleno de interpretación e incluso ficción donde el laureado autor, quizás por respeto, nunca llama a Bolívar por su nombre, sino siempre "El General".

Son muchas las leyendas que envuelven a Santa Marta, pues es la ciudad que acogió a El Libertador en su ocaso; una de ellas es que en el interior de la Catedral aún se esconde un cofre con su corazón. En ese recinto también de dieron el "Sí" Gabriel Eligio y Luisa Santiago: "Se casaron el 11 de junio de 1926 en la Catedral de Santa Marta, con 40 minutos de retraso, porque la novia se olvidó de la fecha y tuvieron que despertarla pasadas las ocho de la mañana", recuerda el autor en Vivir para contarla.

Murallas románticas
La Ciudad Amurallada de Cartagena no solo forma parte de los desenfocados escenarios que describe Gabriel García Márquez en El amor en los tiempos del cólera (1985), y en episodios de El otoño del patriarca (1975); es también la ciudad a la que se trasladó en 1948 y donde tuvo su primer trabajo como periodista en el diario El Universal. "Para mí, el rincón más nostálgico de Cartagena de Indias es el Muelle de la Bahía de las Ánimas (hoy Muelle de los Pegasos), donde estuvo hasta hace poco el fragoroso mercado central. Durante el día, aquella era una fiesta de gritos y colores, una parranda multitudinaria como recuerdo pocas en el ámbito del Caribe. De noche era el mejor comedero de borrachos y periodistas".

Dentro de la Ciudad Amurallada también está el Hotel Santa Clara, el mismo que alguna vez fue un convento. De acuerdo a su novela Del amor y otros demonios (1994), fue ahí donde internaron a la joven Sierva María de Todos los Ángeles cuando su enfermedad se le atribuía a un espíritu maligno.

Un recorrido en carreta permite ver estos lugares, pero sorprende el anuncio del conductor al indicar que ahí, en una de las tantas esquinas, está la casa de García Márquez, un hogar que visita de tanto en tanto, cuando decide volver a su país natal.

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