La colina de los milagros

Desde su instauración hace 26 años, este monumento al Doctor José Gregorio Hernández se ha vuelto icono de la capital larense.

por WINA ARAMBULÉ  |  imagen: JULIO COLMENÁREZ | DOMINGO 21 DE OCTUBRE DE 2012
Alberto Jiménez Agüero y su esposa Magaly Mariño nunca están solos. Al patio de su casa llegan devotos del doctor José Gregorio Hernández para pagar promesas, agradecer favores concedidos o clamar por su interseción divina.

El primer milagro ocurrido en este altozano, según Alberto, fue la curación de una niña con leucemia. Sus padres, Jeannette Castellanos y Carlos Acosta, donaron una placa que se une a las más de 400 que tapizan la cerca de su casa. Las demás, que suman centenas, están guardadas.

Él y su familia han atestiguado historias tan increíbles que la ciencia no ha descifrado: "Siempre venía una pareja a llorar. Los escuchábamos desde el cuarto. Un día mi esposa decidió acercarse y ofrecerles café. Así supimos que una de sus gemelitas tenía leucemia. Una noche me reuní con el papá y, frente al Doctor, nos arrodillamos y oramos. Al día siguiente la niña, que estaba hospitalizada e inconsciente, despertó pidiendo comida y contando que un señor vestido de blanco la visitó en la madrugada, puso su sombrero en la cama, le dijo unas palabras y desapareció con una luz. Tres meses después regresaron con sus dos hermosas catiritas... caminaron arrodillados desde la entrada hasta el santuario. Las niñas iban al lado de la mano. Siempre nos visitan en Navidad".

Pero, ¿cuál es la historia de Alberto con el Siervo de Dios? Él, que no sabía ni hacer un muñeco de plastilina, dicho en sus propias palabras, le prometió que si curaba a su hijo le construiría el monumento más grande de Venezuela. ¿El motivo? Alberto José, su primogénito, estaba en estado vegetal desde los dos años: "Los doctores dijeron que no llegaría a la pubertad. Solo movía los ojos. Debíamos abrirle la boca para alimentarlo".

Para Alberto cualquier excusa era buena para embriagarse y no llegar a casa: "No tenía valor para verlo postrado en esa cama". En una de esas salidas alguien le dijo que a las afueras de Carora vivía una viejita que trabajaba en nombre de José Gregorio Hernández: "Prendió una vela, preguntó mi nombre y fecha de nacimiento, luego me dijo: 'Lo que está pidiendo es grande... aunque a él le sale milagro, no pasará nada si no deja el aguardiente y esa vida desordenada'". La misteriosa anciana le recomendó que le ofreciera algo grande a cambio y que todas las noches le encendiera una vela y rezara el Padre Nuestro y el Ave María.
"¿Cómo sabía esa señora que iba a pedirle por mi hijo?", se pregunta todavía Alberto, quien saliendo de allí se fue a comprar velas y fósforos.

Una noche, tras la amarga espera de nueve años, Alberto se hincó e imploró: "Estoy cansado de esperar tu milagro, ¿será que Dios no te da permiso?, ¿será que no lo merezco?, ¿será que no conoce mi sufrimiento..? Acepto su voluntad, pero concédeme ese milagro".

A la mañana siguiente, su compadre y compañero de trabajo en el antiguo INOS, Alfredo Ocanto, le avisó que Alberto estaba caminando: "Rompí el vidrio del escritorio con un puñetazo. Le grité que no me ofendiera... creí que mentía. Temblaba tanto que tuvieron que llevarme a casa. Llegué y entre el gentío estaba mi muchacho de pie... Cuando me vio corrió hacia mí diciéndome: '¡Papá... papá!'".

Esa tarde fueron a una misa en Isnotú, Trujillo, la ciudad natal de El Venerable. La felicidad se hizo trizas al día siguiente cuando Alberto llegó a casa y descubrió que su, en aquel entonces esposa, los había abandonado. Dos semanas después lo despidieron, pero fue reenganchado gracias a una llamada hecha por el reconocido médico José María Pérez Coronel, amigo de Emisael, su padre: "Delante de nosotros llamó a su amigo, el presidente Rafael Caldera, y le contó mi caso. En 24 horas me emplearon en la alcaldía. Allí papá trabajó por 39 años y yo por 10".

En ese tiempo conoció a Magaly. Tienen 41 años casados y seis hijos, tres son de su primer matrimonio.

Concibiendo al Siervo de Dios
Primero hizo el pedestal de dos metros y luego montó las cabillas de cinco octavos. Los moldes los hizo y los guardó. La estructura permaneció así por dos años, hasta que Alberto José sufrió una recaída: "No abre ni los ojos, lo llevamos a la cama y es como cargar una tabla", le expresó la abuela por teléfono.

"Me acordé de Juana Golfinta Ojeda de Cárdenas que siempre me decía: 'Levante esos moldes que José Gregorio se la va a cobrar'. Estaba desesperado... le pedí ayuda a mis compadres y juntos montamos un chasis de autobús en la plataforma para caminar alrededor. Eran más de las seis de la tarde cuando terminamos vaciando el cemento".

A medida que esto ocurría, el monumento de 3,40 metros de altura, hecho a escala con las medidas de un hombre promedio, se abrió desde el abdomen hasta la cadera. Luego pasó lo inesperado: "Alberto José llegó como si nada y me pidió la bendición. No recordaba su recaída, no sintió nada. No había dudas de que José Gregorio estaba cobrándome".

Un ingeniero, de apellido Rivero, lo orientó con la forma: "Me prestó un libro comunista ruso, prohibido durante el gobierno de Rómulo Betancourt, con recomendaciones de los mejores escultores de ese país. Me gustó tanto que le saqué copia. Me repetía: '¡Métele cincel para realzar los rasgos, sácale yeso, tú lo ves bonito aquí pero desde lejos se ve feo!'".

Tras 12 años de construcción, este emblemático monumento fue inaugurado en 1986 con la bendición del Padre João, de la parroquia Nuestra Señora de Lourdes: "En hebreo y latín bendijo desde las habitaciones de nuestra casa hasta la autopista".

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