Androides en la ciudad

Los robots de la calle divierten las noches de los marabinos y aprovechan la luz roja del semáforo para encender sus cuerpos con particulares movimientos

por MARÍA DE LOS SANTOS GALBÁN  |  imagen: NORGE BOSCÁN | DOMINGO 14 DE OCTUBRE DE 2012
El primer robot que divirtió a los marabinos era de cartón. El traje no brillaba   mucho y las baterías que alimentaban las escasas luces que usaba eran doble A. Debutó en la plazoleta de la Basílica con una cajita que tenía escrito: "El robot cibernético prende con tu apoyo". Alexander Acuña es su nombre. Llegó a Venezuela hace cuatro años procedente de Colombia con el propósito de mejorar su situación económica. No sabía que hacer hasta que se fijó que frente a Basílica Nuestra Señora de Chiquinquirá se colocaba una estatua viviente que representaba a un esclavo.

"Yo vendía chicha por esos lados y siempre veía a la estatua. La gente se le acercaba y le colaboraba. Él fue mi inspiración".  Su primera presentación fue un Día de las Madres. Eran las 8:00 de la noche y en la plaza no había gente. Esperó que la misa culminara y fue entonces cuando el público se abalanzó sobre él. "Menos mal porque yo no tenía pasajes para devolverme a la casa". A las tres de la tarde del día siguiente Acuña estaba nuevamente apostado en la plaza vestido de robot. "Imitaba a la estatua". La colecta fue buena, pero se vio obligado a recorrer otras calles de la ciudad. Pasó por los caballitos Mickey Mouse ubicados en la avenida El Milagro, aprovechó la llegada del circo Thiany para dejarse ver en Grano de Oro, "eso atrajo gente al circo porque pensaban que yo era parte del espectáculo", hasta que finalmente descubrió que la Plaza de la República y sus alrededores serían su puesto fijo para trabajar. Duró un año defendiéndose solo.

"Entretener es agotador" afirma, porque se necesita resistencia para movilizarse con el traje y  el calor que hace en Maracaibo. Un vecino se percató de la labor de Alexander y le manifestó el deseo de ser su compañero de trabajo. Ya eran dos robots que despertaban la curiosidad de los que circulaban por la plazoleta. "Me di cuenta que ya no me vestía por resolverme el pasaje o el pan del día, me estaba resultando un buen negocio".  No se equivocó. Alexander reconoce que trabajando como robots en la calle pudo traerse a su familia de Colombia. "Me dio mi casa, la educación de mis hijos y estar viviendo cómodamente, sin lujos pero mucho mejor que cuando recién llegué".

La fama
Con la familia en Venezuela, fue mayor el apoyo para Alexander y su trabajo como robot. El hermano, el primo, dos amigos y su pequeño hijo se unieron a vivir la experiencia de salir trajeados a las calles para arrancar sonrisas, asombros y sustos a los conductores. Alexander ya no necesitaba vestirse de robot. Entendió que su función debía ser otra, el mánager de cuatro androides que estaban abarrotados de contratos para animar festejos.

Se convertían en la "moda" y la demanda de eventos les exigía una innovación en los trajes. La evolución sucedió. Pasaron de cartón a metal y finalmente a acero inoxidable.  La coraza actual está compuesta por dos espaldares de sillas de oficina, los cascos son de motocicleta traídos de Colombia y las luces led -que son lo más llamativo- funcionan con  una batería de 12 voltios. Su creador detalla que el atuendo completo pesa 17 kilos y cuenta con ventilación en casco y piernas. Tarda un mes en construir la indumentaria y tiene en mente el diseño de un vestuario más avanzado que incluye sonidos y más luces. "Si pasé de una batería doble A a una de seis voltios y ahora de 12, no descarto seguir soñando en mis inventos". Alexander saca los muñecos mecánicos de su mente. No imita a nadie. Desde pequeño le gustó inventar con desechos reciclables.

"Cerca de mi casa en Colombia había un basurero y yo revisaba los materiales que podían servirme para hacer funcionar motorcitos, darle forma a carritos y hacer ciudades de hierro". "Te presento mi trabajo", declara Acuña mientras camina rápidamente con un saco negro acuestas, previo a la presentación de  los robots, buscando un camerino improvisado. Lo persiguen cuatro chicos jóvenes dispuestos a cambiarse debajo de una mata o en el estacionamiento de atrás de una farmacia para transformar su imagen; salen vestidos a convertir  el asfalto en pistas de baile para su show, mientras él espera sentado en la acera o alguna banca a que terminen su espectáculo.

mgalban@laverdad.com

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