Entretenimiento

Entretenimiento29 ABR 2012


Cuando Lía desembarcó en Maracaibo

Carmen Rosalía González Agreda se hizo escultora en una ciudad donde solo iba a fungir de esposa. Este es un retrato sobre la llegada, a los 17 años, de la hija del Zulia

por NÉSTOR LUIS LLABANERO | DOMINGO 29 DE ABRIL DE 2012


"Creo que la mejor entrada a Maracaibo es por el Lago", echa a andar sus recuerdos Lía Bermúdez quien, a casi 82 años, luce pantalones y no faldas como en su pasado juvenil. "Llegar por agua es un regalo para los ojos. De la otra costa hasta acá, el paisaje se torna bellísimo. Uno va entrando por un estrecho marítimo y va apareciendo un perfil, un mar de agua dulce, una inmensidad que va haciéndose de colores y dibujando la nariz y el rostro de la geografía. Yo venía de recorrer Venezuela con mi esposo y, cuando llegamos, le dije que esta ciudad era diferente. No era colonial, como casi todas en el país, sino de estilo holandés, de muchos tonos como sigue siendo hoy".

Ciertamente, Maracaibo era una lejanía venezolana, cuando ella, nacida el 5 de agosto de 1930, bajó del ferry en 1947, terminando la adolescencia. Una ciudad parecida a un aislamiento geográfico y no a la capital del estado económicamente más activo del país. Los vecinos preferidos -tal vez, los únicos- eran los andinos. A Maracaibo no se acostumbraba entrar por las carreteras de granzón de Lara. Tampoco a través de los vuelos, casi siempre nocturnos, del una vez aeropuerto Grano de Oro.

En una tierra dividida en dos costas por un lago —y sin puente— había que llegar como lo hacían los alemanes de la época, por medio del puerto. En efecto, por ahí ingresaba todo aquello que aparentaba desarrollo, gente deslumbrada ante la riqueza de la industria petrolera. Siendo un símbolo de progreso, algo debía traer aquella caraqueñita de 17 años.

Lía estaba enamorada. Y el amor, dice, tiene la fuerza de arrancar a las personas de sus orígenes. Supone que ese mismo sentimiento lo experimentaban los hombres que, del otro lado del país, se arriesgaban a cruzar las curvas de Carora, dispuestos a formar familia. "No había más razones, a Maracaibo se venía por amor o por zuliano".

Así, bajo la primera opción, descendió, junto con su esposo, en el sector La Ciega, frente a lo que es ahora el Centro de Arte de Maracaibo que lleva su nombre. La pareja venía a trabajar. Rafael Bermúdez Uncein, petrolero, en la industria más boyante de Venezuela; Carmen Rosalía González Agreda, a ser su mujer, a perder su apellido de soltera, a ser la escultora, la profesora, la gestora cultural, la hija de Maracaibo nacida allá, en otra lejanía, en Caracas, a ser identificada con el diminutivo, a ser llamada Lía Bermúdez.

En nueva tierra, todo le resultaba distinto. Gente que en vez de tutearse se voseaba; mujeres, vestidas de mantas guajiras, que caminaban detrás de sus maridos y no al lado de éstos; ciudadanos que aplacaban el calor tomando café caliente a las 12 de mediodía; comidas preparadas con una sazón recargada porque, escuchaba decir, el Zulia tiene un paladar exigente, y un suelo sin montaña que el poeta Rafael María Baralt llamó 'La tierra del sol amada'.

"Yo me vine y solo pretendía ser una esposa", asegura Lía, con ese verbo suavecito que no ha sucumbido a la efusividad de Maracaibo. "A los cinco días de estar acá, mi esposo me dijo que me había inscrito en la escuela de artes Julio Arraga. El director era Jesús Soto, quien años antes había egresado de la escuela de artes de Caracas, donde yo estudiaba".

¿Qué encontró en Maracaibo?
"Yo no buscaba nada, de modo que todo lo encontré hermoso. Nada fue difícil de asimilar. El voseo me pareció divino. Recuerdo haber preguntado por lo más popular y mencionaron la procesión de La Chinita. Mi mamá, que era muy católica, me había pedido que cuando llegara a Maracaibo no dejara de ir a Santa Lucía, una parroquia muy querida y activa culturalmente. Se lo había prometido si sanaba un ojo que yo tenía malo. Y así lo hice".

Fue el temperamento del zuliano, que describe de franco, abierto y directo, el que la enfrentó a un reto, el de aprender a identificarlo todo con otros nombres, incluyendo las frutas. Cuenta que, en una ocasión, pidió unos 'titiaros' a un vendedor y éste contestó con el ceño fruncido, como era costumbre zuliana hacerlo ante lo extraño: 'Vos no sóis de aquí, vos tenéis que ser caraqueña porque nosotros a los guineos pequeños los llamamos bocadillos'.

Entonces Lía Bermúdez ríe sin detenerse. Y en ese gesto aparece su primer rasgo de zulianidad. "Me resultaban muy ingeniosos. Aprendí que los zulianos son muy personales, les gusta identificar las cosas a su estilo y yo fui acostumbrándome".

No tanto como para decir que el clima caluroso le encanta, aunque lo soporta. "Después de todo, tampoco me gusta el frío", dice para contar que en los años 50, en su casa del sector Don Bosco, abría las ventanas y el ambiente se refrescaba. Podía hacerlo a pesar del asfalto que no llegaba a la urbanización, salvo por su calle, donde, habitada por un esposo petrolero, contaba con pavimento.

"Con frecuencia, íbamos al lago, a bañarnos en Cotorrera. Solo teníamos que atravesar una callecita llamada El Milagro. El lago no era transparente sino medio turbio, pero muy limpio. A mí me gustaba ir a la playa donde estaban unos chinos, entre éstos los familiares del pintor Paco Hung, quienes tenían un negocio".

De esta forma, Lía fue consolidando sus relaciones y comenzó a recibir visitas. "Tenía caballetes y ponía a la gente a pintar". Pero su sorpresa fue cuando acudió a Santa Rosa de Agua, un barrio de palafitos entrecruzados por caminos de madera y llenos de flores. "Era una belleza. Quedé enloquecida. Yo quería vivir en uno y me lo diseñé. Y mi esposo intentó complacerme como siempre. Pero nació José Rafael, el primero de mis dos hijos. El proyecto quedó en el aire". No así su camino como artista.

Se convirtió en la primera secretaria de Cultura del Zulia; empujó la creación del Centro de Bellas Artes, definido como el ateneo de la ciudad; consolidó el grupo teatral Thalía, en el garage de su casa; abrió su galería, Gaudí; cultivó la docencia en las escuelas de Comunicación Social y de Arquitectura de LUZ. Se hizo omnipresente, culturalmente. Fue llamada a convocar a artistas para hacer lo que se llamó Paseo Ciencias, una caminería de esculturas, hoy sustituida por el Boulevard de la Virgen.

Francisco Narváez, Jesús Soto, Víctor Valera y la propia Lía intervinieron el espacio. Su escultura fue ubicada donde se dice estaba la casita de María Cárdenas, la lavandera que descubrió el retablo de La Chinita. Años después de instaurada, la galería a cielo abierto fue demolida. "Las obras se perdieron. La mía la tumbaron en mis narices. Un momento muy doloroso".

Se sintió vulnerada como creadora. Ya lo había estado. Recuerda que para hacer del antiguo mercado municipal el centro de arte, la ciudad hizo un manifiesto y peregrinó desde la Basílica hasta la Plaza Baralt. Con tanto apoyo, Lía sintió, de nuevo, que su corazón era maracucho. Aquella concentración se convirtió en una fiesta pública y comenzó un repique de tambores. Entonces, el hoy desaparecido Juan de Dios Martínez, director del grupo Ajé, la invitó al ruedo. Lía vuelve a reír. "Me dijo: 'Vamos a expulsar el diablo de aquí y a sacar toda la pava'. Y Juan de Dios me gritaba 'Dale duro, dale duro, pisálo por la cabeza'. Y terminó el mal". Nació así, en 1993, el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez.

El Lía Bermúdez, como se le llama, es el ente cultural más activo en Zulia. Supera las 800 actividades al año y el número de usuarios sobrepasa las 430 mil personas. Y ahora, la concreción de los museos Barro de América, con más de 100 piezas, y el Ecológico y Turístico del Lago, para la educación y preservación de ese cuerpo lacustre, mueve sus anhelos en marcha.

¿De qué manera se siente maracucha?
"En el ser y en el quehacer. Me encanta la fe de los zulianos, San Benito, la virgen. Cuando murió mi hijo Bernardo (en 2009) interpretaron gaitas en su velorio. Para mí son canciones extraordinarias -Lía se conmueve-. Yo no te puedo decir lo que siento. En diciembre pasado, en el matrimonio de mi nieta en Aruba, fui sorprendida con algo que no olvidaré nunca, en medio de la fiesta comenzó a sonar en vivo La Grey Zuliana. Imagínate aquello".

Esa coexistencia con la ciudad ha hecho que los zulianos se molesten cuando dicen que Lía es caraqueña. Se lo reclaman en su cara: 'Vos no sóis caraqueña, vos sóis zuliana y de aquí no te váis más nunca". Una franqueza que ella valora: "No quiero salir de acá, ni quiero hacer ningún viaje, porque pierdo el tiempo que quiero dedicarle a mi estado Zulia. Yo estoy completamente arraigada aquí y felicísima. Lo que le agradezco a mi esposo es que me haya traído a Maracaibo, donde nacieron mis hijos amados".

http://www.estampas.com/entretenimiento/120429/cuando-lia-desembarco-en-maracaibo