Después de un mediodía lluvioso en Caracas, la tarde cae radiante al llegar a La Guaira, con un sol "perfecto para las fotos", como comenta Daniel Alonso, autor de esta galería, concebida en algunos de los lugares que guardó la memoria de Norelys Rodríguez durante sus años de infancia y adolescencia. Juan Gregorio, su hermano, Ana Luis, una de sus mejores amigas y el señor Gregorio Rodríguez -padre de la criatura- la ayudan a evocar los recuerdos más bonitos de lo que fue su vida en estas tierras de gracia.
El punto de partida es el barrio La Lucha, donde don Goyo espera en una esquina vestido de bermudas y portando un simpático sombrerito a lo marinero. Fue allí donde, años atrás, él y su socio regentaban el abasto Mare Campos, donde la entonces pequeña Norelys se montaba sobre dos latas de malta vacías para asistir a la familia en eso de atender el negocio. De allí, el viaje es hacia el muelle de la playa Pez Espada, un paisaje rural poblado por gente risueña. "Ya me estoy transportando con el aroma del salitre", dice la conductora de Wild On mientras emprende este viaje al pasado.
pasado.
Memorias de El Rincón
"Yo soñaba con ser aeromoza de Viasa", prosigue Norelys. "Para mí era un paseo maravilloso ir con mis padres al aeropuerto de Maiquetía a recibir a algún amigo de la casa, o a buscar alguna carta, porque en ese entonces no existían los e-mails. Le decía a mi papá: 'papi yo quiero viajar por todo el mundo'. Y me imaginaba haciéndolo, con lo cual no me quedan dudas sobre el poder de la visualización porque eso es lo que hago ahora gracias a mi trabajo en Wild On".
La casa de los Rodríguez está aún en el barrio El Rincón. Era allí donde la señora María Zaida de Rodríguez recibía a los invitados de turno con un buen plato de pescado acompañado de unos suculentos tostones. Ambos hermanos aseguran que, en la mesa, sus padres siempre les enseñaron una combinación de las tradiciones gastronómicas de La Palma, la tierra de donde provinieron, con las venezolanas. "Un día comíamos Pabellón Criollo y al día siguiente un plato de papas arrugadas, por ejemplo", dice Norelys.
En 1999, en medio de la tragedia de Vargas, este hogar se convirtió en una suerte de refugio para los afectados por el deslave del 1999. "Era lo menos que podía hacer por este pueblo que me ha tratado tan bien desde que llegué de España", cuenta don Goyo. "Cuando comencé a vivir en El Rincón, hace ya 52 años, me sorprendía gratamente eso de que los vecinos te tocaran la puerta para ofrecerte un plato de comida. O que llegara el papá de mi gran amigo, el catire Luis Alberto, y me dijera: 'mijo, ¿usted sabe manejar? Le prestamos el carro'. Son gestos que siempre he tratado de retribuir".
Pescadores de ilusiones
Unos 20 pescadores lugareños de la playa Pez Espada paralizan sus actividades y voltean la mirada para saludar a la hija de Don Goyo, "la que trabajó en Sábado Sensacional", "la que estuvo en el Miss Venezuela", "la que viaja por todo el mundo". Les es difícil esconder la picardía de quien, por respeto, tiene un piropo contenido, mientras ella los saluda uno por uno con la misma simpatía. Una pequeña casita de madera alberga cavas en las que asoman la cabeza los peces que dan el nombre al lugar y también una pizarrita en la que están registrados otros que forman parte de la pesca del día, como el tajalí. Padre e hija posan mientras bromean con los presentes. Los pequeños breaks de la sesión permiten traer las anécdotas.
"Norelys siempre fue una niña tranquila", comenta don Goyo. "Desde que era una bebé dormía y dejaba dormir. Más bien había que despertarla para darle el tetero, a diferencia de Juan Gregorio que se levantaba desde temprano a exigir su biberón (risas). Cuando ella comenzó a crecer, era típico que le dijeran en la calle: '¡Qué niña tan bonita!'. Hasta hubo un señor que una vez predijo: 'Esta muchachita va a estar en el Miss Venezuela, ya lo verán'. La mamá, que en paz descanse, para que la pequeña mantuviera los pies en la tierra, le decía: 'yo te veo normal, no tan bonita como dice la gente'. Acá en La Guaira acostumbrábamos a ir de paseo los cuatro en familia a Playa Los Ángeles y a pescar a Arrecife, donde puse a los niños a nadar por primera vez".
Los hermanos completan este cuento. "Estando en la lancha, papá nos daba una aceituna para evitar los mareos", comenta Norelys. "En ese momento, mi pescado favorito era el Coro-Coro, porque era riquísimo y también lo suficientemente pequeño para que pudiera comérmelo completo. El predilecto de mi mamá era la catalufa". Juan Gregorio, por su parte, fue notablemente influenciado por el padre en su amor por el mar; de allí que más adelante se convirtiera en oficial de la Marina Mercante.
"La primera vez que fui a pescar solo con papá, nos agarró una tormenta. Yo tendría como 12 años y él me decía: 'tranquilo que ya vamos a salir de esto'. Me impresionó cómo se guió hasta la orilla por el quiebre de las olas. Fue una verdadera clase de navegación. Fuera de ese tipo de aventuras, él siempre conminaba a toda la familia a pescar los fines de semana. Después de la jornada, celebrábamos 'el caldero', una tradición canaria que consiste en hervir el pescado a pie de playa".
Una lata de manteca vacía fungía como la olla en la que se hervía el pescado, según lo explica Don Goyo. "Era una época en la que las playas eran más limpias, lo cual nos permitía cocinar el pescado con agua de mar, para luego darle un respectivo toque de mojo verde. Las algas sobre las piedras nos servían de mantel. Después de la comida, mientras los niños correteaban, nosotros jugábamos bolas criollas o dominó y nos refrescábamos con una cerveza. Todo se convertía en una algarabía inolvidable".
Mi pobre angelita
Tanto Norelys como Juan Gregorio fueron buenos alumnos del colegio San Vicente de Paúl, de Maiquetía. La diferencia entre ambos radicaba en que ella era tranquila y él no tanto. Así lo cuenta don Goyo y lo corrobora Juan Gregorio.
"Norelys, siendo un año menor que yo, se convirtió prácticamente en mi representante. En una oportunidad, me dieron una citación por una riña con un compañerito de clases y fue ella quien intercedió por mí para que el director no hablara con mis padres sino con ella. Siempre fue muy madura para la edad que tenía, y con el tiempo se convirtió en mi ángel".
Ana Luis, amiga entrañable de la familia, también hija de isleños, rememora esa época estudiantil. "¿Quién no conocía a Nore en el colegio? Siempre fue muy apreciada por maestros y alumnos, por su simpatía, su disciplina y su ayuda incondicional hacia los demás. Recuerdo que nos vestíamos de payasitas para las fiestas de fin de curso y también para un evento caritativo decembrino dedicado a los niños de las zonas humildes de La Guaira. Ella indudablemente era la estrella (risas). Fuera de clases, siempre le gustó pintar. Tanto, que el padre Manzanedo, quien ha sido para nosotras literalmente como un papá, la puso a diseñar y desarrollar unos murales en el colegio, una tarea en la que yo me convertí en su asistente sin saber nada de pintura, dejándome guiar por sus instrucciones".
Don Goyo confirma esta pasión de Norelys por el dibujo. "En una ocasión, la maestra no creía que ella había sido capaz de hacer una composición que entregó como tarea, decía que se lo habíamos hecho nosotros en la casa". Norelys habla del cuadro en cuestión. "Era una ilustración para una tarjeta navideña que hice en cuarto grado de primaria, un nido de pájaros que tenía dentro al Niño Jesús. Cuando el padre Manzanedo se dio cuenta de que yo tenía estas habilidades para el dibujo me mandó a pintar los murales del colegio. Me fregué (risas)".
"Es que le encantaban las manualidades", prosigue Ana Luis. "El pesebre que hacía en su casa era motivo de visita para los vecinos de la zona. Eso sin mencionar que también se le recuerda como muy buena repostera. Hacía unas tortas deliciosas, porque tenía una gran maestra, que era su mamá".
De amor y de fiestas
"Los últimos años del colegio aparte de preparar el morral con los libros y cuadernos había que meter el traje de baño, porque después de clases nos escapábamos a la playa", confiesa Norelys. "Era una travesura fija, aunque yo siempre terminaba diciéndoselo a mis padres, porque era como raro eso de llegar bronceada después de haber estado en 'la biblioteca (risas)'. Nunca fueron más estrictos de lo necesario, yo tenía muy buena comunicación con ellos. Mamá era la encargada de gestionar los permisos para salir. Cuando yo iba a hablar con papá, ya él estaba al tanto de adónde iba a ir yo y con quién".
"¿Rumbas? Por supuesto. Mi hermano era un 'coleón' de fiestas (risas). Íbamos a todas, principalmente a bailar". Juan Gregorio revela que, al llegar a cualquier celebración guaireña, bailaba la primera ronda con Norelys para que los demás muchachos no se le acercaran. "Bueno, tenía que protegerla, ¿no?", dice. El club Tanaguarenas, el Macuto Sheraton y muchos establecimientos ubicados en la zona Caribe eran los puntos fijos de entretenimiento adolescente.
"En una oportunidad, me gané unos patines en línea gracias a una promoción de una conocida marca de caramelos", agrega Norelys. "Recorría todo Caribe. Me encontraba con mis amigos en el Rincón de la cocada, comíamos en Pronto Pasta Da' Ezzio, en la heladería Tomaselli o en la de Carmen de Uria".
Otras muchachadas consistían en ir a hacer ejercicios al Puerto de La Guaira. "Juan y yo nunca hemos sido atletas, pero siempre nos ha gustado mucho hacer ejercicio. Bajábamos de la casa en El Rincón hasta lo que llaman 'El Mosquero', nombre coloquial que se le da al mercado de pescado que está en el puerto. Yo soñaba con que mi príncipe azul llegara en un barco a buscarme (risas). También me iba a caminar con mi mamá hacia los alrededores de la Casa Guipuzcoana".
"En resumen, el hecho de ser adolescente no significaba que todo era una rumba. Eran los tiempos en los que no existía tanta tecnología como ahora y había otras distracciones. Hacíamos, por ejemplo, una peregrinación de la Virgen de Lourdes que partía de La Pastora, en Caracas, hasta Maiquetía por El camino de los españoles. Y siempre nos acompañaban los hijos de la señora Lola, nuestros vecinos entrañables, entre los que se encuentra, por supuesto, Ana Luis".
Es Ana Luis quien intenta resumir otros recuerdos. "Son tantos que se me hace difícil. Pero, en todo caso, habría que mencionar también la mata de tamarindo en la que siempre nos escondíamos y en la que se trepaba Juan Gregorio en El Rincón; la iglesia de Maiquetía y la plaza de la Virgen de Lourdes donde, después de la misa, íbamos a comernos los granizados que nos compraba don Goyo; el Club Canario de Macuto, en el que compartimos siendo niñas y no tan niñas la festividad de la Virgen de Candelaria, y la Playa Lido, a la que siempre nos llevaba doña María Zaida... Son los recuerdos de la tierra que nos orgullece y que, finalmente, nos hizo quienes somos hoy en día. Ojalá tuviésemos más páginas para seguir contándolos".
pblanco@eluniversal.com
•Maquillaje y estilismo Gabriel Britto
•Agradecimientos: A los trabajadores de El Rey del Pescado. A los pescadores de la playa Pez Espada, del sector Playa Verde