Integrar para sanar
En los últimos tiempos, distintos caminos, lecturas y encuentros me han llevado al mismo tema: la unidad.
Esta vez, el camino fue la palabra "exclusión", explicada por una participante de una clase que di en el diplomado de Coaching Transaccional hace poco. La palabra me quedó presente y luego al revisar los emails encontré un texto que hablaba de la importancia de atender a los excluidos en las familias.
Empecemos por nosotros
Cuando queremos ocultar - a todo el mundo e incluso a nosotros mismos - algo que nos molesta, avergüenza o entristece, ya sea de nosotros o de nuestra familia, en lugar de resolverlo, le damos fuerza. A la larga, es como un monstruo que fue creciendo bajo nuestra cama y nos tumba del sueño.
Cada vez que rechazamos eso le damos fuerza. No sanamos algo excluyéndolo de nuestra vista, porque cuando lo recordamos le imprimimos fuerza con el rechazo y el dolor. No se sana algo por el simple hecho de no hablar de eso. Es lo que algunos expertos en la conducta humana han denominado la sombra.
Una de nuestras grandes tareas es integrar nuestra luz y nuestra sombra. Es ver y aceptar lo que no nos gusta de nosotros (no para justificarse y decir que no tiene que mejorar nada, sino para trabajar en el desarrollo personal primero desde la aceptación y la humildad). Mientras más una persona lucha contra sus defectos, se critica, sobre-exige y persigue a sí misma, más se aleja de su paz y armonía... de su luz.
Muchas veces nos enfocamos más en lo "negativo" y se nos hace más difícil reconocernos como hijos de la Luz y parte de la perfección del universo, de la fuente de la creación.
Somos una unidad de sombra y luz.
En las familias
Así mismo, en las familias hay cosas de las que no se habla pero que siguen estando allí. Mientras más se pretenda ignorar, mayor es la posibilidad de que salga con fuerza. Si en la familia hubo una persona con problema de alcoholismo y se le excluyó, es probable que luego otro miembro de la familia presente el mismo problema. Esto se debe a que en esa unidad llamada familia hay una misma energía y en ella no se ha sanado el alcoholismo.
Se ha visto que cuando se reconoce el problema, se reconoce la existencia de esa persona, se le incluye, se integra con respeto en el grupo, ya se avanza en la sanación colectiva de esa unidad familiar.
Hemos visto cómo algunos problemas se repiten de una generación a otra en las familias, como por ejemplo el abandono del padre o de la madre, locura, adicciones, etc. y lo vemos en mayor grado cuando el asunto es algo que no se afronta para reconocerlo, aceptarlo y perdonarlo.
Entonces, en la inclusión e integración hay sanación. La unidad sigue existiendo. Somos nosotros los que creamos la exclusión y separación y vivimos sus consecuencias.
En la sociedad
Mientras se excluya a otros, se les denigre e irrespete, se seguirá viviendo en la ilusión de la separación. Pero eso que no queremos ver en ese que excluimos está en TODOS nosotros como país, como conciencia colectiva (aunque nos de rabia y tristeza). Si optamos por la exclusión, y por decir que el problema es sólo del otro, estaremos creando división y desequilibrio, lo cual nos afecta a todos.
El sentirnos inferior o superior a los otros, sentirnos separado de la fuente de la vida, de la divinidad, es lo que nos enferma como sociedad.
Cada día se habla más de unidad, se reconoce más que la unidad es lo sano, lo real y duradero. Muchas corrientes espirituales han hablado siempre de la unidad, del samadhi (del sánscrito: estado de gracia de unión con el todo), de la comunión con lo sagrado.
Reconozcamos que somos parte de un todo, que todos formamos La unidad. Reconozcamos la importancia del RESPETO A CADA SER POR SU CO-PARTICIPACIÓN EN LA LUZ DIVINA.
Así podemos decir de corazón:
Yo soy otro tú, tú eres otro yo
Mi luz y tu luz son parte de la misma luz divina
Mi Cristo saluda a tu Cristo.
Namasté.
Participa (envíanos tu comentario).
Teresa León
Mi primera profesión es la de traductora. Cuando estaba en la Escuela de Idiomas de la UCV, mi visión fue la de ser un puente entre personas de diferentes lenguas y culturas. Mi búsqueda espiritual desde adolescente y mi interés por ahondar en mi alma para sentirme más cerca de Dios me llevaron al campo de la psicología y del desarrollo humano. Me formé en la escuela de psicología Análisis Transaccional (AT) y tengo una certificación dada por la Asociación Venezolana y la Asociación Latinoamericana de AT. También tengo formación en Programación Neurolingüística (Master Practitioner) y soy Coach Organizacional (Anuv - Centro Unesco). Por años, estuve combinando la traducción con la facilitación de talleres y tras 17 años como traductora en los medios de comunicación (10 en El Universal), me he dedicado más a prestar un servicio con la idea de ser puente entre lo terrenal y lo espiritual. Por eso quise hacer este blog, con el que disfruto otro de mis placeres: escribir.
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