MODA

Gran Hotel Louis Vuitton

El show de Louis Vuitton es ya el clásico y esperado punto final de la Semana de la Moda de París y, por extensión, de todas las más importantes del mundo, esas que se inician en Nueva York y provocan una ligera sobredosis de desfiles y tendencias. Como el postre del hermoso banquete, Marc Jacobs, director creativo de la marca, presentó una colección con mucha seda, encaje y altas dosis de seducción

por MARIO ARANAGA  |  DOMINGO 14 DE ABRIL DE 2013
El encanto de la capital francesa siempre es difícil de ocultar, pero describir la atmósfera de París durante la semana de la moda puede ayudar a comprender mejor cómo la industria de la imagen y las tendencias cada vez abarca más y más territorio. Desde los pasajeros del Metro hasta los vendedores de tiendas y mesoneros de restaurantes y cafés, se ven, de una u otra manera, envueltos en una zona de influencia que crece y cautiva hasta al más desprevenido. Modelos por doquier, fotógrafos, periodistas, apasionados de la moda y hasta celebridades de todo tipo, se agolpan en las puertas de los desfiles para ver y formar parte, cada uno a su manera, de un mundo que gana atractivo sin parar.

La tendencia de la temporada Otoño-Invierno 2013 fueron los desfiles circulares y LV cerró el ciclo con un escenario que reproducía el pasillo de un gran hotel. A las 10 en punto de la mañana -este es el único desfile que comienza a su hora- las cincuenta puertas de las habitaciones que rodeaban a los afortunados invitados empezaron a abrirse, por turnos, para develar una colección nostálgica, algo decadente y muy seductora.
El ambiente era misterioso, con la iluminación justa para apreciar las clásicas puertas numeradas que bordeaban la alfombrada pasarela, las modelos salían entre vestidas y desvestidas. La primera con una chaqueta bordada y panties a juego con sus altísimas sandalias de plataforma, la sensación era de intimidad expuesta, lo que encajaba perfectamente con lo que minutos antes comentaba el diseñador backstage sobre las tendencias exhibicionistas y voyeristas.

Con pelucas morenas cortas e idénticas, ojos ahumados y labios color cereza, modelos como Kate Moss e Isabelli Fontana le dieron cuerpo a esa femme fatale cubierta de sedas y plumas. Era un abrir y cerrar de puertas que dejaban a la intemperie a mujeres llenas de un misterioso erotismo, propio de las protagonistas de las antiguas películas de suspenso, una deliciosa síntesis de una temporada que apostó por una mujer madura, realista y mucho más práctica.

Había vestidos de seda y encaje bajo abrigos de astracán, combinaciones de brassier y batas forradas de piel, piezas de indumentaria que recordaban la ropa interior... LV evocó el tocador, el vestidor femenino, el boudoir francés; vestidos tipo lencería, versiones lujosas de fondos y medios fondos (prendas olvidadas por las más jóvenes) fueron bordadas con plumas y lentejuelas, los abrigos largos con ruedos brillantes en degradé se complementaban con delgados cinturones que marcaban la silueta. Jacobs nos invitó a recordar a las damas que disfrutaban los hoteles de antes, seductoras y llenas de secretos.

Tras el exceso de cuadros de esta primavera -inspirados en el estampado Damier de la firma-, Jacobs quiso apartarse de los logos. Y la mejor prueba del riesgo de la colección está en el hecho de que, esta vez, los bolsos -auténtico motor financiero de la compañía- no fueron los únicos protagonistas. El diseñador trató de sacar a la calle la intimidad y el erotismo propios de puertas adentro. Los abrigos largos impecablemente bordados cubrían, a su modo, delicadas piezas de lencería con bellísimos encajes y, los trajes de noche, ligeros como una pluma, se cubrían de diminutas cintas y lentejuelas con la indolencia propia de la ropa de cama. Vestidos, faldas, abrigos y chaquetas en apariencia para ocasiones especiales, pero, en esencia, perfectamente combinables en la vida real.

Fue un viaje romántico, con cierta melancolía, una colección femenina en versión cool rebosante de ese glamour decadente, ya casi olvidado. La ropa en la pasarela se veía preciosa, con sus colores apagados, soñolientos y los detalles de lujo que Vuitton hace tan bien. Lujo era la palabra perfecta para describir las carteras y los bolsos, los clásicos Speedy, el Lockit y los tipo Pochette, en los materiales mas finos y delicados: plumas de ganso, mink, marabú y piel encerada de cocodrilo.

La colección demostró cómo la mujer puede invertir los estereotipos y usarlos a su favor. A pesar de la sugerencia de los tejemanejes ilícitos detrás de las puertas cerradas de un hotel, Louis Vuitton rescató el glamour del siglo 21 y eso es admirable, sobre todo, en una temporada en la que los diseñadores recurrieron masivamente a la nostalgia.

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