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Revistas3 OCT 2010


Equilibrio que sana

¿Hay relación entre nuestra manera de sentir y las enfermedades que desarrollamos? ¿Puede una patología encontrar su origen en la forma de afrontar los éxitos, fracasos, pérdidas y expectativas inherentes a la vida? La neurofarmacología aporta respuestas a estas interrogantes.

por ÁNGELA MOLINA CALZADILLA | ESTAMPAS TEMATICA | SÁBADO 2 DE OCTUBRE DE 2010


"El lenguaje emocional desencadena en nuestro organismo una respuesta química"

La neurofarmacología es una especialidad médica que estudia los neurotransmisores centrales, es decir, el lenguaje químico que se desarrolla entre las neuronas y genera respuestas físicas y emocionales. Esta disciplina sostiene que en el ser humano coexisten dos manantiales: el estrés y la depresión. De allí, derivan los múltiples ríos que generan las diferentes enfermedades.  

Rebeca Jiménez, psiquiatra y neurofarmacóloga afirma que "Cuando las emociones hablan, el cuerpo habla a través de los neurotransmisores. Este lenguaje emocional desencadena en nuestro organismo una respuesta química que puede devastar la salud, pues hay una correlación entre cada emoción y un neurotransmisor específico".

Un secreto diálogo
Héctor Jara, médico internista, gastroenterólogo y neurofarmacólogo, explica que los neurotransmisores (NT) están encargados de hacer funcionar muchos órganos del cuerpo sin nuestro control consciente, es decir, a través del sistema nervioso autonómico. Por lo tanto el control de la tensión arterial, frecuencia cardíaca, sudoración, movimiento de los intestinos, llegada de sangre a los diferentes órganos, respiración, sueño, vigilia, emociones e inmunidad, entre otras funciones orgánicas, están controladas por los NT. Aunque usted no lo crea somos seres que dependemos de unas hormonas que se producen en el cerebro y éstas tratan ordenadamente de modular todas nuestras funciones, intentan no equivocarse, buscan el orden perfecto, trabajan día y noche, descansan pero trabajan mucho. Pero ese equilibrio puede perderse debido a dos situaciones a las que se encuentra sometido el hombre: el estrés y la depresión.

Así, el cuerpo se organiza para adaptarse a cada situación a la que se enfrenta. Ante un peligro inminente, por ejemplo, segrega adrenalina, que incrementa el ritmo cardíaco y dirige el flujo sanguíneo hacia los pulmones y el corazón, para preparar la respuesta de huída o ataque. Pero si esta situación de alerta máxima se prolonga se produce el estrés; pronto se agotará la adrenalina y las glándulas suprarrenales segregarán noradrenalina para suplirla, en espera de la resolución del conflicto. Mientras el individuo se sienta en riesgo el cuerpo continuará respondiendo bioquímicamente, originando hipertensión arterial, patologías del sistema digestivo y, con la merma del sistema de alarma, depresión inmunológica, que lo hará proclive a virus y bacterias.

Jiménez explica que las emociones primarias -miedo, rabia, tristeza y alegría- tienen una función adaptativa: cuando el estímulo que las genera desaparece la emoción se extingue. Sin embargo, hay emociones que perduran en el tiempo y son éstas las que juegan un papel importante como desencadenantes de las enfermedades. Entre estas emociones secundarias se encuentran la depresión, correlato crónico de la tristeza; la ira, que lo es de la rabia; y la desesperanza, como fase final del estrés, producida por el agotamiento del sistema de alarma.

Lo importante, indica Jiménez, es que el ser humano intenta mantener su equilibrio a toda costa, pero si no logra dar una respuesta adaptativa satisfactoria, las emociones secundarias pueden enfermarlo. La premisa de la neurofarmacología es restablecer el equilibrio de los neurotransmisores para devolver al organismo la capacidad de responder adecuadamente y defenderse de agentes patógenos.  

El abordaje neurofarmacológico
Héctor Jara afirma que de los síntomas del paciente se puede inferir cuáles neurotransmisores pueden estar alterados. Este diagnóstico se comprueba realizando un perfil de NT centrales (noradrenalina, adrenalina, dopamina, serotonina dentro de la plaqueta y serotonina circulante, además de algunos aminoácidos), a partir de un análisis sanguíneo. De la evaluación neuroquímica del paciente y el cuadro clínico surge el tratamiento, en el que se utilizan dosis mínimas de algunos medicamentos y otras sustancias, tales como aminoácidos, que son precursores de los neurotransmisores y, al pasar al sistema nervioso central, se convierten en aquel que está escaso.  

Asímismo, es fundamental lograr que el paciente mantenga o restablezca la arquitectura natural del sueño; en especial la fase de sueño profundo, durante la cual descansan todas las neuronas de la vigilia y se libera la hormona de crecimiento (que es garante de la inmunidad celular primaria) y se regeneran los tejidos.  

El galeno sostiene que el paciente debe curarse o mejorar ostensiblemente después un período de cuatro a seis meses de tratamiento. Asimismo, alerta sobre la inconveniencia de indicar terapias muy prolongadas y dosis elevadas de fármacos. Al respecto, indica que "Si se estimula demasiado al receptor orgánico del medicamento el cuerpo necesitará dosis cada vez más altas; mientras que con ingestas interdiarias el receptor se hipersensibiliza y responde mejor a cada dosis. Se trata de no saturar los sistemas orgánicos para no tener que elevar las dosis".  

Una vez que los síntomas han desaparecido, el tratamiento se retira gradualmente. Pero, ¿cómo evitar las recaídas? Jiménez subraya que 30% de la recuperación depende de la efectividad de la relación médico-paciente. "Si ese paciente no entiende cómo se enfermó, se volverá a enfermar. El médico cura la crisis de la enfermedad, pero para mantenerse sano es vital que el paciente conozca y realice los cambios necesarios en su estilo de vida, de alimentación, de relacionarse con los demás y consigo mismo".  

Estrés, depresión y enfermedad
Según explican los especialistas, el estrés disminuye la inmunidad TH1 (que protege de virus, bacterias y células tumorales); además, indica a los macrófagos (células del sistema inmunológico) que disminuyan su función de organizarse para atacar. En su última fase, hace que la persona no responda a estímulos (no quiere alimentarse, mantener relaciones sexuales, ni relacionarse con otras personas), lo que puede enmascarar el caso como una falsa depresión. Jiménez afirma que 35% de la población mundial sufre de estrés crónico y que el abuso de alcohol, drogas o psicofármacos puede representar un intento de escapar de la tensión.  

La depresión, por otra parte, aumenta la inmunidad TH1, pero en proporciones tan elevadas que los pacientes tienden a sufrir enfermedades autoinmunes como artritis reumatoidea, esclerosis múltiple, tiroiditis, osteoartritis, diabetes tipo 1 y lupus. Asimismo, Jara afirma que un porcentaje de abortos inexplicables encuentra su causa en esta hiperinmunidad, ya que el cuerpo de la madre rechaza al embrión (al que identifica como un cuerpo extraño, pues tiene la carga genética del padre) y lo expulsa. Este mecanismo explicaría también los casos de pacientes que rechazan reiteradamente injertos.  

Los síntomas digestivos suelen ser los primeros en alertar sobre un desequilibrio bioquímico. Esto se explica por la existencia del sistema nervioso enteral (que se extiende desde la boca hasta el ano) y trabaja con neurotransmisores; cuando éstos se alteran aparecen las enfermedades funcionales del aparato gastrointestinal. La adrenalina, por ejemplo, dilata el esfínter gastroesofágico, causando reflujo. Asimismo, el estómago se contrae y los intestinos se paralizan, en un mecanismo para reservar sangre para el cerebro, el corazón y los pulmones, preparando la respuesta de huida o ataque, y provocando distensión abdominal.

http://www.estampas.com/2010/10/02/tem_arti_equilibrio-que-sana_2039631.shtml