Sotir y Katima Milo habían emigrado de Albania a Estados Unidos. Comenzaron un negocio en el sótano de su casa en Akron, Ohio. Era una operación de venta al mayor de productos de belleza y de barberías, los cuales colocaban en tiendas de Akron y sus alrededores. La mayoría de las veces, Sotir entregaba personalmente y a pie los pedidos pequeños.
Durante dos décadas, el pequeño negocio se mantuvo a flote, proporcionando el sustento de los Milo y su creciente familia. El mayor de los varones, Dean, ayudaba a sus padres a envolver los paquetes en el sótano. Fred también colaboraba, al igual que su hermana Sophie.
Para 1969, Dean estaba dirigiendo el pequeño negocio. Realizó un cambio drástico. Dejó de buscar pedidos y entregar productos. En lugar de ello, anunciaba la empresa por correo y despachaba los suministros. Los gastos se redujeron notablemente y las ganancias aumentaron. Tiempo después abrió una tienda que vendía la mercancía con descuentos, lo cual socavaba a sus competidores. La idea tuvo éxito. Abrió otros locales hasta que los fabricantes nacionales se quejaron. Pese al considerable volumen y excelente historial de pagos de Milo Barber and Beauty Supply Co., no querían venderle a una tienda de descuentos. Dean les permitió salvar las apariencias al abrir varias empresas fachada, las cuales compraban productos de marca y luego las transferían, al costo, a la compañía Milo. De esa manera Dean abrió un total de 90 tiendas en 16 estados. Para 1971, su organización recaudaba 46 millones de dólares. La propiedad legal de la compañía permaneció en manos de los padres hasta 1975. Ese año, los Milo dejaron en herencia a sus tres hijos la empresa que habían fundado.
Cada uno recibió una tercera parte de la compañía, pero había una cláusula adicional relativa a la porción de Fred y Sophie. Sus partes consistían de acciones comunes sin derecho de voto. Dean, el artífice del éxito de la compañía, controlaba las operaciones diarias, aunque dividiría las ganancias por igual con sus dos hermanos. Además, Fred y Sophie fueron nombrados vicepresidentes de la firma. Según los términos del acuerdo, el esposo de Sophie, Lonnie Curtis, recibió también un excelente cargo en la empresa.
Aparentemente, no era un mal arreglo para nadie, pero las apariencias pueden engañar. A medida que transcurrían los años, Dean contrató a personal con educación y experiencia para los cargos clave en la gran compañía. Fred y Sophie fueron pasados gradualmente a posiciones de menor importancia. Lonnie Curtis también fue transferido a un cargo de menos prominencia. El descontento de los tres hacia Dean aumentaba.
La gota que rebasó el vaso llegó cuando Dean despidió a los tres miembros de su familia sin ceremonia alguna. Sus ingresos de seis cifras continuaron, aunque ya no eran parte del personal de la compañía, pese a que Sophie y Fred poseían 66% de las acciones comunes. La separación personal entre los miembros de la familia ahora era completa. Se despreciaban entre sí. En la primavera de 1980, Dean hizo varias ofertas a Fred para comprarle su parte y la de Sophie. Fred lucía interesado en un trato, dado que parecía querer desligarse de la empresa.
Las negociaciones terminaron abruptamente el 11 de agosto de 1980, cuando Dean fue encontrado muerto en la sala de su casa. La esposa de uno de sus conocidos halló el cuerpo, que estaba vestido sólo con unos pantalones cortos. Le habían disparado dos veces en la parte de atrás de la cabeza.
Como cabría de esperar, los investigadores pronto se enteraron de la profunda separación existente entre los miembros de la familia. Interrogaron a Fred, quien admitió que el intento por parte de Dean de apoderarse del negocio de la familia había conducido a un distanciamiento irremediable entre él y su hermana, por una parte, y Dean, por la otra. Pero también sostuvo que se trataba de un asunto de negocios. Además, tenía una coartada perfecta para el momento del asesinato.
La viuda de Dean, Maggie Milo, quien se encontraba en Florida cuando su esposo murió, contrató al detective privado William Dear para que trabajara junto con la policía en la resolución del asesinato de su cónyuge. Sugirió que concentraran sus esfuerzos en su cuñado Fred. El primer rayo de luz sobre el caso llegó a través de una llamada anónima a la policía.
Alguien leal a Dean sugirió que el crimen lo cometió un asesino a sueldo. El hombre que hizo la llamada le recomendó a la policía que estableciera contacto con una bailarina exótica llamada Terry Lea King, quien le había pedido que encontrara a un asesino a sueldo para matar a Dean Milo. El hombre que se había acercado a Terry Lea para pedirle que localizara a un asesino era Barry Boyd, nada menos que el abogado de Fred Milo.
Los detectives detuvieron a Boyd. Éste parecía aliviado de contarlo todo. Fred Milo se le había acercado para que encontrara a alguien que matara a Dean. A cambio, recibiría todos los trabajos relacionados con el área legal de la compañía Milo. Boyd contactó con Lea King, quien le dijo que ella podía organizar el asesinato. A partir de ese momento, otras personas se involucraron en el crimen.
Cuando Terry Lea tuvo problemas para localizar a un asesino, Fred le dijo a Boyd que dos ex empleados, Ray Sesic y Tony Ridle, podían arreglar el asesinato. Tony Ridle pasó el encargo a un tal Harry Knott, un operador de máquinas expendedoras. Knott involucró a su cuñado, Frank Piccirilli, en el asunto. Juntos lo arreglarían todo. Al investigar a Knott, la policía descubrió que un conocido suyo, John Harris, de 125 kilos, había sido arrestado más de 20 veces. Sus antecedentes incluían arrestos por asalto con agravantes.
Finalmente la policía lo descubrió todo. Harris había contratado a un joven rufián, David Hardin, para cometer el asesinato. Cuando Hardin fue encontrado e interrogado, confesó ser el autor del asesinato.
Barry Boyd, Terry Lea, Thomas Mitchell, Ray Sesic y Tony Ridle fueron encontrados culpables de conspiración y sentenciados a penas cortas. Fred Milo, David Hardin, John Harris, Harry Knott y Frank Piccirilli fueron sentenciados a cadena perpetua. Se encuentran cumpliendo sus penas. Sophie y Lonnie Curtis no sabían nada del plan de asesinato.