En toda vivienda es importante lograr la fluidez de movimiento entre los diferentes ambientes que la conforman, sobre todo cuando se trata de estancias pequeñas donde existen pocos espacios y se requiere organizar otras habitaciones de manera integrada, evitando así el impacto emocional que ocasiona sentirse literalmente entre cuatro paredes. Por eso, al buscar alternativas que permitan alcanzar la diferencia entre zonas que integran una sola superficie, nos encontramos con diversas propuestas, siendo una de las más utilizadas los biombos, elementos articulados que siempre parecen proteger nuestras intimidades.
En virtud de su condición mudable, esta pantalla pone al alcance de nuestras manos la posibilidad de colocarla en el lugar que se necesite. Detrás de su armadura es posible esconder múltiples cosas, desde un lugar de trabajo ubicado en la sala hasta un pequeño rincón para vestirnos dentro del dormitorio.
En cuanto a los materiales con los que se elaboran, los biombos son muy variados: la estructura puede ser de hierro, madera, plástico, etc., mientras que para las dos o más pantallas que los conforman se emplean infinidad de elementos: papel, tela, espejos, fotos.... y así ha sido desde tiempos antiguos, porque el biombo, ese elemento que parece sencillo, tiene un mundo de cuentos que revelar.
Una historia de lujo
El biombo es un legado de los países orientales que ha pasado por períodos de esplendor y decadencia, según la estética imperante en la decoración de interiores de cada época. El término significa "pantallas de protección contra el viento", concepto que alude al propósito original del mueble, que era impedir la penetración de corrientes de aire malsanas en las habitaciones. Sus orígenes se remontan a la dinastía Han en China (206 a.C- 220 d.C.), período donde fueron encontrados los primeros ejemplares de esta pieza. Las investigaciones históricas confirman que fueron introducidos al Japón durante el siglo VIII de nuestra era, cuando los artesanos japoneses comenzaron a elaborarlos, bajo la gran influencia de los modelos chinos.
Hacia el año 710, la corte imperial del Japón se asienta, definitivamente, en la ciudad de Nara y durante el transcurso de los 84 años que dura este período, el biombo se introduce en la corte, siendo utilizado como mobiliario, principalmente en ceremonias de gran relevancia. Pero no fue sino hacia finales del período Azuchi-Momoyama, entre los años 1568 al 1600, cuando la popularidad de estas pantallas fue en ascenso, adornando residencias, salones de entrenamiento y tiendas.
Los primeros eran de un solo panel, actualmente muy utilizados en tiendas, hospitales y restaurantes; luego, surgieron los de dos, con medidas que oscilaban entre 60 y 70 cm de alto y 85 de ancho, convirtiéndose en un mueble imprescindible en los templos budistas y las capillas. Seguidamente aparece el biombo de cuatro hojas, exhibidos en los vestíbulos de los palacios imperiales durante los períodos de Kamakura (1185-1333) y de Muromachi (1333-1568), y que más adelante serán muy utilizados en las ceremonias de seppuku o hara-kiri, el famoso suicidio ritual de los samuráis, y en los cuartos de espera en las casas de té. Pero uno de los más populares fue el de seis paneles, con una medida aproximada de 1,5 m de alto por 3,7 m de ancho, que era usado comúnmente en las casas para resguardar la intimidad tanto de los habitantes como de los visitantes. Los biombos con más de 10 pantallas son un tamaño de más reciente uso, se pueden ver en grandes espacios, tales como pasillos de hoteles y centros de convención.
Inicialmente los biombos de varias hojas eran atados entre sí por medio de tiras de tela, cuero y otros elementos, posteriormente esta forma de sujeción será sustituida por bisagras de papel, haciéndolos más ligeros para el traslado, más fáciles de doblar y con mayor resistencia en las junturas. A su vez, esta técnica permitió que las pinturas fueran elaboradas a todo lo largo del panel, sin interferencia de nudos, lo que dio pie para que los artistas plasmaran de manera fluida sus creaciones. Los temas eran variados, según el uso a que estaban destinados; por ejemplo en ceremonias de boda o en habitaciones donde nacían los bebés se elaboraban en seda blanca y tenían dibujos de tortugas, pinos y bambúes, así como aves fénix, animales y plantas que de acuerdo a las creencias favorecían y protegían la procreación. Pero por lo general, los temas de mayor demanda eran los diferentes aspectos de la naturaleza y los paisajes locales.
Hacia mediados del siglo XIX, Japón se abrió al comercio internacional, hecho que promovió inmediatamente que ese estupendo separador de ambientes trascendiera las fronteras de ese país, para ser conocido y utilizado en todo Occidente.
Tamaños y materiales diferentes
Estas mamparas siempre están de moda, los especialistas en decoración recurren a ellas por las grandes ventajas que ofrecen, en la medida en que permiten unir o separar recintos en función de la actividad a desarrollar. Es una elección cómoda y liviana y que no tiene la rigidez de una pared, que estará permanentemente en el mismo sitio.
El tamaño va a depender del lugar al que esté destinado: suelen ser más pesados para espacios grandes y de reducidas dimensiones para habitaciones pequeñas o para esconder algunos rincones de la casa. Los más populares son los de dos o tres hojas; su forma es rectangular, con la parte superior recta, rematados en pico o haciendo ondas; pero también se puede optar por modelos de hojas ovaladas o escalonadas con la parte central más alta y los laterales más bajos. Otra versión es el tipo mampara de un solo cuerpo, al estilo de los utilizados antiguamente en los hospitales. Éstos pueden descansar sobre unas patas o ruedas para deslizarlos con facilidad. Su diseño es muy decorativo, pero al no plegarse son incómodos a la hora de guardarlos.
En cuanto a los materiales, la elección aumenta, pues aquí tanto el gusto como la imaginación tienen un papel definitivo: los tapizados resultan un complemento perfecto en un ambiente clásico, siempre que se armonicen los temas predominantes de la habitación. Un biombo de diseño realizado en metal o cristal o uno de láminas que deje pasar la luz dará un toque atrevido al ambiente donde se encuentre, y uno de hierro con tela se verá muy armónico con muebles rústicos. Los calados resultan adecuados en una terraza, además de ser una superficie idónea para colocar plantas de enredadera; mientras que los recubiertos de espejo amplían visualmente el área.
Una necesidad, un uso
Estos particulares módulos tienen múltiples funciones, por tanto su utilización va a depender de las necesidades y gustos de cada persona. A continuación unas sugerencias:
1. Como perchero a la entrada de la casa: gracias a unos colgadores atornillados en la cara interior, puede servir para colgar abrigos y paraguas.
2. Como panel de exposición: los cuadros se cuelgan de las paredes del biombo con lazos atados al vértice superior o con varillas fijas. También se pueden colocar fotografías de viajes, personas queridas, paisajes, tarjetas de amigos, cartas…
3. Pantalla de baño: permite que las toallas, colgadas a la barra fija del biombo, estén siempre a mano.
4. Mural de cocina: los biombos que separan la cocina de la sala pueden estar pintados por un lado con un paisaje y utilizar la otra parte para colgar cucharones, cuchillos y paños de cocina.
5. Encubridor: en la habitación pueden ser el escondite perfecto para la bata y la pijama o para organizar collares, carteras y cinturones.
Sin duda, los biombos tienen su historia y en decoración no pierden su encanto. Son unos estratégicos separadores de ambientes, versátiles y funcionales, proporcionando dinamismo en los espacios donde se ubican, y además son fieles guardianes de los rincones secretos.