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Punto y Aparte |  Crímenes

Carta a la ley

El asesino no pudo dejar de inmiscuirse en la investigación

imagen: ILUSTRACIONES: DAVID MÁRQUEZ | DOMINGO 14 DE MARZO DE 2010

ImagenIlustraciones: David Márquez

Por más extraño que pueda parecer, muchos asesinos sienten la imperiosa necesidad de mantenerse cerca de la investigación en torno a sus crímenes. Se ha sabido que algunos llaman por teléfono e incluso le escriben a la policía.

Justo antes de que acabara el siglo XIX, Jack el Destripador escribió cartas de burla a las autoridades, en las cuales les avisaba que atacaría de nuevo. En tiempos más recientes, Richard Loeb quedó totalmente fascinado con los detectives que buscaban pistas sobre el asesinato de Bobby Franks, en el famoso caso "compulsión" de Chicago. Se descubrió que Loeb era uno de los asesinos del joven. En esta ocasión examinaremos la trágica muerte de una joven inglesa, Sarah Gibson, y el apremiante deseo que sentía su asesino de tener correspondencia con la policía.

Sarah nació en el mundo de las carreras de caballos. Su padre, el coronel John Gibson, era un famoso entrenador y criador de caballos de carrera. Uno de sus hermanos era un jinete consumado. La familia vivía en el pueblito de Lambourn, en Berkshire, Inglaterra. Se daban la gran vida, pero Sarah quería algo diferente. Los caballos y la placentera vida social del lugar no la satisfacían. A los 19 años, la joven le dijo a sus padres que quería hacer carrera en el negocio de hotelería y tenía pensado alcanzar el éxito sin la influencia de ellos, así que dejó la buena vida de Lambourn para independizarse en Londres; su primer trabajo fue como empleada doméstica en el Norfolk Hotel, en el West End.

Pocos meses después, Sarah logró obtener un empleo en el Royal Automobile Club como asistente del ama de llaves. Esto representó un paso agigantado en los planes de la decidida joven por forjarse una carrera. El Royal Automobile Club tenía un personal de 250 trabajadores, de los cuales 15 vivían dentro de sus enormes instalaciones. Sarah era uno de esos empleados residentes. El prestigioso club contaba con un restaurante de 200 puestos y 15.000 miembros que pagaban, además de mantener 80 dormitorios exclusivos para los miembros masculinos.

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