Para él Caracas es más que un valle atiborrado de edificios, caos y congestión. Aunque suene descocado, la ciudad de Luis Vicente León rebosa en números, porcentajes y proporciones, se dibuja con gráficos, se muestra toda, con su bárbara diversidad, en una torta dividida por colores. Esta particularidad le permite entender la capital como pocos, traducir sus condiciones en cuatro estratos, definir sus necesidades, sus gustos y disgustos, sus patrones de conducta, sus tendencias ideológicas y, después de todo, con aquella abstracta compilación de cifras y símbolos, no sólo deducir porqué somos lo que somos, sino anticipar el futuro de la urbe.
Y no podía ser distinto, ésa es la médula de su oficio. Director de Datanálisis, importante encuestadora del país, León se aproxima a la capital de dos maneras: la empírica: la del día a día, la de su oficina en La Previsora y los fines de semana en el Club, los restaurantes de Los Palos Grandes y las galerías de arte de Las Mercedes; y la otra: la del conjunto de estadísticas dibujadas en su mente.
Para ser honestos, la segunda lo aterra, lo restringe, lo hace cuestionar si tiene sentido vivir en este sitio. Pero entonces irrumpe la primera, la hermosa, con su historia a cuestas que supera todo temor. Por eso no se va ni se iría jamás.
"Mi Caracas es espectacular. ¿Por qué? Porque nunca me he conectado con los edificios ni las autopistas, mi ciudad no es lo que se ha construido, sino dónde se ha construido", asegura. Así, por encima de la infraestructura, él se ató a tres elementos superiores e intocables: la luz, el clima y El Ávila. "Esas cosas no se deterioran, a pesar de la desidia", garantiza.
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