Si se quedaba en Cata no podía seguir estudiando. Las escuelitas del pueblo sólo enseñaban hasta 5to. grado. Si se venía a Caracas proseguiría su educación, pero debía renunciar a la playa, los juegos, los parrandones y el repique de los tambores en el reino de los Diablos Danzantes. Con 12 años, está claro, no podía decidir: lo mandaron a la capital. El cambio fue brutal. Aquí no había fiesta de Corpus Christi ni de San Juan Bautista, ni calles de tierra ni aguas donde pescar para evadir las tareas. "Mudarme fue muy duro, imagínate que en Cata no había ni un televisor", dice.
Ya por esa época se la llevaba bien con el canto. De hecho, recuerda que siendo más pequeño, cuando visitaba a su hermana de El Cementerio, una vecina le regalaba una Cola Dumbo a cambio de dos canciones a capela.
El hecho es que, superados los sacrificios, cumplió el objetivo: terminó sus estudios y se hizo técnico en Mecánica de Mantenimiento, aunque jamás ejerció. Tan pronto dejó la escuela se dedicó a la música (afortunadamente). Francisco Pacheco, uno de los intérpretes venezolanos más respetados de los últimos 20 años, se unió pronto a la agrupación Un Solo Pueblo, de la que fue voz cantante por más de dos décadas. Tomó tiempo para que el éxito llegara, pero llegó.
"Con los años empezaron a llamarnos para presentaciones en fiestas privadas y luego en espacios públicos. No hubo plaza caraqueña donde no cantáramos", rememora. Y así, sin percatarse, Pacheco se descubrió un día ante una multitud en una tarima del Paseo Los Próceres. Era un Carnaval cualquiera, mas no para él. En su infancia había asistido varias veces al mismo lugar, Los Próceres, quizá a la misma tarima, para ver a los grandes artistas que entonces animaban las fiestas del febrero capitalino. Quién iba a pensar por esos días que aquel muchachito, a la vuelta de los años, habría de ser parte del espectáculo. "Ni yo mismo me lo imaginaba", señala.
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